Sólo vine a Hablar por teléfono

Una tarde de lluvias primaverales, cuando viajaba sola hacia Barcelona conduciendo un coche alquilado, María de la Luz Cervantes sufrió una avería en el desierto de los Monegros. Era una mexicana de veintisiete años, bonita y seria, que años antes había tenido un cierto nombre como artista de variedades. Estaba casada con un prestidigitador de salón, con quien iba a reunirse aquel día después de visitar a unos parientes en Zaragoza. Al cabo de una hora de señas desesperadas a los automóviles y camiones de carga que pasaban raudos en la tormenta, el conductor de un autobús destartalado se compadeció de ella. Le advirtió, eso sí, que no iba muy lejos.

– No importa – dijo María -. Lo único que necesito es un teléfono.

Era cierto, y sólo lo necesitaba para prevenir a su marido de que no llegaría antes de las siete de la noche. Parecía un pajarito ensopado, con un abrigo de estudiante y los zapatos de playa en Abril, y estaba tan aturdida por el percance que olvido llevarse las llaves del automóvil. Una mujer que viajaba junto al conductor, de aspecto militar pero de maneras dulces, le dio una toalla y una manta, y le hizo un sitio a su lado.

Después de secarse a medias, María se sentó, se envolvió en la manta, y trató de encender un cigarrillo, pero los fósforos estaban mojados. La vecina del asiento le dio fuego y le pidió un cigarrillo de los pocos que le quedaban secos. Mientras fumaban, María cedió a las ansias de desahogarse, y su voz resonó más que la lluvia o el traqueteo del autobús. La mujer la interrumpió con el índice en los labios.

– Están dormidas – murmuró.

María miró por encima del hombro, y vio que el autobús estaba ocupado por mujeres de edades inciertas y condiciones distintas, que dormían arropadas con mantas iguales a la suya. Contagiada por su placidez, María se enroscó en el asiento y se abandonó al rumor de la lluvia. Cuando se despertó era de noche y el aguacero se había disuelto en un sereno helado. No tenía la menor idea de cuanto tiempo había dormido ni en que lugar del mundo se encontraban. Su vecina de asiento tenía una actitud de alerta.

– ¿Dónde estamos? – le preguntó María.

– Hemos llegado – contestó la mujer.

El autobús estaba entrando en el patio empedrado de un edificio enorme y sombrío que parecía un viejo convento en un bosque de árboles colosales. Las pasajeras, alumbradas a penas por un farol del patio, permanecieron inmóviles hasta que la mujer de aspecto militar las hizo descender con un sistema de órdenes primarias, como en un parvulario. Todas eran mayores, y se movían con tal parsimonia que parecían imágenes de un sueño. María, la última en descender, pensó que eran monjas. Lo pensó menos cuando vio a varias mujeres de uniforme que las recibieron a la puerta del autobús, y que les cubrían la cabeza con las mantas para que no se mojaran, y las ponían en fila india, dirigiéndolas sin hablarles, con palmadas rítmicas y perentorias. Después de despedirse de su vecina de asiento. María quiso devolverle la manta, pero ella le dijo que se cubriera la cabeza para atravesar el patio, y la devolviera en portería.

– ¿Habrá un teléfono? – le preguntó María.

– Por supuesto – dijo la mujer -. Ahí mismo le indican.

Le pidió a María otro cigarrillo, y ella le dio el resto del paquete mojado. «En el camino se secan», le dijo. La mujer la hizo un adiós con la mano desde el estribo, y casi le gritó «Buena suerte». El autobús arrancó sin darle tiempo a más. María empezó a correr hacia la entrada del edificio. Una guardiana trató de detenerla con una palmada enérgica, pero tuvo que apelar a un grito imperioso: «¡Alto he dicho!». María miró por debajo de la manta, y vio unos ojos de hielo y un índice inapelable que le indicó la fila. Obedeció. Ya en el zaguán del edificio se separó del grupo y preguntó al portero donde había un teléfono. Una de las guardianas la hizo volver a la fila con palmaditas en la espalda, mientras le decía con modos dulces:

– Por aquí, guapa, por aquí hay un teléfono.

María siguió con las otras mujeres por un corredor tenebroso, y al final entró en un dormitorio colectivo donde las guardianas recogieron las cobijas y empezaron a repartir las camas. Una mujer distinta, que a María le pareció más humana y de jerarquía más alta, recorrió la fila comparando una lista con los nombres que las recién llegadas tenían escritos en un cartón cosido en el corpiño. Cuando llegó frente a María se sorprendió que no llevara su identificación.

– Es que yo sólo vine a llamar por teléfono – le dijo María.

Le explicó a toda prisa que su automóvil se había descompuesto en la carretera. El marido, que era mago de fiestas, estaba esperándola en Barcelona para cumplir tres compromisos hasta la media noche, y quería avisarle de que no estaría a tiempo para acompañarlo. Iban a ser las siete. El debía salir de la casa dentro de diez minutos, y ella temía que cancelara todo por su demora. La guardiana pareció escucharla con atención.

– ¿Cómo te llamas? – le preguntó.

María le dijo su nombre con un suspiro de alivio, pero la mujer no lo encontró después de repasar la lista varias veces. Se lo preguntó alarmada a una guardiana, y ésta, sin nada que decir, se encogió de hombros.

– Es que yo sólo vine a hablar por teléfono – dijo María.

– De acuerdo, maja – le dijo la superiora, llevándola hacia su cama con una dulzura demasiado ostensible para ser real -, si te portas bien podrás hablar por teléfono con quién quieras. Pero ahora no, mañana. Algo sucedió entonces en la mente de María que le hizo entender por qué las mujeres del autobús se movían como en el fondo de un acuario. En realidad estaban apaciguadas con sedantes, y aquel palacio en sombras, con gruesos muros de cantería y escaleras heladas, era en realidad un hospital de enfermas mentales. Asustada, escapó corriendo del dormitorio, y antes de llegar al portón una guardiana gigantesca con un mameluco de mecánico la atrapó de un zarpazo y la inmovilizó en el suelo con una llave maestra. María la miró de través paralizada por el terror.- Por el amor de Dios – dijo -. Le juro por mi madre muerta que solo vine a hablar por teléfono.

Le bastó con verle la cara para saber que no había súplica posible ante aquella energúmena de mameluco a quien llamaban Herculina por su fuerza descomunal. Era la encargada de los casos difíciles, y dos reclusas habían muerto estranguladas con su brazo de oso polar adiestrado en el arte de matar por descuido. El primer caso se resolvió como un accidente comprobado. El segundo fue menos claro, y Herculina fue amonestada y advertida de que la próxima vez seria investigada a fondo. La versión corriente era que aquella oveja descarriada de una familia de apellidos grandes tenía una turbia carrera de accidentes dudosos en varios manicomios de España.

Para que María durmiera la primera noche, tuvieron que inyectarle un somnífero. Antes de amanecer, cuando la despertaron las ansias de fumar, estaba amarrada por las muñecas y los tobillos en las barras de la cama. Nadie acudió a sus gritos. Por la mañana, mientras el marido no encontraba en Barcelona ninguna pista de su paradero, tuvieron que llevarla a la enfermería, pues la encontraron sin sentido en un pantano de sus propias miserias.

No supo cuanto tiempo había pasado cuando volvió en sí. Pero entonces el mundo era un remanso de amor, y estaba frente a su cama un anciano monumental, con una andadura de plantígrado y una sonrisa sedante, que con dos pases maestros le devolvió la dicha de vivir. Era el director del sanatorio.

Antes de decirle nada, sin saludarlo siquiera, María le pidió un cigarrillo. El se lo dio encendido, y le regalo el paquete casi lleno. María no pudo reprimir el llanto.

– Aprovecha ahora para llorar cuanto quieras – le dijo el médico, con voz adormecedora -. No hay mejor remedio que las lágrimas.

María se desahogo sin pudor, como nunca logró hacerlo con sus amantes casuales en tedios de después del amor. Mientras la oía, el médico la peinaba con los dedos, le arreglaba la almohada para respirara mejor, la guiaba por el laberinto de su incertidumbre con una sabiduría y una dulzura que ella no había soñado jamás. Era, por primera vez en su vida, el prodigio de ser comprendida por un hombre que la escuchaba con toda el alma sin esperar la recompensa de acostarse con ella. Al cabo de una hora larga, desahogada a fondo, le pidió autorización para hablarle por teléfono a su marido.

El medico se incorporó con toda la majestad de su rango. «Todavía no, reina», le dijo, dándole en la mejilla la palmadita más tierna que había sentido nunca. «Todo se hará a su tiempo». Le hizo desde la puerta una bendición episcopal, y desapareció para siempre.

– Confía en mí – le dijo.

Esa misma tarde María fue inscrita en el asilo con un número de serie, y con un comentario superficial sobre el enigma de su procedencia y las dudas sobre su identidad. Al margen quedo una calificación escrita de puño y letra del director: «agitada».

Tal como María lo había previsto, el marido salió de su modesto apartamento del barrio de Horta con media hora de retraso para cumplir los tres compromisos. Era la primera vez que ella no llegaba a tiempo en casi dos años de una unión libre bien concertada, y el entendió el retraso por la ferocidad de las lluvias que asolaron la provincia aquel fin de semana. Antes de salir dejo un mensaje clavado en la puerta con el itinerario de la noche.

En la primera fiesta, con todos los niños disfrazados de canguro, prescindió del truco estelar de los peces invisibles porque no podía hacerlo sin la ayuda de ella. El segundo compromiso era en casa de una anciana de noventa y tres años, en silla de ruedas, que se preciaba de haber celebrado cada uno de sus últimos treinta cumpleaños con un mago distinto. El estaba tan contrariado con la demora de María, que no pudo concentrarse en las suertes más simples. El tercer compromiso era el de todas las noches en un café concierto de las Ramblas, donde actuó sin inspiración para un grupo de turistas franceses que no pudieron creer lo que veían porque se negaban a creer en la magia. Después de cada representación llamó por teléfono a su casa, y esperó sin ilusiones a que María le contestara. En la última ya no pudo reprimir la inquietud de que algo malo había ocurrido.

De regreso a casa en la camioneta adaptada para las funciones públicas vio el esplendor de la primavera en las palmeras del Paseo de Gracia, y lo estremeció el pensamiento aciago de cómo podía ser la ciudad sin María. La última esperanza se desvaneció cuando encontró su recado todavía prendido en la puerta. Estaba tan contrariado, que se le olvidó darle la comida al gato.

Sólo ahora que lo escribo caigo en la cuenta de que nunca supe como se llamaba en realidad, porque en Barcelona solo le conocíamos por su nombre profesional: Saturno el Mago. Era un hombre de carácter raro y con una torpeza social irremediable, pero el tacto y la gracia que le hacían falta le sobraban a María. Era ella quien lo llevaba de la mano en esta comunidad de grandes misterios, donde a nadie se le hubiera ocurrido llamar a nadie por teléfono después de la media noche para preguntar por su mujer. Saturno lo había hecho de recién venido y no quería recordarlo.

Así que esa noche se conformó con llamar a Zaragoza, donde una abuela medio dormida le contestó sin alarma que María había partido después del almuerzo. No durmió más de una hora al amanecer. Tuvo un sueño cenagoso en el cual vio a María con un vestido de novia en piltrafas y salpicado de sangre, y despertó con la certidumbre pavorosa de que había vuelto a dejarle solo, y ahora para siempre, en el vasto mundo sin ella.

Lo había hecho tres veces con tres hombres distintos, incluso él, en los últimos cinco años. Lo había abandonado en Ciudad de México a los seis meses de conocerse, cuando agonizaban de felicidad con un amor demente en un cuarto de servicio de la colonia Anzures. Una mañana María no amaneció en la casa después de una noche de abusos inconfesables. Dejó todo lo que era suyo, hasta el anillo de su matrimonio anterior, y una carta en la cual decía que no era capaz de sobrevivir al tormento de aquel amor desatinado. Saturno pensó que había vuelto con su primer esposo, un condiscípulo de la escuela secundaria con quien se casó a escondidas siendo menor de edad, y al cual abandonó por otro al cabo de dos años sin amor. Pero no: había vuelto a casa de sus padres, y allí fue Saturno a buscarla a cualquier precio. Le rogó sin condiciones, le prometió mucho más de lo que resuelto a cumplir, pero tropezó con una determinación invencible. «Hay amores cortos y hay amores largos», le dijo ella. Y concluyó sin misericordia: «Este fue corto». Él se rindió ante su rigor.

Sin embargo, una madrugada de Todos los Santos, al volver a su cuarto de huérfano después de casi un año de olvido, la encontró dormida en el sofá de la sala con la corona de azahares y la larga cola de espuma de las novias vírgenes.

María le contó la verdad. El nuevo novio, viudo, sin hijos, con la vida resuelta y la disposición de casarse para siempre por la iglesia católica, la había dejado vestida y esperando en el altar. Sus padres decidieron hacer la fiesta de todos modos. Ella siguió el juego. Bailó, cantó con los mariachis, se pasó de tragos, y en un terrible estado de remordimientos tardíos se fue a la media noche a buscar a Saturno.

No estaba en casa, pero encontró las llaves en la maceta de flores del corredor, donde las escondieron siempre. Esta vez fue ella quien se le rindió sin condiciones. “¿Y ahora hasta cuándo?», le preguntó él. Ella le contestó con un verso de Vinicius de Moraes: «El amor es eterno mientras dura». Dos años después, seguía siendo eterno.

María pareció madurar. renunció a sus sueños de actriz y se consagró a él, tanto en el oficio como en la cama. A finales del año anterior habían asistido a un congreso de magos en Perpignan, y de regreso conocieron a Barcelona. Les gustó tanto que llevaban ocho meses aquí, y les iba tan bien, que habían comprado un apartamento en el muy catalán barrio de Horta, ruidoso y sin portero, pero con espacio de sobra para cinco hijos. Había sido la felicidad posible, hasta el fin de semana en que ella alquiló un automóvil y se fue a visitar a sus parientes de Zaragoza con la promesa de volver a las siete de la noche del lunes. Al amanecer del jueves, todavía no había dado señales de vida.

El lunes de la semana siguiente la compañía de seguros del automóvil alquilado llamo por teléfono a casa para preguntar por María. «No sé nada» dijo Saturno. «Búsquenla en Zaragoza». Colgó. Una semana después un policía civil fue a su casa con la noticia de que habían hallado el automóvil en los puros huesos, en un atajo cerca de Cádiz, a novecientos kilómetros del lugar donde María lo abandonó. El agente quería saber si ella tenía mas detalles del robo. Saturno estaba dándole de comer al gato, y apenas si lo miró para decirle sin más vueltas que no perdieran el tiempo, pues su mujer se había fugado de la casa y el no sabía con quién ni para donde. Era tal su convicción, que el agente se sintió incomodo y le pidió perdón por sus preguntas. El caso se declaró cerrado.

El recelo de que María pudiera irse otra vez había asaltado a Saturno por Pascua Florida en Cadaques, adonde Rosa Regás los habían invitado a navegar a vela. Estábamos en el Maritim, el populoso y sórdido bar de la gauche divine en el crepúsculo del franquismo, alrededor de una de aquellas mesas de hierro con sillas de hierro donde solo cabríamos seis a duras penas y nos sentábamos veinte. Después de agotar la segunda cajetilla de cigarrillos de la jornada, María se encontró sin fósforos. Un brazo escuálido de vellos viriles con una esclava de bronce romano se abrió paso entre el tumulto de la mesa, y le dio fuego. Ella lo agradeció sin mirar a quien, pero Saturno el Mago lo vio. Era un adolescente óseo y lampiño, de una palidez de muerto y una cola de caballo muy negra que le daba a la cintura. Los cristales del bar soportaban apenas la furia de la tramontana de primavera, pero él iba vestido con una especie de piyama callejero de algodón crudo, y unas albarcas de labrador.

No volvieron a verlo hasta fines del otoño, en un hostal de mariscos de La Barceloneta, con el mismo conjunto de zaraza ordinaria y una larga trenza en vez de la cola de caballo. Los saludó a ambos como a viejos amigos, y por el modo como besó a María, y por el modo como ella le correspondió, a Saturno lo fulminó la sospecha de que habían estado viéndose a escondidas. Días después encontró por casualidad un nombre nuevo y un número de teléfono escritos por María en el directorio doméstico, y la inclemente lucidez de los celos le reveló de quién eran. El prontuario social de intruso acabó de rematarlo: veintidós años, hijo único de ricos, decorador de vitrinas de moda, con una fama fácil de bisexual y un prestigio bien fundado como consolador de alquiler de señoras casadas. Pero logró sobreponerse hasta la noche en que María no volvió a casa. Entonces empezó llamarlo por teléfono todos los días, primero cada dos o tres horas, desde las seis de la mañana hasta la madrugada siguiente, y después cada vez que encontraba un teléfono a la mano. El hecho de que nadie contestara aumentaba su martirio.

Al cuarto día le contestó una andaluza que solo iba a hacer la limpieza. «El señorito se ha ido», le dijo, con suficiente vaguedad para enloquecerlo. Saturno no resistió la tentación de preguntarle si por casualidad no estaba ahí la señorita María.

– Aquí no vive ninguna María – le dijo la mujer -. El señorito es soltero.

– Ya lo sé – le dijo él -. No vive, pero ¿a veces va, o no? La mujer se encabritó

– ¿Pero quién coño habla ahí?

Saturno colgó. La negativa de la mujer le pareció una confirmación más de lo que ya no era para él una sospecha sino una certidumbre ardiente. Perdió el control. En los días siguientes llamó por orden alfabético a todos los conocidos de Barcelona. Nadie le dio razón, pero cada llamada le agravó la desdicha, porque sus delirios de celos eran ya celebres entre los trasnochadores impenitentes de La gauche divine, y le contestaban con cualquier broma que lo hiciera sufrir. Solo entonces comprendió hasta que punto estaba solo en aquella ciudad hermosa, lunática e impenetrable, en la que nunca sería feliz. Por la madrugada, después de darle de comer al gato se apretó el corazón para no morir, y tomo la determinación de olvidar a María.

A los dos meses, María no se había adaptado aun a la vida del sanatorio. Sobrevivía picoteando apenas la pitanza de cárcel con los cubiertos encadenados al mesón de madera bruta, y la vista fija en la litografía del general Francisco Franco que presidía el lúgubre comedor medieval. Al principio se resistía a las horas canónicas con su rutina bobalicona de maitines, laudes, vísperas, y otros oficios de iglesia que ocupaban la mayor parte del tiempo. Se negaba a jugar a la pelota en el patio de recreo, y a trabajar en el taller de flores artificiales que un grupo de reclusas atendía con una diligencia frenética. Pero a partir de la tercera semana fue incorporándose poco a poco a la vida del claustro. A fin de cuentas, decían los médicos, así empezaban todas, y tarde o temprano terminaban por integrarse a la comunidad.

La falta de cigarrillos, resuelta en los primeros días por una guardiana que se los vendía a precio de oro, volvió a atormentarla cuando se le agotó el poco dinero que llevaba. Se consoló después con los cigarrillos de papel periódico que algunas reclusas fabricaban con las colillas recogidas de la basura, pues la obsesión de fumar había llegado a ser tan intensa como la del teléfono. Las pesetas exiguas que se ganó mas tarde fabricando flores artificiales le permitieron un alivio efímero.

Lo más duro era la soledad de las noches. Muchas reclusas permanecían despiertas en la penumbra, como ella, pero sin atreverse a nada, pues la guardiana nocturna velaba también el portón cerrado con cadena y candado.

Una noche, sin embargo, abrumada por la pesadumbre, María preguntó con voz suficiente para que le oyera su vecina de cama:

– ¿Dónde estamos?

La voz grave y lucida de la vecina le contestó:

– En los profundos infiernos.

– Dicen que esta es tierra de moros – dijo otra voz distante que resonó en el ámbito del dormitorio -. Y debe ser cierto, porque en verano, cuando hay luna, se oyen a los perros ladrándole a la mar.

Se oyó la cadena en las argollas como un ancla de galeón, y la puerta se abrió. La cancerbera, el único ser que parecía vivo en el silencio instantáneo, empezó a pasearse de un extremo al otro del dormitorio. María se sobrecogió, y sólo ella sabía por qué.

Desde su primera semana en el sanatorio, la vigilante nocturna le había propuesto sin rodeos que durmiera con ella en el cuarto de guardia. Empezó con un tono de negocio concreto: trueque de amor por cigarrillos, por chocolates, por lo que fuera. «Tendrás todo», le decía, trémula. «Serás la reina». Ante el rechazo de María, la guardiana cambio de método. Le dejaba papelitos de amor debajo de la almohada, en los bolsillos de la bata, en los sitios menos pensados. Eran mensajes de un apremio desgarrador capaz de estremecer a las piedras. Hacía más de un mes que parecía resignada a la derrota, la noche en que se promovió el incidente en el dormitorio.

Cuando estuvo convencida de que todas las reclusas dormían, la guardiana se acerco a la cama de María, y murmuro en su oído toda clase de obscenidades tiernas, mientras la besaba la cara, el cuello tenso de terror, los brazos yermos, las piernas exhaustas. Por último, creyendo tal vez que la parálisis de María no era de miedo sino de complacencia, se atrevió a ir más lejos. María le soltó entonces un golpe con el revés de la mano que la mando contra la cama vecina. La guardiana se incorporó furibunda en medio del escándalo de las reclusas alborotadas.

– Hija de puta – gritó -. Nos pudriremos juntas en este chiquero hasta que te vuelvas loca por mi.

El verano llegó sin anunciarse el primer domingo de junio, y hubo que tomar medidas de emergencia, porque las reclusas sofocadas empezaban a quitarse durante la misa los balandranes de estameña. María asistió divertida al espectáculo de las enfermas en pelota que las guardianas correteaban por las naves como gallinas ciegas. En medio de la confusión, trató de protegerse de los golpes perdidos, y sin saber como se encontró sola en una oficina abandonada y con un teléfono que repicaba sin cesar con un timbre de súplica. María contestó sin pensarlo, y oyó una voz lejana y sonriente que se entretenía imitando el servicio telefónico de la hora:

– Son las cuarenta y cinco horas, noventa y dos minutos y ciento siete segundos

– ¡Maricón! – dijo Marra.

Colgó divertida. Ya se iba, cuando cayó en la cuenta de que estaba dejando escapar una ocasión irrepetible. Entonces marcó seis cifras, con tanta tensión y tanta prisa, que no estuvo segura de que fuese el número de su casa. Esperó con el corazón desbocado, oyó el timbre, una vez, dos veces, tres veces, y oyó por fin la voz del hombre de su vida en la casa sin ella.

– ¿Bueno?

Tuvo que esperar a que se le pasara la pelota de lágrimas que se le formó en la garganta.

– Conejo, vida mía – suspiró.

Las lágrimas la vencieron. Al otro lado de la línea hubo un breve silencio de espanto, y una voz enardecida por los celos escupió la palabra:

– ¡Puta! Y colgó en seco.

Esa noche, en un ataque frenético, María descolgó en el refectorio la litografía del generalísimo, la arrojó con todas sus fuerzas contra el vitral del jardín, y se derrumbó bañada en sangre. Aun le sobró rabia para enfrentarse a golpes con los guardianes que trataban de someterla, sin lograrlo, harta que vio a Herculina plantada en el vano de la puerta, con los brazos cruzados mirándola. Se rindió. No obstante, la arrastraron hasta el pabellón de las locas furiosas, la aniquilaron con una manguera de agua helada, y le inyectaron trementina en las piernas. Impedida para caminar por la inflamación provocada, María se dio cuenta de que no había nada en el mundo que no fuera capaz de hacer por escapar de aquel infierno. La semana siguiente, ya de regreso al dormitorio común, se levantó de puntillas y tocó en la celda de la guardiana nocturna.

El precio de María, exigido por ella de antemano, fue llevarle un mensaje a su marido. La guardiana aceptó, siempre que el trato se mantuviera en secreto absoluto. Y la apuntó con un índice inexorable.

– Si alguna vez se sabe, te mueres.

Así que Saturno el Mago fue al sanatorio de locas el sábado siguiente, con la camioneta de circo preparada para celebrar el regreso de María. El director en persona lo recibió en su oficina, tan limpia y ordenada como un barco de guerra, y le hizo un informe afectuoso sobre el estado de su esposa. Nadie sabía de dónde llegó, ni como ni cuando, pues el primer dato de su ingreso era en el registro oficial dictado por él cuando la entrevistó. Una investigación iniciada ese mismo día no había concluido nada. En todo caso, lo que más intrigaba al director era cómo supo Saturno el paradero de su esposa. Saturno protegió a la guardiana.

Me lo informo la compañía de seguros del coche – dijo.

El director asintió complacido. «No sé como hacen los seguros para saberlo todo», dijo. Le dio una ojeada al expediente que tenía sobre su escritorio de asceta, y concluyo:

– Lo único cierto es la gravedad de su estado.

Estaba dispuesto a autorizarle una visita con las precauciones debidas si Saturno el Mago le prometía, por el bien de su esposa, ceñirse a la conducta que él le indicaba. Sobre todo en la manera de tratarla, para evitar que recayera en uno de sus arrebatos de furia cada vez más frecuentes y peligrosos.

– Era raro – dijo Saturno -. Siempre de genio fuerte, pero de mucho dominio.

El médico hizo un ademan de sabio. «Hay conductas que permanecen latentes durante muchos años, y un día estallan», dijo. «Con todo, es una suerte que haya caído por aquí, porque somos especialistas en casos que requieren mano dura». Al final hizo una advertencia sobre la rara obsesión de María por el teléfono.

– Sígale la corriente – dijo.

– Tranquilo, doctor – dijo Saturno con un aire alegre -. Es mi especialidad.

La sala de visitas, mezcla de cárcel y confesionario, era un antiguo locutorio del convento. La entrada de Saturno no fue la explosión de júbilo que ambos hubieran podido esperar. María estaba de pie en el centro del salón, junto a una mesita con dos sillas y un florero sin flores. Era evidente que estaba lista para irse, con su lamentable abrigo color fresa y unos zapatos sórdidos que le habían dado de caridad. En un rincón, casi invisible, estaba Herculina con los brazos cruzados. María no se movió al ver entrar al esposo ni asomó emoción alguna en la cara todavía salpicada por los estragos del vitral. Se dieron un beso de rutina.

– ¿Como te sientes? – le pregunto él.

– Feliz de que al fin hayas venido, conejo – dijo ella -. Esto ha sido la muerte.

No tuvieron tiempo de sentarse. Ahogándose en lágrimas, María le contó las miserias del claustro, la barbarie de las guardianas, la comida de perros, las noches interminables sin cerrar los ojos por el terror.

– Ya no sé cuantos días llevo aquí, o meses o años, pero sé que cada uno ha sido peor que el otro – dijo, y suspiro con el alma -: Creo que nunca volveré a ser la misma.

– Ahora todo eso paso – dijo él, acariciándole con la yema de los dedos las cicatrices recientes de la cara -. Yo seguiré viniendo todos los sábados. Y más si el director me lo permite. Ya veras que todo va a salir muy bien.

Ella fijó en los ojos de él sus ojos aterrados. Saturno intentó sus artes de salón. Le contó, en el tono pueril de las grandes mentiras, una versión dulcificada de los propósitos del medico. «En síntesis», concluyó, «aun te faltan algunos días para estar recuperada por completo». María entendió la verdad.

– ¡Por Dios, conejo! – dijo atónita -. No me digas que tú también crees que estoy loca!

– ¡Como se te ocurre! – dijo el, tratando de reír -. Lo que pasa es que será mucho más conveniente para todos que sigas un tiempo aquí. En mejores condiciones, por supuesto.

– ¡Pero si ya te dije que solo vine a hablar por teléfono! – dijo María.

Él no supo cómo reaccionar ante la obsesión temible. Miró a Herculina. Esta aprovechó la mirada para indicarle en su reloj de pulso que era tiempo de terminar la visita. María intercepto la señal, miro hacia atrás, y vio a Herculina en la tensión del asalto inminente. Entonces se aferró al cuello de su marido gritando como una verdadera loca. Él se la quitó de encima con tanto amor como pudo, y la dejó a merced de Herculina, que le saltó por la espalda. Sin darle tiempo para reaccionar le aplicó una llave con la mano izquierda, le pasó el otro brazo de hierro alrededor del cuello, y le gritó a Saturno el Mago:

– ¡Váyase!

Saturno huyó despavorido. Sin embargo, el sábado siguiente, ya repuesto del espanto de la visita, volvió al sanatorio con el gato vestido igual que él: la malla roja y amarilla del gran leotardo, el sombrero de copa y una capa de vuelta y media que parecía para volar. Entró en la camioneta de feria hasta el patio del claustro, y allí hizo una función prodigiosa de casi tres horas que las reclusas gozaron desde los balcones, con gritos discordantes y ovaciones inoportunas. Estaban todas, menos María, que no solo se negó a recibir a su marido, sino inclusive a verlo desde los balcones. Saturno se sintió herido de muerte.

– Es una reacción típica – lo consoló el director -. Ya pasará.

Pero no pasó nunca. Después de intentar muchas veces ver de nuevo a María, Saturno hizo lo imposible para que recibiera una carta, pero fue inútil. Cuatro veces la devolvió cerrada y sin comentarios. Saturno desistió, pero siguió dejando en la portería del hospital las raciones de cigarrillos, sin saber siquiera si llegaban a Marra, hasta que lo venció la realidad.

Nunca más se supo de él, salvo que volvió a casarse y regreso a su país. Antes de irse de Barcelona le dejó el gato medio muerto de hambre a una noviecita casual, que además se comprometió a seguir llevándole los cigarrillos a María. Pero también ella desapareció. Rosa Regas recordaba haberla visto en el Corte Inglés, hace unos doce años, con la cabeza rapada y el balandran anaranjado de alguna secta oriental, y en cinta a más no poder. Ella le contó que había seguido llevándole los cigarrillos a María, siempre que pudo, hasta un día en que solo encontró los escombros del hospital, demolido como un mal recuerdo de aquellos tiempos ingratos.

María le pareció muy lucida la última vez que la vio, un poco pasada de peso y contenta con la paz del claustro. Ese día le llevó el gato, porque ya se le había acabado el dinero que Saturno le dejó para darle de comer.

Vendrán lluvias suaves

Voy a dar por hecho que tienen alguna referencia al libro de Bradbury de «Crónicas Marcianas», al cual le tomé un gran afecto por muchas razones. En este libro, que se compone de relatos en serie, podemos apreciar esta particularidad: puedes leerlo completo de una manera secuencial o leer sus capítulos como cuentos por separado. Es un libro algo extraño, con un sabor agridulce, en el que la paradoja es el hilo conductor de todo. «Vendrán lluvias suaves» es uno de sus últimos capítulos y hoy es la joya literaria que les quiero compartir.

Bajo esta particularidad, de encontrarse narrado en un tiempo discontinuo, y aún más, al leerlo fuera del contexto del libro Crónicas Marcianas, el relato nos exige que como lectores debemos prestar mayor atención en los detalles. Otra singularidad es que está narrado en primera persona, contado exclusivamente por el protagonista. Entonces, en resumen y grandes rasgos encontramos esto: una historia post apocalíptica narrada en tiempo discontinuo que habla sobre un futuro dominado por la tecnología y el fin de la humanidad. ¿Crees que la ciencia ficción es alucinante? A mí me encanta.

Leer este cuento te transporta totalmente, solo recuerda lo que ya comente, debes estar muy atento para no perderte ningún detalle. Este relato es algo diferente a otros que describen un mundo apocalíptico, ¿Por qué? Veras, el cuento está basado solamente en lo que pasa después del apocalipsis que se genera en la tierra. ¿De que nos damos cuenta? De esto: es la naturaleza lo que prevalece luego de que el hombre desaparece por completo, lo que quedan entonces son sus obras, que también son disueltas con el tiempo, dando paso solamente a la naturaleza como si las personas nunca hubiéramos sido parte de ella.

Nos sitúa en escenarios, más que en realidades de personas y el narrador habla como si estuviera viendo todo lo que está pasando, y creo que es importante que mencione esto: las personas no son protagonistas, el personaje principal, el narrador es una casa totalmente automatizada, es a través de ella que conocerás toda la historia. ¡Lo sé! Es una idea algo fantástica, pero vamos, estamos hablando de Ciencia Ficción. Espero que esto sea suficiente para que tu curiosidad te lleve a leer este relato.

La voz del reloj cantó en la sala:

Tictac, las siete, hora de levantarse, hora de levantarse, las siete.

Como si temiera que nadie se levantase. La casa estaba desierta. El reloj continuó sonando, repitiendo y repitiendo llamadas en el vacío.

Las siete y nueve, hora del desayuno, ¡las siete y nueve!

En la cocina el horno del desayuno emitió un siseante suspiro, y de su tibio interior brotaron ocho tostadas perfectamente doradas, ocho huevos fritos, dieciséis lonjas de tocineta, dos tazas de café y dos vasos de leche fresca.

-Hoy es 4 de agosto de 2026 -dijo una voz desde el techo de la cocina- en la ciudad de Allendale, California -repitió tres veces la fecha, como para que nadie la olvidara-. Hoy es el cumpleaños del señor Featherstone. Hoy es el aniversario de la boda de Tilita. Hoy puede pagarse la póliza del seguro y también las cuentas de agua, gas y electricidad.

En algún sitio de las paredes, sonó el clic de los relevadores, y las cintas magnetofónicas se deslizaron bajo ojos eléctricos.

-Las ocho y uno, tictac, las ocho y uno, a la escuela, al trabajo, rápido, rápido, ¡las ocho y uno!

Pero las puertas no golpearon, las alfombras no recibieron las suaves pisadas de los tacones de goma. Llovía fuera. En la puerta de la calle, la caja del tiempo cantó en voz baja: “Lluvia, lluvia, aléjate… zapatones, impermeables, hoy.”.

Y la lluvia resonó golpeteando la casa vacía. Afuera, el garaje tocó unas campanillas, levantó la puerta y descubrió un coche con el motor en marcha. Después de una larga espera, la puerta descendió otra vez.

A las ocho y media los huevos estaban resecos y las tostadas duras como piedras. Un brazo de aluminio los echó en el vertedero, donde un torbellino de agua caliente los arrastró a una garganta de metal que después de digerirlos los llevó al océano distante.

Los platos sucios cayeron en una máquina de lavar y emergieron secos y relucientes.

“Las nueve y cuarto”, cantó el reloj, “la hora de la limpieza”.

De las guaridas de los muros, salieron disparados los ratones mecánicos. Las habitaciones se poblaron de animalitos de limpieza, todos goma y metal. Tropezaron con las sillas moviendo en círculos los abigotados patines, frotando las alfombras y aspirando delicadamente el polvo oculto. Luego, como invasores misteriosos, volvieron de sopetón a las cuevas. Los rosados ojos eléctricos se apagaron. La casa estaba limpia.

Las diez. El sol asomó por detrás de la lluvia. La casa se alzaba en una ciudad de escombros y cenizas. Era la única que quedaba en pie. De noche, la ciudad en ruinas emitía un resplandor radiactivo que podía verse desde kilómetros a la redonda.

Las diez y cuarto. Los surtidores del jardín giraron en fuentes doradas llenando el aire de la mañana con rocíos de luz. El agua golpeó las ventanas de vidrio y descendió por las paredes carbonizadas del oeste, donde un fuego había quitado la pintura blanca. La fachada del oeste era negra, salvo en cinco sitios. Aquí la silueta pintada de blanco de un hombre que regaba el césped. Allá, como en una fotografía, una mujer agachada recogía unas flores. Un poco más lejos -las imágenes grabadas en la madera en un instante titánico-, un niño con las manos levantadas; más arriba, la imagen de una pelota en el aire, y frente al niño, una niña, con las manos en alto, preparada para atrapar una pelota que nunca acabó de caer. Quedaban esas cinco manchas de pintura: el hombre, la mujer, los niños, la pelota. El resto era una fina capa de carbón. La lluvia suave de los surtidores cubrió el jardín con una luz en cascadas.

Hasta este día, qué bien había guardado la casa su propia paz. Con qué cuidado había preguntado: “їQuién está ahí? їCuál es el santo y seña?”, y como los zorros solitarios y los gatos plañideros no le respondieron, había cerrado herméticamente persianas y puertas, con unas precauciones de solterona que bordeaban la paranoia mecánica.

Cualquier sonido la estremecía. Si un gorrión rozaba los vidrios, la persiana chasqueaba y el pájaro huía, sobresaltado. No, ni siquiera un pájaro podía tocar la casa.

La casa era un altar con diez mil acólitos, grandes, pequeños, serviciales, atentos, en coros. Pero los dioses habían desaparecido y los ritos continuaban insensatos e inútiles.

El mediodía.

Un perro aulló, temblando, en el balcón.

La puerta de la calle reconoció la voz del perro y se abrió. El perro, en otro tiempo grande y gordo, ahora huesudo y cubierto de llagas, entró y se movió por la casa dejando huellas de lodo. Detrás de él zumbaron unos ratones irritados, irritados por tener que limpiar el lodo, irritados por la molestia.

Pues ni el fragmento de una hoja se escurría por debajo de la puerta sin que los paneles de los muros se abrieran y los ratones de cobre salieran como rayos. El polvo, el pelo o el papel ofensivos, hechos trizas por unas diminutas mandíbulas de acero, desaparecían en las guaridas. De allí unos tubos los llevaban al sótano, y eran arrojados a la boca siseante de un incinerador que aguardaba en un rincón oscuro como un Baal maligno.

El perro corrió escaleras arriba y aulló históricamente, ante todas las puertas, hasta que al fin comprendió, como ya comprendía la casa, que allí no había más que silencio.

Olfateó el aire y arañó la puerta de la cocina. Detrás de la puerta el horno preparaba unos panqueques que llenaban la casa con aroma de jarabe de arce. El perro, tendido ante la puerta, olfateaba con los ojos encendidos y el hocico espumoso. De pronto, echó a correr locamente en círculos, mordiéndose la cola, y cayó muerto. Durante una hora estuvo tendido en la sala.

Las dos, cantó una voz.

Los regimientos de ratones advirtieron al fin el olor casi imperceptible de la descomposición, y salieron murmurando suavemente como hojas grises arrastradas por un viento eléctrico.

Las dos y cuarto.

El perro había desaparecido.

En el sótano, el incinerador se iluminó de pronto y un remolino de chispas subió por la chimenea.

Las dos y treinta y cinco.

Unas mesas de bridge surgieron de las paredes del patio. Los naipes revolotearon sobre el tapete en una lluvia de figuras. En un banco de roble aparecieron martinis y sándwiches de ensalada de huevo. Sonó una música.

Pero en las mesas silenciosas nadie tocaba las cartas.

A las cuatro, las mesas se plegaron como grandes mariposas y volvieron a los muros.

Las cuatro y media.

Las paredes del cuarto de los niños resplandecieron de pronto.

Aparecieron animales: jirafas amarillas, leones azules, antílopes rosados, panteras lilas que retozaban en una sustancia de cristal. Las paredes eran de vidrio y mostraban colores y escenas de fantasía. Unas películas ocultas pasaban por unos piñones bien aceitados y animaban las paredes. El piso del cuarto imitaba un ondulante campo de cereales. Por él corrían escarabajos de aluminio y grillos de hierro, y en el aire caluroso y tranquilo unas mariposas de gasa rosada revoloteaban sobre un punzante aroma de huellas animales. Había un zumbido como de abejas amarillas dentro de fuelles oscuros, y el perezoso ronroneo de un león. Y había un galope de okapis y el murmullo de una fresca lluvia selvática que caía como otros casos, sobre el pasto almidonado por el viento.

De pronto las paredes se disolvieron en llanuras de hierbas abrasadas, kilómetro tras kilómetro, y en un cielo interminable y cálido. Los animales se retiraron a las malezas y los manantiales.

Era la hora de los niños.

Las cinco. La bañera se llenó de agua clara y caliente.

Las seis, las siete, las ocho. Los platos aparecieron y desaparecieron, como manipulados por un mago, y en la biblioteca se oyó un clic. En la mesita de metal, frente al hogar donde ardía animadamente el fuego, brotó un cigarro humeante, con media pulgada de ceniza blanda y gris.

Las nueve. En las camas se encendieron los ocultos circuitos eléctricos, pues las noches eran frescas aquí.

Las nueve y cinco. Una voz habló desde el techo de la biblioteca.

-Señora McClellan, ¿qué poema le gustaría escuchar esta noche?

La casa estaba en silencio.

-Ya que no indica lo que prefiere -dijo la voz al fin-, elegirá un poema cualquiera.

Una suave música se alzó como fondo de la voz.

-Sara Teasdale. Su autor favorito, me parece…

Vendrán lluvias suaves y olores de tierra,
y golondrinas que girarán con brillante sonido;
y ranas que cantarán de noche en los estanques
y ciruelos de tembloroso blanco
y petirrojos que vestirán plumas de fuego
y silbarán en los alambres de las cercas;
y nadie sabrá nada de la guerra,
a nadie le interesará que haya terminado.
A nadie le importará, ni a los pájaros ni a los árboles,
si la humanidad se destruye totalmente;
y la misma primavera, al despertarse al alba,
apenas sabrá que hemos desaparecido.

El fuego ardió en el hogar de piedra y el cigarro cayó en el cenicero: un inmóvil montículo de ceniza. Las sillas vacías se enfrentaban entre las paredes silenciosas, y sonaba la música.

A las diez la casa empezó a morir.

Soplaba el viento. La rama desprendida de un árbol entró por la ventana de la cocina.

La botella de solvente se hizo trizas y se derramó sobre el horno. En un instante las llamas envolvieron el cuarto.

-¡Fuego! -gritó una voz.

Las luces se encendieron, las bombas vomitaron agua desde los techos. Pero el solvente se extendió sobre el linóleo por debajo de la puerta de la cocina, lamiendo, devorando, mientras las voces repetían a coro:

-¡Fuego, fuego, fuego!

La casa trató de salvarse. Las puertas se cerraron herméticamente, pero el calor había roto las ventanas y el viento entró y avivó el fuego.

La casa cedió terreno cuando el fuego avanzó con una facilidad llameante de cuarto en cuarto en diez millones de chispas furiosas y subió por la escalera. Las escurridizas ratas de agua chillaban desde las paredes, disparaban agua y corrían a buscar más. Y los surtidores de las paredes lanzaban chorros de lluvia mecánica.

Pero era demasiado tarde. En alguna parte, suspirando, una bomba se encogió y se detuvo. La lluvia dejó de caer. La reserva del tanque de agua que durante muchos días tranquilos había llenado bañeras y había limpiado platos estaba agotada.

El fuego crepitó escaleras arriba. En las habitaciones altas se nutrió de Picassos y de Matisses, como de golosinas, asando y consumiendo las carnes aceitosas y encrespando tiernamente los lienzos en negras virutas.

Después el fuego se tendió en las camas, se asomó a las ventanas y cambió el color de las cortinas.

De pronto, refuerzos.

De los escotillones del desván salieron unas ciegas caras de robot y de las bocas de grifo brotó un líquido verde.

El fuego retrocedió como un elefante que ha tropezado con una serpiente muerta. Y fueron veinte serpientes las que se deslizaron por el suelo, matando el fuego con una venenosa, clara y fría espuma verde.

Pero el fuego era inteligente y mandó llamas fuera de la casa, y entrando en el desván llegó hasta las bombas. ¡Una explosión! El cerebro del desván, el director de las bombas, se deshizo sobre las vigas en esquirlas de bronce.

El fuego entrу en todos los armarios y palpó las ropas que colgaban allí.

La casa se estremeció, hueso de roble sobre hueso, y el esqueleto desnudo se retorcía en las llamas, revelando los alambres, los nervios, como si un cirujano hubiera arrancado la piel para que las venas y los capilares rojos se estremecieran en el aire abrasador. ¡Socorro, socorro! ¡Fuego! ¡Corran, corran! El calor rompió los espejos como hielos invernales, tempranos y quebradizos. Y las voces gimieron: fuego, fuego, corran, corran, como una trágica canción infantil; una docena de voces, altas y bajas, como voces de niños que agonizaban en un bosque, solos, solos. Y las voces fueron apagándose, mientras las envolturas de los alambres estallaban como castañas calientes. Una, dos, tres, cuatro, cinco voces murieron.

En el cuarto de los niños ardía la selva. Los leones azules rugieron, las jirafas moradas escaparon dando saltos. Las panteras corrieron en círculos, cambiando de color, y diez millones de animales huyeron ante el fuego y desaparecieron en un lejano río humeante…

Murieron otras diez voces. Y en el último instante, bajo el alud de fuego, otros coros indiferentes anunciaron la hora, tocaron música, segaron el césped con una segadora automática, o movieron frenéticamente un paraguas, dentro y fuera de la casa, ante la puerta que se cerraba y se abría con violencia. Ocurrieron mil cosas, como cuando en una relojería todos los relojes dan locamente la hora, uno tras otro, en una escena de maniática confusión, aunque con cierta unidad; cantando y chillando los últimos ratones de limpieza se lanzaron valientemente fuera de la casa ¡arrastrando las horribles cenizas!

Y en la llameante biblioteca una voz leyó un poema tras otro con una sublime despreocupación, hasta que se quemaron todos los carretes de película, hasta que todos los alambres se retorcieron y se destruyeron todos los circuitos.

El fuego hizo estallar la casa y la dejó caer, extendiendo unas faldas de chispas y de humo.

En la cocina, un poco antes de la lluvia de fuego y madera, el horno preparó unos desayunos de proporciones psicopóticas: diez docenas de huevos, seis hogazas de tostadas, veinte docenas de lonjas de tocineta, que fueron devoradas por el fuego y encendieron otra vez el horno, que siseó históricamente.

El derrumbe. El desván se derrumbó sobre la cocina y la sala. La sala cayó al sótano, el sótano al subsótano. La congeladora, el sillón, las cintas grabadoras, los circuitos y las camas se amontonaron muy abajo como un desordenado túmulo de huesos.

Humo y silencio. Una gran cantidad de humo.

La aurora se asomó débilmente por el Este. Entre las ruinas se levantaba solo una pared. Dentro de la pared una última voz repetía y repetía, una y otra vez, mientras el sol se elevaba sobre el montón de escombros humeantes:

-Hoy es 5 de agosto de 2026, hoy es 5 de agosto de 2026, hoy es…


Yasunari Kawabata

(Premio nobel de Japón)

A 122 años del nacimiento del autor japonés, el primer nipón en ganar el Premio Nobel de Literatura en 1968, exploramos en este apunte parte de su vida y legado literario: su infancia trágica, las primeras obras, el reconocimiento internacional y la preocupación por evocar y representar —más allá de las lenguas y fronteras— lo más bello y eterno que se pueda encontrar, aunque solo dure un momento.

Oscar Wilde, en La decadencia de la mentira, decía que «uno no ve nada hasta que no ve su belleza». Muchos años después, en otra parte del mundo, un joven escritor japonés se propuso mirar de esa manera y, así, crear una literatura que aún hoy sigue siendo leída y celebrada tanto en oriente como en occidente. Con una destreza notable para crear historias y atmósferas intimistas, en las que exploró distintos rincones del alma humana con una profunda sensibilidad, Yasunari Kawabata se conviritió en el primer autor japonés en ganar el Premio Nobel de Literatura en 1968 y en uno de los narradores más importantes de su generación. 

Nacido el 14 de junio de 1899 en la ciudad de Osaka, su infancia estuvo marcada por la trágica muerte de sus parientes más cercanos. A los cuatro años perdió a sus padres y, poco después, a su hermana y abuelos. Para los quince, ya se había quedado completamente solo. Él mismo se autodefinía como un «niño sin familia ni hogar». Aún así, luego de su primera formación en un internado, llegó a la Universidad de Tokio, donde había comenzado a estudiar literatura inglesa; pero, al año, abordó la japonesa y se licenció en 1924.

Con 25 años, Kawabata ya era parte de un grupo de intelectuales, con el que llevó adelante la revista Bungei-jidai (Época del Arte Literario). En ella aparecieron muchos de sus primeros textos y, además, comenzó a configurarse —según comentan algunos críticos— el estilo shinkankaku-ha: conocido como “la nueva escuela de las sensaciones”. Desde esta perspectiva neosensorialista, con la que se expone una gran sensibilidad e intimidad narrativa en contraposición al estilo “directo y realista” de los escritores proletarios de los años treinta, por ejemplo, Yasunari Kawabata compuso sus obras que han marcado gran parte de la cultura literaria japonesa.  

La belleza de Kawabata

Con sus primeras cuatro novela —La bailarina de Izu (1927), La pandilla de Asakusa (1930), Sobre pájaros y animales (1933) y País de nieve (1937)— Kawabata ya se había posicionado como uno de los autores más prometedores de todo el archipiélago nipón. Luego llegaron otras como El maestro de Go (1954), La casa de las bellas durmientes (1961) y Lo bello y lo triste (1965), con las que continuó reflexionando y trabajando sobre aquello que más le interesaba: retratar y evocar la belleza del mundo.

En su discurso que tituló El bello Japón y yo para recibir el Premio Nobel de Literatura, el escritor expresó: «(…) descubrí, por medio de la luz matinal, la belleza de los vasos en un restaurante. Vi esta belleza con toda claridad. Me encontré con ella, por primera vez. Pensé que nunca la había visto hasta ese momento. ¿No es precisamente este tipo de encuentro la esencia misma de la literatura y también de la vida humana? Si digo esto, ¿estoy yendo muy lejos, estoy exagerando mucho? Quizá sea así, pero también quizá no. En mis setenta años de vida es aquí donde por primera vez descubrí y fui consciente de esta suerte de luz que producen los vasos”.

Mucha de esa belleza, Kawabata la buscó en la representación de sus personajes femeninos, en las artes, en la ceremonia del té, en la propia naturaleza que incorporaba en sus obras. El autor trabajó con ese tipo de imágenes con la intención de conmover, de abstraer al lector, como sucede en muchas de sus novelas, para acercarle cierta sensación de lo efímero y a la vez de lo eterno que solo la belleza parece lograr. Es que para distintas culturas, sobre todo la asiática, lo eterno es lo cíclico, lo que se repite, lo que termina y vuelve a comenzar. Y no son pocos quienes allí encuentran cierta paz y esperanza, para alejar la ansiedad y desesperación que puede provocar lo puramente efímero.

Kawabata, en sintonía con el pensamiento budista, sabía que «para dejar de sufrir, había que dejar de desear» y acercarse a esa belleza que resulta más importante que «el propio yo». Sin embargo, en casi todos sus textos hay un “yo deseante” del que no se puede deshacer por completo. Sus personajes lo padecen y experientan esa tensión entre lo bello y lo triste, como titula en una de sus novelas más famosas. Esa tensión es el corazón de lo que en aquella región nipona se entiende como mono no aware: esa posibilidad de vibrar con la propia naturaleza y la poderosa sensibilidad que se despierta ante lo fugaz, efímero y perecedero.

No obstante, si bien el escritor japonés tuvo una gran preocupación sobre la forma a la hora de crear literatura, no deja de lado la inquietud por el fondo. En este sentido, el escritor argentino Miguel Sardegna, autor de la novela Los años tristes de Kawabata, comentó: «Creo que forma y fondo son elementos inseparables de su arte, como sucede, por otra parte, con los mejores escritores. Un maestro me dijo una vez que ‘el qué es el cómo’. Me gusta esa idea. El modo en que Kawabata trata sus temas es inseparable de los temas mismos. Dicho de otro modo, no puedo imaginar a Kawabata valiéndose de la misma preocupación estética para hablar de temas banales. No puedo imaginarlo, tampoco, abordando los mismos temas universales sin tener preocupaciones estéticas. Sencillamente no sería él».

Y agregó: «Creo que no debemos olvidar nunca que abordamos la literatura de Kawabata desde este rincón del mundo, con nuestros saberes y también con nuestras limitaciones. Oriente nos propone otra estética y otros sueños. Por otra parte, estoy convencido de que hay una belleza que precede a la auténtica comprensión. Si los textos de Kawabata vienen con esa bruma, dejemos que la bruma nos cubra, disfrutemos sin hacer más preguntas, porque no hacen falta las respuestas. No es necesario entender para saber que nos ha alcanzado la belleza”.

Es por esto que en este post vamos a compartir uno de los bellos cuentos de este autor, esperando que lo disfruten y que se convierta en un motivo para se animen a leer más de la obra de este premio nobel.

Este cuento se encuentra en el libro «Historias de la palma de la mano».

La langosta y el grillo

[Cuento – Texto completo.]

Yasunari Kawabata

Caminaba a lo largo del muro con techo de tejas de la universidad, cuando decidí cambiar de rumbo y marchar hacia el edificio de la facultad. Al cruzar la verja blanca que rodea el patio, desde un oscuro conjunto de arbustos, bajo unos cerezos que ya estaban negros, me llegó el canto de un insecto. Aminoré la marcha y presté atención a ese sonido, sin ganas de desprenderme de él, tanto que giré sobre mi derecha para no abandonar del todo el patio. Al volverme hacia la izquierda, vi que la verja se abría hacia un terraplén con naranjos y, al aproximarme a ese rincón, se me escapó una exclamación de sorpresa. Mis ojos, brillantes de curiosidad, descubrieron lo que se les revelaba y me apresuré con pasos ágiles.

En el fondo del terraplén se mecía un racimo de hermosas linternas multicolores, como las que se ven en los festivales de remotas aldeas campesinas. Sin necesidad de más datos, me di cuenta de que se trataba de un grupo de niños participando de una cacería de insectos en medio de los arbustos. Eran como veinte linternas. No solo las había carmesíes, rosas, violetas, verdes, celestes y amarillas, sino que alguna hasta brillaba con cinco colores al mismo tiempo. También había algunas rojas, de forma cuadrada, compradas en algún negocio. Pero la mayoría eran unas cuadradas y muy bellas que los propios niños habían fabricado con mucho amor y dedicación. Las linternas que se balanceaban, el grupo de niños en esa solitaria colina, ¿no componían acaso una escena digna de un cuento de hadas?

Cierta noche, uno de los niños de la vecindad había oído el canto de un insecto en esa colina. Se compró una linterna roja y volvió a la noche siguiente para buscarlo. A la siguiente, se le unió otro. Este nuevo compañero no podía comprarse una linterna, así que hizo cortes en el frente y la parte posterior de un cartón y, empapelándolo, colocó una vela en la base y le ató una cuerda en la parte superior. El grupo creció a cinco, y enseguida a siete. Aprendieron a colorear el papel que tensaban sobre el cartón ya cortado, y a dibujar sobre él. Luego estos sabios niños artistas, cortando de hojas de papel formas como redondeles, triángulos y rombos, y coloreando cada ventanita de un modo distinto, con círculos y diamantes rojos y verdes, lograron un diseño decorativo propio y completo. El niño de la linterna roja pronto la descartó por ser un objeto sin gusto que se podía comprar en cualquier negocio. El que se había fabricado la suya la desechó porque juzgó su diseño demasiado simple. Lo ideado la noche anterior resultaba insatisfactorio a la mañana siguiente. Cada día, con tarjetas, papel, pinceles, tijeras, navajas y cola, los niños hacían nuevas linternas que surgían de su mente y su corazón. ¡Mira la mía! ¡Que sea la más bella! Y cada noche salían a su cacería de insectos. Eran los niños y sus lindas linternas lo que estaba viendo ante mí.

Extasiado, me quedé dejando correr el tiempo. Las linternas cuadradas no solo tenían diseños pasados de moda y formas de flores, sino que los nombres de los niños que las habían construido estaban calados en caracteres rectos de silabario. A diferencia de los pintados sobre las linternas rojas, otras (hechas con cartulina gruesa recortada) llevaban sus dibujos sobre el papel que cubría las ventanitas, de modo que la luz de la vela parecía emanar de la forma y el color del dibujo. Las linternas resaltaban las sombras de los arbustos. Y los niños se acuclillaban ansiosos en esa colina dondequiera que oyeran el canto de un insecto.

—¿Alguien quiere una langosta?

Un chico, que había estado escudriñando un arbusto a unos tres metros de los otros, se irguió de improviso para gritar esa frase.

—Sí, dámela.

Seis o siete niños se le acercaron corriendo. Se amontonaron detrás del que la había hallado, intentando espiar dentro de la mata de plantas. Restregándose las manos y estirando los brazos, el muchacho se quedó de pie, como custodiando el arbusto donde estaba el insecto. Balanceando la linterna con la mano derecha, volvió a convocar a los otros niños.

—¿Nadie quiere una langosta? ¡Una langosta!

—Yo la quiero.

Cuatro o cinco chicos más llegaron corriendo. Parecía que nadie podría haber cazado un insecto más precioso que una langosta. El muchacho gritó por tercera vez.

—¿Nadie más quiere una langosta?

Otros dos o tres se aproximaron.

—Sí, yo la quiero.

Era una niña, que se ubicó justo a espaldas del chico que había encontrado el insecto. Dándose vuelta graciosamente, éste se inclinó hacia ella. Pasó la linterna a su mano izquierda y metió la derecha en el arbusto.

—Es una langosta.

—Sí, la quiero tener.

El chico se puso de pie de un salto. Como si dijera «aquí lo tienes», extendió el puño que aferraba el insecto hacia la niña. Ella, deslizando su muñeca izquierda bajo la cuerda de la linterna, envolvió con sus dos manos el puño del muchacho. Él abrió con presteza su puño. Y el insecto quedó atrapado entre el pulgar y el índice de la niña.

—Oh, no es una langosta sino un grillo.

Los ojos de la niña brillaron al mirar el pequeño insecto castaño.

—Un grillo, un grillo.

Los niños repitieron como un coro codicioso.

—Un grillo, un grillo.

Clavando su inteligente y brillante mirada en el chico, la jovencita abrió la jaulita que llevaba a un lado y depositó en ella al grillo.

—Es un grillo.

—Oh, sí, es un grillo —murmuró el chico que lo había capturado. Sostuvo la jaulita a la altura de sus ojos y observó el interior. A la luz de su bella linterna multicolor, también sostenida a la misma altura, observó el rostro de la niña.

Oh, pensé, y tuve envidia del chico, y me sentí cohibido. ¡Qué tonto había sido yo al no comprender su acción! Y contuve la respiración. Había algo sobre el pecho de la niña, algo de lo que ni el niño que le había dado el grillo, ni ella que lo había aceptado, ni los niños que observaban se habían percatado.

¿Acaso en la débil luz verdosa que caía sobre el pecho de la niña, no se leía claramente el nombre «Fujio»? La linterna del chico, que colgaba al lado de la jaulita de la niña, inscribía su nombre, grabado con navaja en la verde apertura empapelada, sobre el blanco kimono de algodón de ella. La linterna de la niña, que pendía blandamente de su muñeca, no proyectaba su inscripción con tanta claridad, pero era posible distinguir, en una temblorosa mancha roja sobre la cintura del muchacho, el nombre «Kiyoko». De este azaroso juego entre el rojo y el verde —fuera azar o juego— ni Fujio ni Kiyoko estaban enterados.

Incluso si por siempre recordaran que Fujio le había dado el grillo y que Kiyoko lo había aceptado, ni siquiera en sueños llegarían a saber que sus nombres habían quedado inscritos: en verde sobre el pecho de Kiyoko, en rojo en la cintura de Fujio.

¡Fujio! Cuando ya te hayas convertido en un hombre, ríe con placer ante el deleite de una muchacha, a quien le han dicho que se trata de una langosta, y recibe un grillo; y ríe también con cariño de su desilusión al recibir una langosta cuando le habían prometido un grillo.

Aun si tienes la astucia de buscar solo en un arbusto, alejado de los otros niños, debes saber que no abundan los grillos en este mundo. Probablemente encuentres una muchacha parecida a una langosta a quien veas como un grillo.

Aunque al final, a tu enturbiado y ofendido corazón hasta un verdadero grillo le parecerá una langosta. Y si llegara ese día, cuando te parezca que en el mundo solo abundan las langostas, me apenará que no puedas recordar el juego de luces de esta noche, cuando tu nombre por efecto de tu bella linterna se ha inscrito en verde sobre el pecho de una jovencita.

*FIN*

“Batta to suzumushi”, 1924

Radio GEA Informa.

El Pensamiento Creativo

(En la educación)

La creatividad en el ámbito educativo ha sido reconocida desde hace décadas como un elemento fundamental para el desarrollo integral de los alumnos. Desde tiempos inmemoriales, se ha entendido que la capacidad de crear, imaginar y pensar de manera innovadora es crucial para el éxito en la vida, no solo en el ámbito académico, sino también en el ámbito profesional y personal. En este sentido, la creatividad no solo se relaciona con el arte o la expresión visual, sino que abarca un amplio espectro de habilidades y competencias que son esenciales para afrontar los desafíos del siglo XXI, incluyendo el ámbito científico.

En este post vamos a explicarte qué se entiende por creatividad en el ámbito educativo, por qué es importante para la educación integral de nuestros alumnos, así como algunos principios, recomendaciones metodológicas y actividades para fomentar la creatividad en el aula. 

Y al mismo tiempo te vamos a ir mostrando algunos ejemplos de la forma que trabajamos la asignatura de Lengua y Comunicación en Prepa GEA.

¡Comenzamos!

Por otra parte ( y en este caso la que más me interesa a mí en lo personal), la creatividad también promueve el aprendizaje significativo, al permitir que los alumnos se involucren activamente en su propio proceso de aprendizaje, conectando nuevas ideas con sus conocimientos previos y construyendo su comprensión de manera personal y única.

Para fomentar la creatividad en el aula, es importante adoptar una serie de principios y recomendaciones metodológicas:

  • En primer lugar, es fundamental crear un ambiente de aprendizaje que fomente la experimentación y el pensamiento divergente. Esto implica dar a los alumnos la libertad para explorar ideas, cometer errores y aprender de ellos.
  • Junto con el anterior punto, es fundamental fomentar un clima de confianza y apertura en el aula para vencer reticencias o miedo al ridículo o miedo al error.
  • Además, es importante diseñar actividades y tareas que desafíen a los alumnos a pensar de manera creativa y a aplicar sus conocimientos de formas nuevas y originales. Esto supone incluir en nuestra programación proyectos de investigación, resolución de problemas auténticos, actividades de colaboración y juegos de roles, entre otros. También es importante proporcionar retroalimentación constructiva y alentar a los alumnos a reflexionar sobre su proceso de pensamiento y aprendizaje.
  • Por último, es crucial reconocer y valorar la creatividad en todas sus formas. Esto implica celebrar el pensamiento original y las ideas innovadoras, así como proporcionar oportunidades para que los alumnos compartan y exhiban su trabajo creativo con la comunidad escolar y más, muchísimo más allá.

Existen numerosas actividades que los docentes podemos implementar en nuestras aulas para fomentar la creatividad. Algunas ideas incluyen:

  • Proyectos de arte y diseño: permitir a los alumnos explorar diferentes medios artísticos y expresar sus ideas y emociones a través del arte y el diseño de diferentes productos.
  • Juegos de improvisación: fomentar la creatividad y la espontaneidad a través de juegos de improvisación y dramatización que requieran que los alumnos piensen rápidamente y actúen de manera creativa.
  • Resolución de problemas creativos: plantear problemas complejos y desafiantes de la vida real que requieran soluciones innovadoras y fuera de lo común.
  • Proyectos de investigación independiente: permitir a los alumnos investigar temas de su interés y presentar sus hallazgos de manera creativa, ya sea a través de informes escritos, presentaciones orales, o proyectos multimedia.
  • Actividades de escritura creativa: estimular la imaginación de los alumnos a través de actividades de escritura creativa es uno de los mejores recursos del fomento de la creatividad, como la creación de historias cortas, poemas, o diarios personales.
  • Creación de historias colaborativas: divide a los alumnos en pequeños grupos y pídeles que creen una historia colaborativamente. Cada alumno agrega una parte de la historia, ya sea un párrafo, una escena o un personaje, y luego pasa la historia al siguiente miembro del grupo. Al final, cada grupo tendrá una historia única y creativa que pueden compartir con el resto de la clase.
  • Diseño de un producto innovador: presenta a los alumnos un problema o necesidad específica, como la escasez de agua o el abandono animal, y pídeles que diseñen un producto o solución innovadora para abordarlo. Pueden crear bocetos, maquetas o incluso prototipos funcionales utilizando materiales disponibles en el aula.
  • Proyecto de arte multimedia: invita a los alumnos a crear una obra de arte multimedia que combine diferentes formas de expresión, como pintura, música, video y escritura. Pueden trabajar individualmente o en grupos y presentar sus proyectos al resto de la clase utilizando tecnología como presentaciones en PowerPoint, videos o blogs.
  • Construcción de estructuras con materiales reciclados: proporciona a los alumnos una variedad de materiales reciclados, como cartón, papel, botellas de plástico y tapones, y desafíales a construir una estructura creativa utilizando únicamente esos materiales. Pueden trabajar de manera individual o en grupos y luego presentar sus creaciones al resto de la clase.
  • Creación de un mural colaborativo: asigna a cada grupo de alumnos un tema o concepto relacionado con el contenido curricular y pídeles que creen un mural colaborativo que represente visualmente ese tema. Pueden utilizar una variedad de materiales y técnicas artísticas para crear su mural, como pintura, collage, dibujo y fotografía.

La adolescencia es una etapa crucial en el desarrollo humano, donde los jóvenes experimentan cambios físicos, emocionales y cognitivos significativos. En este período de transición, es fundamental fomentar la creatividad y la innovación en la educación, ya que estas habilidades promueven el pensamiento crítico, la resolución de problemas y la capacidad de adaptación a un mundo en constante cambio.

En este último momento del texto, exploraremos la relación entre la creatividad y la educación en la adolescencia, básicamente jovenes de bachillerato y cómo podemos cultivar un ambiente propicio para el desarrollo de habilidades creativas en ellos.

*Fomento del pensamiento crítico: La creatividad desafía a los jóvenes a pensar más allá de lo convencional y a cuestionar el statu quo. Les permite desarrollar habilidades de pensamiento crítico, como el análisis, la síntesis y la evaluación de ideas, lo que les ayuda a enfrentar problemas de manera innovadora y encontrar soluciones efectivas.

*Desarrollo de habilidades socioemocionales: La creatividad fomenta la autoexpresión, la autoconfianza y la capacidad de comunicarse de manera efectiva. Los jóvenes aprenden a tomar riesgos, afrontar desafíos y a trabajar en equipo, fortaleciendo así sus habilidades sociales y emocionales.

*Preparación para la futura empleabilidad: En un mundo cada vez más automatizado y tecnológico, las habilidades creativas son altamente valoradas. La capacidad de generar ideas originales, adaptarse a nuevos escenarios y encontrar soluciones innovadoras es fundamental para sobresalir en el ámbito laboral.

*Promover un ambiente de apertura y aceptación: Es importante crear un entorno educativo donde los jóvenes se sientan seguros para expresar sus ideas sin miedo al juicio o la crítica. El estímulo y la valoración positiva de sus esfuerzos creativos son fundamentales para fomentar su confianza y motivación.

*Integrar el pensamiento creativo en el currículo: Los educadores pueden incorporar actividades y proyectos que estimulen la creatividad en diferentes asignaturas. Esto implica promover la exploración, el pensamiento divergente y la resolución de problemas en el aula, proporcionando oportunidades para el desarrollo de ideas originales.

*Estimular la colaboración y el intercambio de ideas: Fomentar el trabajo en equipo, el intercambio de perspectivas y la colaboración entre los estudiantes promueve la generación de ideas creativas. La diversidad de pensamiento y la construcción conjunta de soluciones fomentan la innovación y el aprendizaje colectivo.

Uso de la tecnología como herramienta creativa: La tecnología ofrece una amplia gama de recursos y herramientas que pueden potenciar la creatividad en la educación adolescente. Desde la creación de contenido digital hasta la programación y el diseño, la tecnología brinda oportunidades para explorar y desarrollar habilidades creativas en diferentes áreas.

Incorporación de las artes en el currículo: Las artes desempeñan un papel fundamental en el desarrollo de la creatividad y la expresión personal. La inclusión de disciplinas como el arte, la música, la danza y el teatro en el currículo escolar proporciona a los jóvenes espacios para explorar su creatividad y desarrollar habilidades artísticas.

La creatividad desempeña un papel fundamental en el desarrollo de los jóvenes durante la adolescencia. Insisto… Al fomentar la creatividad en la educación, se promueven habilidades esenciales para la vida, como el pensamiento crítico, la resolución de problemas y la capacidad de adaptación. Al proporcionar un ambiente educativo que valore la expresión creativa, se cultivan habilidades socioemocionales y se prepara a los jóvenes para enfrentar los desafíos de un mundo en constante cambio. Integrando estrategias pedagógicas que estimulen la creatividad y utilizando la tecnología y las artes como herramientas educativas, podemos potenciar el pensamiento innovador y abrir nuevas oportunidades para el éxito personal y profesional de los adolescentes.

Radio GEA Informa.

(Toca la Portada del libro)

El Cómic y la educación.

Rebuscando e investigando un poco para escribir este artículo, la primera duda que se me planteó fue la distinción entre cómic y novela gráfica, puesto que se encuentra información referida a ambos conceptos y, en muchos casos, entremezclada.

A grandes rasgos, aunque he encontrado voces diferentes, podríamos decir que un cómic es más breve y menos complejo en su trama. Además, la novela gráfica suele relacionarse con temas autobiográficos, históricos o de actualidad y suele desarrollarse en un solo tomo, de principio a fin, mientras que los cómics, a menudo, pueden ofrecerse en fascículos. Pero, sin duda, podemos encontrar ejemplos de cómics y de novelas gráficas que se mueven a caballo entre los dos términos.

Sin duda, como pudimos ver en algunas de las recomendaciones planteadas anteriormente, se cree que el cómic puede ser un modo de despertar el interés por la lectura en los jóvenes.

Por supuesto, los beneficios van «in crescendo» cuando los cómics están específicamente preparados para el contexto educativo, por ejemplo por profesores, y mucho más cuando son los propios alumnos los que los elaboran, trabajando el conocido como Visual Thinking de nuestros estudiantes.

Además de fomentar un aprendizaje holístico y nutrir las incipientes competencias que cada joven tiene, el cómic resulta motivador y divertido para los alumnos, que ven reforzado el contenido mediante una explicación ilustrada de materias que, en ocasiones, implican un arduo proceso de comprensión.

Esta distinción puede servirnos, sobre todo, a la hora de recomendar el uso de determinados títulos en el aula, si deseamos apoyarnos de los cómics o de alguna novela gráfica estos serían dos ejemplos perfectos:

Maus: relato de un superviviente», de Art Spiegelman, para la clase de Historia de Educación Secundaria debería de ser obligatoria.

– «Astérix» es un ejemplo muy importante para hablar del Imperio Romano.

Cómics de Ciencia». Editorial Oceano cuenta con toda una serie de novelas gráficas que nos explican temas muy importantes y a veces muy difíciles de entender a través de divertidas viñetas expositivas.

Filosofía en viñetas». Es un impresionante cómic que se aventura a intentar explicarnos toda la historia de la filosofía y sus corrientes de pensamiento. Una introducción ilustrada e ilustrativa al pensamiento y a la historia de la filosofía. Michael F. Patton y Kevin Cannon nos llevan en este ensayo gráfico a recorrer más de dos mil quinientos años de pensamiento y reflexión.

Antes de dar la palabra a los propios alumnos, tenemos un paso intermedio entre leer cómics y crear cómics, que tiene lugar cuando los profesores toman el mando y preparan sus propios cómics personalizados para sus estudiantes, por ejemplo:

  • Luis Castillejos nace en Veracruz, México, en 1993. Desde muy pequeño le ha apasionado contar historias llenas de fantasía y misticismo. Y es un autor que nos ofrece obras educativas geniales.

Un cuerpo de miel, editado en España por Sallybooks, nos llega esta entrañable historia cuya protagonista es una abeja zombi y una tierna rana, en verdad un excelente trabajo para todas las edades.

“La caída de Tenochtitlán”, cuarta entrega por José Luis Pescador quien aparte de ser un virtuoso, mantiene el ritmo de entregas, con este episodio donde su despliegue visual alcanza niveles que no dejan de sorprender al lector y nos transmite de manera apasionada una historia muy bien contextualizada y que es de una trascendencia inapelable.

Debemos conseguir su colección, se leen muy bien por separado, pero nada como leerlos juntos.

“Patricio” de Montserrat Chimal y Azul Aitana. Quien este año fue el debut de estas jóvenes autoras que en este primer trabajo muestran un muy buen nivel de narrativa, estudio y desarrollo de personaje.

Patricio es un adulto joven que se encuentra en el trance de perder a su primer gran amor, nada por lo que nadie no haya pasado, pero de la misma manera, es algo en lo que todos nos podemos identificar, es un personaje imperfecto y con fisuras, pero a través del cual podemos echar una mirada a nuestras propias relaciones. Una espléndida sorpresa.

“Lupe Lobo” de Rafael Radillo. En la reciente FIL Guadalajara, pudimos ver y adquirir la obra ganadora de este año.

Rafa Radillo irrumpe en el panorama actual de la narrativa gráfica mexicana, primero con LA PLAYA obra con la que concursó el año pasado y quedó finalista del premio Pura Pinche Fortaleza, ambas obras poseen una calidad gráfica indiscutible, pero la ganadora de este año además tiene un despliegue estilístico muy notable y una forma de contar una historia que navega entre el realismo mágico y la leyenda.

Parece una historia muy sencilla, pero está llena de enjundia, que emociona a muchos niveles y que para el lector no pasará inadvertida seguramente.

Podríamos seguir dando ejemplos porque es evidente que sobran pero para pasar a otra cosa solamente quiero advertir a todos los profesores que estén interesados por crear un cómic o una novela gráfica, me gustaría decirles que los recursos generales para la creación de cómics, más enfocadas al mundo educativo, siempre existen alternativas virtuales como puede ser la web de Pixton, abierta para profesores y para alumnos.

Pero, sin duda alguna, el círculo se completará cuando sean los alumnos los que tomen el relevo, siendo ellos los que creen sus propios cómics, bien sea digitalmente, con alguna de las herramientas comentadas, o analógicamente.

En este enlace podremos ver imágenes de algunos cómics creados por un grupo de alumnos de preparatoria GEA. Donde evidentemente la actividad aumentó la cohesión del grupo y fomentó la creatividad de los estudiantes. Además, los alumnos fueron los encargados de organizar y medir los espacios, esto es, las viñetas, además de redactar la historia y crear y dibujar a los personajes. Y no es la primera vez que trabajamos con el cómic, también lo hemos hecho en otras ocasiones con proyectos digitales.

Como siempre digo en relación a todos los temas que tratamos, la incorporación debe ser gradual, antes de introducir el cómic, se pueden introducir pequeñas tiras cómicas o viñetas. Añadido a ello, entre muchas otras posibilidades:

-El profesor puede crear alguna viñeta para la reflexión, también podrían hacerlo sus alumnos.

(Toca la portada del cómic)

-Se pueden llevar cómics para tratar determinados temas, como ya se ha comentado.

-Se puede usar el cómic para aprender lenguas extranjeras, gracias al apoyo visual proporcionado por las ilustraciones.

-Podemos ofrecer a los alumnos el comienzo de un cómic y pedirles que se inventen el final, bien sea en formato cómic, en forma de relato, escrito u oral, o mediante una representación teatral.

-Podemos tener el cómic sin los diálogos, que los alumnos deberán completar (esto se podría hacer en grupos y comparar los diferentes diálogos obtenidos).

-También podríamos tener unos diálogos o una historia y tener que convertirla en cómic.

(Toca la portada del cómic)

-Por supuesto, los alumnos pueden crear su propio cómic digital o analógico, empezando, quizás, por alguna viñeta suelta o por imaginar, entre todos, a los protagonistas.

-Para alumnos con otro tipo de talentos, algunos estudiantes podrían trabajar en una especie de fotonovela.

-Todo ello podría formar parte de un proyecto en el que el producto final fuese un cómic.

-En ese mismo sentido, también podría derivar en un proyecto de Aprendizaje Servicio, si los alumnos crean un cómic informativo sobre algún tema relacionado con medio ambiente, contaminación, educación vial, etc. Un cómic que podría servir como recurso para formar e informar en otros colegios o instituciones de la comunidad.

(Toca la portada del cómic)

Con todo esto, creo que ya va siendo hora de plantearnos , bien sea para aprender una lengua, matemáticas, valores, historia o un poco de todo, por qué no.

Pero lo más importante y no lo debemos de olvidar, el profesor es el principal ejemplo, es el guía, es el líder y por lo tanto es el mismo quien debe marcar el ritmo de trabajo, ¿A qué me refiero? Pues obviamente, nosotros seremos los primeros en generar nuestras clases en forma de cómic o novela gráfica. Nunca le pidan a los alumnos que realicen algo que ustedes no estén dispuestos a hacer primero.

Pues comenzamos…

(Presentaciones en formato de Cómic)

Este proyecto, que inició en la segunda parte de la asignatura de “Lengua y Comunicación”, para el tema de “La Reseña”, consistió en que los estudiantes implementen la metodología de enseñanza que combina el arte y la literatura con la utilización de una herramienta como el cómic o la novela gráfica para adaptaciones de obras literarias, ensayos y artículos, con el fin de mejorar las habilidades de comprensión lectora de estudiantes de bachillerato.

(Toca la portada del cómic.)

Por ello, la utilización de la herramienta del cómic como recurso didáctico contempla la lectura reflexiva, inicialmente, y contribuye al desarrollo de los tres niveles de comprensión lectora: literal, inferencial y crítico. El buen lector comprende en los tres niveles, lo que permite una aceptable valoración e interpretación de lo que lee, es decir, una mayor inferencia, por ejemplo, la relación del título con la portada y el contenido, la interpretación y análisis de los argumentos y finalmente la aplicación en la vida.

El proyecto “La Reseña en formato de Cómic”, es un reto, tanto por el trabajo de equipo, como por la organización con los 100 estudiantes, lo que permitió trabajar con cada uno de ellos, luego instaurar el procedimiento del trabajo y finalmente, aplicar la metodología seleccionada para la enseñanza del tema, convergerla con la lectura y con la utilización del cómic.

(Toca la portada del cómic)

Entre los resultados se distingue que el trabajo en equipo es vital para la implementación de proyectos a gran escala. Pero el cómic como recurso pedagógico para la enseñanza de la lectura contribuye a descubrir habilidades artísticas relacionadas con el dibujo y la escritura de cada estudiante; de igual forma, mejora aspectos como la comprensión, interpretación y valoración; y desarrolla la creatividad y el pensamiento crítico y las habilidades comunicativas.

Para terminar, este formato sirve para diferentes asignaturas, destacan los que relatan experiencias de vida (Ética y Filosofía), adaptaciones de leyendas urbanas y de ficción (Historia), explicaciones metódicas (Ciencias). Cabe destacar, que este último género ha gozado de gran popularidad, disparando su consumo. Como recomendación se anima a los alumnos  a que incorporen en sus rutinas la lectura por un tiempo de 15 minutos al día, pues de esta forma se va incluyendo a la lectura como un hábito individual y familiar.

Una vez más… Radio GEA Informa.

El Retrato Oval

El castillo al cual mi criado se había atrevido a entrar por la fuerza antes de permitir que, gravemente herido como estaba, pasara yo la noche al aire libre, era una de esas construcciones en las que se mezclan la lobreguez y la grandeza, y que durante largo tiempo se han alzado cejijuntas en los Apeninos, tan ciertas en la realidad como en la imaginación de Mrs. Radcliffe. Según toda apariencia, el castillo había sido recién abandonado, aunque temporalmente. Nos instalamos en uno de los aposentos más pequeños y menos suntuosos. Hallábase en una apartada torre del edificio; sus decoraciones eran ricas, pero ajadas y viejas. Colgaban tapices de las paredes, que engalanaban cantidad y variedad de trofeos heráldicos, así como un número insólitamente grande de vivaces pinturas modernas en marcos con arabescos de oro. Aquellas pinturas, no solamente emplazadas a lo largo de las paredes sino en diversos nichos que la extraña arquitectura del castillo exigía, despertaron profundamente mi interés, quizá a causa de mi incipiente delirio; ordené, por tanto, a Pedro que cerrara las pesadas persianas del aposento —pues era ya de noche—, que encendiera las bujías de un alto candelabro situado a la cabecera de mi lecho y descorriera de par en par las orladas cortinas de terciopelo negro que envolvían la cama. Al hacerlo así deseaba entregarme, si no al sueño, por lo menos a la alternada contemplación de las pinturas y al examen de un pequeño volumen que habíamos encontrado sobre la almohada y que contenía la descripción y la crítica de aquéllas.

Mucho, mucho leí… e intensa, intensamente miré. Rápidas y brillantes volaron las horas, hasta llegar la profunda medianoche. La posición del candelabro me molestaba, pero, para no incomodar a mi amodorrado sirviente, alargué con dificultad la mano y lo coloqué de manera que su luz cayera directamente sobre el libro.

El cambio, empero, produjo un efecto por completo inesperado. Los rayos de las numerosas bujías (pues eran muchas) cayeron en un nicho del aposento que una de las columnas del lecho había mantenido hasta ese momento en la más profunda sombra. Pude ver así, vívidamente, una pintura que me había pasado inadvertida. Era el retrato de una joven que empezaba ya a ser mujer. Miré presurosamente su retrato, y cerré los ojos. Al principio no alcancé a comprender por qué lo había hecho. Pero mientras mis párpados continuaban cerrados, cruzó por mi mente la razón de mi conducta. Era un movimiento impulsivo a fin de ganar tiempo para pensar, para asegurarme de que mi visión no me había engañado, para calmar y someter mi fantasía antes de otra contemplación más serena y más segura. Instantes después volví a mirar fijamente la pintura.

Ya no podía ni quería dudar de que estaba viendo bien, puesto que el primer destello de las bujías sobre aquella tela había disipado la soñolienta modorra que pesaba sobre mis sentidos, devolviéndome al punto a la vigilia.

Como ya he dicho, el retrato representaba a una mujer joven. Sólo abarcaba la cabeza y los hombros, pintados de la manera que técnicamente se denomina vignette, y que se parece mucho al estilo de las cabezas favoritas de Sully. Los brazos, el seno y hasta los extremos del radiante cabello se mezclaban imperceptiblemente en la vaga pero profunda sombra que formaba el fondo del retrato. El marco era oval, ricamente dorado y afiligranado en estilo morisco. Como objeto de arte, nada podía ser más admirable que aquella pintura. Pero lo que me había emocionado de manera tan súbita y vehemente no era la ejecución de la obra, ni la inmortal belleza del retrato. Menos aún cabía pensar que mi fantasía, arrancada de su semisueño, hubiera confundido aquella cabeza con la de una persona viviente. Inmediatamente vi que las peculiaridades del diseño, de la vignette y del marco tenían que haber repelido semejante idea, impidiendo incluso que persistiera un solo instante. Pensando intensamente en todo eso, me quede tal vez una hora, a medias sentado, a medias reclinado, con los ojos fijos en el retrato. Por fin, satisfecho del verdadero secreto de su efecto, me dejé caer hacia atrás en el lecho. Había descubierto que el hechizo del cuadro residía en una absoluta posibilidad de vida en su expresión que, sobresaltándome al comienzo, terminó por confundirme, someterme y aterrarme. Con profundo y reverendo respeto, volví a colocar el candelabro en su posición anterior. Alejada así de mi vista la causa de mi honda agitación, busqué vivamente el volumen que se ocupaba de las pinturas y su historia. Abriéndolo en el número que designaba al retrato oval, leí en él las vagas y extrañas palabras que siguen:

«Era una virgen de singular hermosura, y tan encantadora como alegre. Aciaga la hora en que vio y amó y desposó al pintor. Él, apasionado, estudioso, austero, tenía ya una prometida en el Arte; ella, una virgen de sin igual hermosura y tan encantadora como alegre, toda luz y sonrisas, y traviesa como un cervatillo; amándolo y mimándolo, y odiando tan sólo al Arte, que era su rival; temiendo tan sólo la paleta, los pinceles y los restantes enojosos instrumentos que la privaban de la contemplación de su amante. Así, para la dama, cosa terrible fue oír hablar al pintor de su deseo de retratarla. Pero era humilde y obediente, y durante muchas semanas posó dócilmente en el oscuro y elevado aposento de la torre, donde sólo desde lo alto caía la luz sobre la pálida tela. Mas él, el pintor, gloriábase de su trabajo, que avanzaba hora a hora y día a día. Y era un hombre apasionado, violento y taciturno, que se perdía en sus ensueños; tanto, que no quería ver cómo esa luz que entraba lívida, en la torre solitaria, marchitaba la salud y la vivacidad de su esposa, que se consumía a la vista de todos, salvo de la suya. Mas ella seguía sonriendo, sin exhalar queja alguna, pues veía que el pintor, cuya nombradía era alta, trabajaba con un placer fervoroso y ardiente, bregando noche y día para pintar a aquella que tanto le amaba y que, sin embargo, seguía cada vez más desanimada y débil. Y, en verdad, algunos que contemplaban el retrato hablaban en voz baja de su parecido como de una asombrosa maravilla, y una prueba tanto de la excelencia del artista como de su profundo amor por aquella a quien representaba de manera tan insuperable. Pero, a la larga, a medida que el trabajo se acercaba a su conclusión, nadie fue admitido ya en la torre, pues el pintor habíase exaltado en el ardor de su trabajo y apenas si apartaba los ojos de la tela, incluso para mirar el rostro de su esposa. Y no quería ver que los tintes que esparcía en la tela eran extraídos de las mejillas de aquella mujer sentada a su lado. Y cuando pasaron muchas semanas y poco quedaba por hacer, salvo una pincelada en la boca y un matiz en los ojos, el espíritu de la dama osciló, vacilante como la llama en el tubo de la lámpara. Y entonces la pincelada fue puesta y aplicado el matiz, y durante un momento el pintor quedó en trance frente a la obra cumplida. Pero, cuando estaba mirándola, púsose pálido y tembló mientras gritaba: “¡Ciertamente, ésta es la Vida misma!”, y volviose de improviso para mirar a su amada… ¡Estaba muerta!».

Radio GEA Informa…

El Principito.


El libro decía: “Las serpientes boas capturan a sus presas y las tragan enteras, sin masticarlas. Esto, no les permite moverse y duermen durante los seis largos meses en que transcurre la digestión.” Es entonces que pensé mucho sobre las aventuras de la selva y un buen día, tomé un lápiz de color y logré mi dibujo número 1. Era así: 

Decidí mostrar mi primera obra maestra a la gente grande, y pregunté si mi dibujo les asustaba. -”¿Por qué nos asustaría un sombrero?”, -me respondían. 

Pero mi dibujo, no representaba en verdad a un sombrero. Expresaba una serpiente boa que había tragado a un elefante. 

Decidí entonces dibujar el interior de la serpiente boa a fin de que los adultos comprendieran, ya que siempre necesitan explicaciones. Así quedó logrado mi dibujo número 2: 

Me aconsejaron las personas grandes, que abandonara estos dibujos de serpientes boas cerradas o abiertas y me dedicara un poco más a la geografía, la historia, el cálculo y la gramática. 

De este modo abandoné a la edad de seis años lo que pudo haber sido una brillante carrera de pintor. Me encontraba decepcionado a raíz del fracaso de mis dos primeros dibujos. Insisto en que las personas grandes no comprenden nada por sí mismas y es cansado para nosotros, los niños, darles siempre y siempre explicaciones. 

Consideré que debía elegir otra ocupación y aprendí a pilotear aviones, volando así por innúmeros lugares del mundo. Reconozco que la geografía me sirvió de mucho. Al instante podía distinguir China de Arizona; esto es muy útil si uno llega a perderse durante la noche. 

Debo decir, que así fue como a lo largo de mi vida, tomé contacto con muchísima gente seria. He vivido mucho con personas grandes, viéndolas muy de cerca. Aún así, no mejoré en demasía mi opinión acerca de los adultos. 

Cuando encontraba alguna persona grande que me parecía algo lúcida, realizaba la prueba de mi dibujo número 1 que siempre he conservado y conservo aún. Me interesaba saber si verdaderamente comprendería mi dibujo. Sin embargo, siempre me respondían: “Es un sombrero”. Desde ya que no les hablaba entonces de serpientes boas, ni de bosques vírgenes, ni de estrellas. Me ponía a su alcance, hablándoles de bridge, de golf, de política y de corbatas. Así es como se quedaban conformes por haber conocido a un hombre tan razonable. 

Pasaba solo mis días, sin encontrar a nadie con quien verdaderamente pudiera hablar, hasta que algo me sucedió hace ya unos seis años, en el desierto de Sahara. Mi motor sufrió una rotura. Como no contaba con mecánico ni pasajeros, no tuve otra opción que la de intentar solo una difícil reparación. Indudablemente era para mí, una cuestión de vida o muerte. El agua que tenía, sólo me alcanzaba para ocho días. 

Me recosté sobre la arena, pasando así mi primer noche nada menos que a mil millas de toda región habitada. Me encontraba por cierto, más alejado que un náufrago dentro de una balsa en medio del océano. Inexplicable fue mi sorpresa, cuando al despuntar el día una extraña vocecita me decía casi suplicante: 

-¡Por favor… dibújame un cordero! 

-¡Eh! -exclamé. 

-Dibújame un cordero… 

Como atravesado por un rayo, de un salto me puse en pie, refregué mis ojos y observé con severa atención. Me encontré frente a un increíble hombrecito que me examinaba gravemente. 

Es éste el retrato más acertado que tiempo más tarde logré hacer de él.

Seguramente el modelo, es mucho más encantador que mi copia. Como ya os dije, las personas grandes me han desalentado de mi carrera de pintor cuando tenía apenas seis años, habiendo sólo aprendido a dibujar las boas cerradas y las boas abiertas. 

Continuaba absorto mirando aquélla aparición ya que me encontraba, como les dijera, a mil millas de toda tierra habitada. El hombrecito sin embargo, no me parecía extraviado, ni cansado, ni muerto de sed ni de hambre y menos muerto de miedo. No tenía el aspecto de un niño extraviado. 

Al fin pude hablar y entonces dije: -Pero… ¿qué haces aquí? Suavemente pero muy serio repitió: -Por favor… dibújame un cordero… 

Cuando el misterio es demasiado grande, es imposible desobedecer. Por ridículo que me pareciera, a tantas millas de una región habitada y en peligro de muerte, tomé de mi bolsillo un papel y un lápiz. Comuniqué al hombrecito, no en el mejor tono, que no sabía dibujar. Me contestó: 

-No importa. Dibújame un cordero. 

Nunca en mi vida había dibujado un cordero, de manera que decidí rehacer uno de los únicos dibujos que me sentía capaz de realizar. El de la boa cerrada. 

Incalculable mi sorpresa, cuando oí al hombrecito responder: 

-¡No! ¡No! No quiero un elefante dentro de una boa. Las boas son sumamente peligrosas y un elefante muy embarazoso. En mi casa, todo es pequeño. Lo que necesito es un cordero. Por favor, dibújamelo. 

Entonces dibujé: 

El hombrecito miró con atención y luego dijo:
-No lo quiero. Este cordero está muy enfermo. Debes hacer otro.
Mientras dibujaba, mi amigo sonreía amablemente pero con cierta soberbia: 

-¿Ves?… No es un cordero, más bien es un carnero. Tiene cuernos… 

Hice nuevamente el dibujo, pero fue rechazado como los anteriores: 

-Este es muy viejito; quiero un cordero que viva muchos años.
Ya algo impaciente y apurado por desmontar mi motor, garabateé por último este dibujo: Le dije: 

-Esta es una caja. El cordero que quieres está adentro.
Sorprendido me quedé al comprobar que el rostro de mi joven juez se iluminaba:
-¡Es exactamente como lo quería! Me pregunto si necesitará mucha hierba este cordero. -¿Por qué?
-Porque en mi casa, todo es muy pequeño…
-Seguro que alcanzará. En verdad, te he regalado un cordero bien pequeño.
Mirando el dibujo, con la cabeza inclinada dijo:
-No tan pequeño… ¡Mira! Se ha dormido. Así fue como conocí al principito. 

No fue tarea fácil comprender de dónde venía. El principito me acosaba a preguntas y no parecía preocuparse demasiado por las mías. Muy lentamente y a través de algunas palabras emitidas al azar, es como pude poco a poco enterarme de todo. Al ver por primera vez mi avión (al que no dibujaré por ser algo complicado para mí), me preguntó: 

-¿Qué es esta cosa? 

-No se trata de una cosa. Vuela. Se llama avión. Es mi avión. 

Sentí orgullo al hacerle saber que volaba. Entonces exclamó: 

-Entonces ¿has caído del cielo? -Sí -dije humildemente.
-¡Ah! ¡Qué gracioso!… 

El principito soltó tal carcajada que me sentí muy irritado. No me gusta que se tomen a risa mis desgracias. 

Inmediatamente agregó: 

-Entonces, ¡tú también vienes del cielo! ¿De qué planeta eres? 

El misterio de su presencia quedó transformado en una luz y pregunté atropelladamente: 

-¿Tú vienes de otro planeta?

Pero no me respondió. Movía la cabeza muy suavemente de un lado al otro mientras miraba mi avión: 

-En esto…, no puedes haber venido de muy lejos. 

Pareció haberse hundido en un ensueño que duró un largo rato. Luego, sacó el cordero del bolsillo contemplándolo ensimismado. 

Imaginen ustedes, cómo pudo haberme intrigado esta media confidencia acerca de los “otros planetas”. Quise saber aún más: 

-¿De dónde vienes, exactamente? ¿Y dónde queda tu casa? ¿A dónde llevarás mi cordero? -pregunté al hombrecito. 

Luego de meditar silenciosamente, respondió:
-Me agrada la caja que me has regalado ya de en la noche le servirá de casa.
-Ya lo creo. Si eres amable también te daré una cuerda a fin de atarlo durante el día. Y una estaca. Esto, no pareció conformar al principito:
-¿Atarlo? ¡Vaya idea rara!
-Piensa que si no lo atas, tomará cualquier rumbo y se perderá.
Mi amigo fue objeto de una nueva carcajada:
-¿Dime dónde crees que iría?
-A cualquier lugar. Derecho, siempre adelante…
El principito entonces exclamó severamente:
-¡Eso no interesa! ¡Mi casa es tan pequeña!
Quizá con cierta tristeza agregó:
-Derecho, siempre adelante de uno, no se puede ir muy lejos… 

Supe algo más acerca de él. ¡El planeta de donde provenía era apenas más grande que una casa! 

Tenía conocimiento, que fuera de los grandes planetas conocidos como la Tierra, Júpiter, Marte, Venus, hay centenares de planetas, muchas veces tan pequeñitos, que apenas pueden ser vistos a través de un telescopio. 

Cuando un astrónomo descubre alguno, lo identifica con un número. Por ejemplo: “asteroide 3251”.

Suficientes razones tengo como para creer que el planeta de donde provenía mi amigo es el asteroide B 612. Sólo una vez ha sido visto con el telescopio, en el año 1909, por un astrónomo de origen turco. 

El científico realizó la demostración de su descubrimiento en un Congreso Internacional de Astronomía. Su explicación no fue creíble a causa de su vestido. Así son las personas grandes.

Sin embargo, más tarde, un dictador turco obligó al pueblo bajo ley de pena de muerte, vestirse al estilo europeo. Esto ofreció nueva oportunidad al astrónomo quien en 1920 mostró por segunda vez su descubrimiento, pero en esta oportunidad, con un traje sumamente elegante. Esta vez, todo el mundo compartió su opinión. 

Referí detalles del asteroide B 612 tan sólo por las personas grandes. Ellos aman los números. Cuando les comunicáis acerca de un nuevo amigo, jamás preguntan sobre lo esencial: “¿Cómo es el timbre de su voz? ¿Cuáles son los juegos que prefiere? ¿Colecciona mariposas?” En cambio preguntan: “¿Qué edad tiene? ¿Cuántos hermanos? ¿Cuánto pesa? ¿Cuánto gana su padre?”. Sólo así creen conocerle. 

Si contás a los adultos: “He visto una magnífica casa construida con ladrillos rojos, geranios en las ventanas y palomas en el techo…”, no podrán imaginarse la casa. En cambio si dices: “He visto una casa de cien mil francos”, exclaman: “¡Qué hermosa es!” 

Si dices: “La prueba que confirma que el principito existió es que era encantador, que reía y que quería un cordero. Querer un cordero es prueba de su existencia”, se encogerán de hombros y os tratarán como se trata a un niño. En cambio si les dices: “El planeta de donde provenía es el asteroide B 612”, quedarán convencidos y no formularán más preguntas sobre esta cuestión. Son así, no hay que reprocharles. Los niñitos deben ser muy indulgentes con las personas grandes. 

Los que comprendemos la vida, nos burlamos de los números. Más me hubiera gustado dar comienzo a esta historia como si se tratara de un cuento de hadas. En tal caso hubiera dicho: 

“Había una vez un principito que vivía en un planeta apenas más grande que él y que tenía la necesidad de un amigo…” Para aquéllos que comprenden la vida les habría parecido mucho más real. 

Detesto que se lea mi libro a la ligera. ¡Me entristece relatar estos recuerdos! Transcurrieron ya seis años que mi hombrecito se marchó con su cordero. Intento describirlo aquí sencillamente para no olvidarlo. Es triste olvidar a un amigo. No todos han tenido esta oportunidad. Podría transformarme en persona grande e interesarme sólo por las cifras. Es por ello que me he comprado una caja de lápices de colores. A mi edad, es penoso retomar el dibujo, cuando sólo se hicieron algunos esbozos de boas cerradas y abiertas a la edad de seis años. Intentaré hacer la reproducción de los dibujos, lo más parecidos posible. Dudo tener éxito pues un retrato va, y el otro no se parece más. Cometo errores en la talla. Es aquí el principito demasiado alto; allá algo pequeño. Se me desdibuja por instantes el color de su vestido. Voy ensayando de una forma u otra a fin de lograr el retrato más próximo a él. Habrán de perdonar mis imperfecciones. Mi amigo jamás daba explicaciones. Tal vez me creía parecido a él; aunque yo lamentablemente, no poseo la cualidad de ver corderos a través de una caja. Me pareceré quizá a las personas grandes. Indudablemente, debo haber envejecido.

Cada nuevo día, me aportaba algún otro dato acerca del planeta, la partida, el viaje. Durante el tercer día me enteré del drama de los baobabs. 

Fue gracias al cordero, pues el principito me preguntó inquieto, como invadido por una gran duda: -¿Es cierto que los corderos comen arbustos?
-Sí, claro. Comen arbustos.
-¡Ah! ¡Qué alegría me da saberlo! 

No me era posible comprender por qué era ello tan importante para el hombrecito. Pero el principito agregó: 

-De modo que comen también baobabs, ¿verdad? 

Recordé al principito que los baobabs no son simples arbustos, sino grandes árboles y que aún llevando consigo una tropilla de elefantes, no acabarían con un sólo baobab. 

La imagen de tropa de elefantes, hizo mucha gracia al principito: -Habría que ponerlos unos sobre otros… 

Luego observó sabiamente:
-Los baobabs, antes de crecer, comienzan siendo pequeños. 

-¡Claro que sí! Lo que no entiendo es ¿por qué sugieres que tus corderos coman a los pequeños baobabs? 

-¡Bueno! ¡Vamos! -contestó el principito como si allí estuviese la prueba. Tuve que realizar un gran esfuerzo inteligente para acercarme por mis propios medios al problema. 

Como en todo sitio, también en el planeta del principito, existían hierbas buenas y de las malas que resultaban naturalmente de semillas buenas y de malas semillas. Ocurre que las semillas son invisibles y duermen en el secreto de la tierra hasta el instante en que a una de ellas se le ocurre despertarse. Lentamente comienza a estirarse creciendo tímidamente hacia el sol. Si se trata de una planta mala, se la debe arrancar inmediatamente, en cuanto se la reconoce como tal. 

Precisamente en el planeta del principito, había semillas terribles. Eran las de los famosos baobabs. Podría decirse que el suelo estaba infestado. Si un baobab no es arrancado a tiempo, ya no es posible luego. Invade y perfora con sus raíces todo el planeta, pudiendo así producirse un estallido. 

“Es cuestión de disciplina”, decía el principito. “Cuando por la mañana uno termina de arreglarse, debe proceder cuidadosamente a la limpieza y orden del planeta. Hay que arrancar con regularidad a los baobabs apenas son distinguidos entre los rosales, a los que se parecen mucho cuando son muy jóvenes. El trabajo es fácil, pero muy aburrido”. 

Me aconsejó un día, que intentara lograr un espléndido dibujo, para que entrara bien en las cabezas de los niños de mi tierra. “Si algún día viajan-decía- podrá serle de mucha utilidad. En algunas cosas, no es un inconveniente importante dejar el trabajo para otro momento. Pero si se trata de los baobabs, siempre es una catástrofe. Conocí en una oportunidad un perezoso habitante de un planeta que descuidó tres arbustos…”

Dibujé aquél planeta según las indicaciones del principito. 

Me desagrada ser moralista; pero verdaderamente el peligro de los baobabs es poco conocido y los riesgos por quien pudiera llegar a extraviarse en algún asteroide son tan importantes, que, en una excepción que me permito, salgo de mi reserva y os digo: “¡Niños, cuidado con los baobabs!” 

Trabajé largo rato sobre el dibujo, a fin de prevenir a mis amigos de semejante peligro. Quizá os preguntéis: “¿Por qué no hay en este libro, otros dibujos tan grandiosos como el de los baobabs?” La respuesta es que intenté hacerlos pero sin éxito. En cambio con los baobabs, lo que me impulsó fue sencillamente la urgencia.

De a poco fui comprendiendo tu pequeña vida melancólica. Tu mayor distracción era la suavidad de las puestas de sol. De ello me enteré en la mañana del cuarto día cuando me dijiste: 

-Me gustan las puestas de sol. ¿Vamos a ver una?
-Bueno, pero debemos esperar…
-¿Esperar qué?
-Tenemos que esperar a que el sol se ponga.
Pareciste sorprendido. Luego riéndote de ti mismo me dijiste: -¡Creo siempre estar en casa! 

Se sabe que cuando es mediodía en los Estados Unidos, el sol se pone en Francia. Sólo bastaría llegar a Francia en un minuto para ver la puesta del sol. Pero desafortunadamente, esto no es posible; Francia está suficientemente lejos. Claro que, a diferencia de esto, en tu pequeño planeta bastaba sólo con mover tu silla algunos pasos, contemplando así el crepúsculo cuantas veces quisieras. 

-Un día, asistí a cuarenta y tres puestas de sol.
Poco después agregaste:
-¿Sabes?… Cuando se está verdaderamente triste, son agradables las puestas de sol… -¿Aquel día entonces, el de las cuarenta y tres veces, estabas verdaderamente triste? El principito no respondió.

Durante el quinto día y siempre gracias al cordero, me fue revelado otro secreto de la vida de mi amigo. Me preguntó bruscamente y con cierta ansiedad: 

-Si un cordero come arbustos, ¿es que come también flores? -¡Claro! Y es más, un cordero come todo lo que encuentra en su paso. -¿Come flores con espinas?
-Sí. También las que tienen espinas.
-Pero entonces, ¿de qué sirven las espinas a la flor? 

En verdad, ya no tenía respuesta para ello. Estaba además muy ocupado intentando destornillar un bulón de mi motor, que se hallaba muy ajustado. Me encontraba por cierto bastante preocupado por el estado de mi avión y el agua para beber que iba agotándose minuto a minuto; ello me hacía temer lo peor. 

-¿Para qué sirven entonces las espinas? 

El principito no olvidaba jamás las preguntas que formulaba. Yo, preocupado por mi bulón respondí cualquier cosa: 

-Las espinas no sirven para nada, son pura maldad de las flores. -¡Oh!
Luego de un silencio y con cierto dejo de rencor, agregó: 

-¡No lo creo! Las flores son ingenuas y débiles. No tienen maldad y se defienden como pueden. Se creen terribles con sus espinas. 

Nada respondí. Me decía para mí: “Si este bulón aún resiste, lo haré saltar de un martillazo”. Interrumpiendo nuevamente mis reflexiones, el principito dijo: 

-Y tú, ¿tú crees que las flores…?
-¡Pero no! ¡Yo no creo nada! Te respondí cualquier cosa. ¡Yo me ocupo de cosas serias! Asombradísimo me observaba el principito.
-¡Cosas serias, eh! ¡Hablas como las personas grandes!
Avergonzándome aún más agregó:
-¡Todo lo confundes! ¡Mezclas todo!
Nunca lo había visto tan irritado. Sus dorados cabellos se sacudían con el viento. 

-Sé de un planeta en donde habita un Señor carmesí. Nunca ha sentido el perfume de una flor, nunca ha mirado una estrella. Tampoco ha querido a nadie. Sólo una cosa ha hecho en su vida; sumas y restas. Repite todo el día, como tú, hasta el cansancio: “¡Soy un hombre serio! ¡Soy un hombre serio!” Hinchándose de orgullo. ¿Sabes lo que creo? ¡Que no es un hombre, es un hongo! 

-¿Un qué?
-¡Un hongo!
El principito empalidecía de cólera. 

-Millones de años hace que las flores fabrican espinas, y otro tanto que los corderos se comen de todas formas las flores. ¿Acaso no es serio intentar entender por qué las flores insisten en fabricar sus espinas que no sirven nunca para nada? ¿No crees que tenga importancia la guerra entre los corderos y las flores? ¿No tiene esto más importancia que las sumas y restas de un Señor gordo y rojo? ¿Y no es también importante que la flor que yo conozco sea única en el mundo, que sólo exista en mi planeta y que un corderito pueda hacerla desaparecer de golpe, en un instante una mañana y sin darse cuenta de lo que hace? ¿Esto, no es acaso importante? 

Ya enrojecido agregó: 

-Si se ama a una flor de la que no existe más que un ejemplar entre millones de estrellas, es motivo suficiente para que al mirar las estrellas sea feliz. Se dice para sí: “Mi flor está allí, en alguna parte…” Pero si el corderito comiera la flor, para él es como si de pronto y al mismo tiempo, todas las estrellas se apagaran. ¿Y esto, no es importante? 

Bruscamente rompió en sollozos y nada más pudo decir. Ya era noche. Abandoné mis herramientas, de las que ya no importaban ni el martillo, ni el bulón, ni la sed, ni la muerte. En la Tierra, en mi planeta, en una estrella, había un principito que necesitaba ayuda. Lo tomé entre mis brazos y lo acuné. Le dije: “La flor que tú amas no corre ningún peligro… ¿sabes por qué? Dibujaré ya mismo un bozal para tu corderito. También dibujaré una armadura para tu flor… Di…” Ya no sabía que decir. Mis palabras resonaban torpes, estaba perdido… no sabía cómo llegar a él… ¡Es soberanamente misterioso el mundo de las lágrimas…!

De a poco fui conociendo mejor a esa flor. El planeta del principito tenía flores simples, con una sola hilera de pétalos, no molestaban a nadie ya que apenas ocupaban lugar. Se las hallaba de pronto una mañana entre la hierba y luego por la noche, se extinguían. Pero… aquélla, de la que hablaba el principito, germinó un día de una semillita traída quién sabe de dónde y a quien el principito había vigilado muy de cerca. Podía tal vez ser un nuevo tipo de baobab. Pero al poco tiempo dejó de crecer y comenzó a transformarse en una bella flor. El principito que asistió a todos los cambios que iban produciéndose, al ver el capullo enorme, creyó que de ello iba a surgir alguna aparición milagrosa. Y, al abrigo de su cámara verde parecía no terminar nunca de preparar su embellecimiento. Elegía con sumo cuidado sus colores. Lentamente se vestía ajustando uno a uno sus pétalos. No quería nacer llena de arrugas como las amapolas. Quería aparecer con el pleno resplandor de su hermosura. Era por cierto muy coqueta. Por fin una mañana, decidió mostrarse junto con la salida del sol. 

En medio de un gran bostezo, la flor que había trabajado con tanta perfección, dijo; -¡Ah!, perdóname… Recién me despierto… Todavía estoy despeinada.
El principito en un estado de máxima admiración exclamó:

-¡Eres hermosa! 

-Es cierto. He nacido al tiempo que nació el sol. 

El principito notó que era muy poco modesta, pero… ¡era tan conmovedora! 

-Si no me equivoco, creo que es hora de desayunar -dijo la flor-. ¿Serías tan amable de acordarte de mí? 

Algo confuso, el principito tomó una regadera llena de agua fresca y sirvió a la flor. 

Se mostraba ciertamente vanidosa. Un día por ejemplo, dijo al principito refiriéndose a sus cuatro espinas: 

-¡Ya pueden venir los tigres con sus garras! 

-Despreocúpate, en mi planeta no hay tigres, pero además, los tigres no comen hierba -argumentó el principito. 

-Yo no soy una hierba -agregó con seductora suavidad la flor. -Oh… perdóname. 

-No temo a los tigres, pero… las corrientes de aire me horrorizan.  ¿Tendrías un biombo para protegerme?

”Horror a las corrientes de aire… No es una suerte para una planta -pensó para sí el principito-. Esta flor es bien complicada…” 

-Aquí hace mucho frío, de modo que durante la noche, me meterás bajo un globo. Veo que hay pocas comodidades. Allá, de donde vengo… 

Había llegado bajo la forma de semilla, de modo que no podía conocer absolutamente nada de otros mundos. Se sentía avergonzada por haberse dejado sorprender por una mentira tan inocente, tosió dos o tres veces como para poner en falta al principito. 

-Pero… ¿dónde está el biombo?
-Iba por él, pero… ¡como me estabas hablando! 

La flor nuevamente forzó la tos como para afligirle aún más. 

Es así como el principito comenzó a dudar de ella y se sentía muy desgraciado. 

“No debí escucharla -me confesó un día-; es mejor no escuchar a las flores. Tan sólo contemplarlas y aspirar su perfume. La mía endulzaba con su aroma todo mi planeta, y aún así, yo no podía gozar de ello. Quizá la historia de las garras, que tanto me fastidiaba, debe haberme conmovido… 

Me confió luego: 

“No supe entonces comprender. Cometí el error de haberla enjuiciado por sus palabras y no por sus actos. Iluminaba y perfumaba todo mi planeta. ¡Jamás debí haberla abandonado! Debí haber intuido su ternura detrás de sus ingenuas astucias. ¡Las flores son tan contradictorias! Y yo… demasiado joven para saber amarla. 

Radio GEA Informa

El mejor cuento de terror.

Al estudiante de filosofía lo contrataron para que velara y para que le leyera oraciones a una bella joven muerta, por tres noches seguidas…

PRIMERA NOCHE.

A pesar de que el filósofo se había cuidado de beber una buena jarra de vodka para darse ánimos, a medida que se acercaba a la iglesia iluminada le iba ganando una inquietud secreta. Los relatos y extrañas historias que acababa de oír habían contribuido a exacerbar aún más su imaginación. La oscuridad que rodeaba la empalizada y los árboles se iba haciendo menos espesa y la vegetación cada vez era más escasa. Finalmente atravesaron la vetusta cerca de la iglesia y entraron en un pequeño patio. Más allá no se veía ningún árbol y solo se divisaban campos pelados y praderas sumidas en la oscuridad de la noche. Los tres cosacos y Jomá subieron por la empinada escalera del atrio y penetraron en la iglesia. Tras desear al filósofo un feliz cumplimiento de su cometido, cerraron la puerta, siguiendo las órdenes del señor, y lo dejaron allí.

El filósofo se quedó solo. Bostezó, luego se estiró, se sopló las dos manos y por último examinó el lugar. En medio de la iglesia se alzaba el negro ataúd. Los cirios parpadeaban delante de las oscuras imágenes, pero su luz solo iluminaba el iconostasio y apenas llegaba al centro de la iglesia. Los lejanos rincones del pórtico estaban envueltos en sombras. El iconostasio, alto y antiguo, daba muestras de una notable vetustez; solo algunos destellos brillaban en los relieves de las tallas recubiertas de oro. En algunos puntos la doradura se había desprendido, en otros se había oscurecido del todo; los rostros de los santos, completamente ennegrecidos, tenían un aire sombrío. El filósofo volvió a mirar en derredor.

—¿Y qué? —dijo—. ¿Por qué tener miedo? Los vivos no pueden entrar aquí y conozco oraciones tan efectivas contra los muertos y los aparecidos que no se atreverán a tocarme ni un dedo. ¡No hay que preocuparse! —dijo, sacudiendo la mano con resolución—. Vamos a leer.

Al acercarse al coro descubrió varios paquetes de cirios.

“Muy bien —pensó el filósofo—. Hay que iluminar la iglesia de manera que todo se vea como si fuera de día. ¡Ah, qué pena que en la casa del Señor no se pueda fumar en pipa!”.

Se puso a colocar cirios delante de todas las cornisas, atriles e iconos, sin escatimar ninguno, de modo que la iglesia no tardó en llenarse de luz. Solo en las partes más altas pareció que la oscuridad se espesaba y las sombrías imágenes miraban con mayor severidad desde sus antiguos marcos tallados, que en algunos puntos conservaban su pátina dorada. Se acercó al ataúd, contempló con prevención el rostro de la difunta y un ligero estremecimiento le obligó a cerrar los ojos. ¡Qué belleza tan terrible y deslumbrante!

Volvió la cabeza y quiso alejarse, pero una extraña curiosidad, ese sentimiento singular y contradictorio que no abandona nunca al hombre, y menos aún en los momentos de terror, le obligó a contemplarla una segunda vez mientras se alejaba, y luego, tras sentir otro estremecimiento, una tercera. En realidad, la soberbia belleza de la difunta tenía algo de pavoroso. Quizá no le habría causado ese pánico si hubiera sido más fea. Pero en sus rasgos no se advertía nada turbio, opaco, muerto. Estaba viva, y el filósofo tenía la impresión de que le miraba a través de los ojos cerrados. Hasta se figuró que una lágrima brotaba bajo las pestañas del ojo derecho; pero cuando esa lágrima se detuvo en la mejilla, distinguió claramente que era una gota de sangre.

El filósofo se dirigió con premura al coro, abrió el libro y, para darse ánimos, se puso a leer en el tono más alto que pudo alcanzar. Su voz retumbaba en los muros de madera de la iglesia, callados y sordos desde hacía mucho tiempo. Su profunda voz de bajo resonaba solitaria, sin eco, en ese silencio de muerte, y el propio recitador la encontraba extraña. “¿Por qué tener miedo? —pensaba entre tanto para sus adentros—. No va a levantarse del ataúd, pues teme la palabra de Dios. ¡Que siga tumbada! ¿Qué cosaco sería yo si me asustara? A lo que parece, he bebido de más, por eso todo se me antoja terrible. Tomaré una pulgarada de rapé. ¡Ah, qué tabaco tan bueno! ¡Un tabaco excelente, extraordinario!”.

Sin embargo, cada vez que pasaba una página, dirigía una mirada de soslayo al ataúd y sin querer se decía: “¡Va a levantarse! ¡Va a incorporarse! ¡Va a asomarse desde el ataúd!”.

Pero el silencio era sepulcral. El ataúd no se movía. Los cirios derramaban torrentes de luz. ¡Qué terrible es una iglesia iluminada por la noche, con un cadáver en su interior y sin un alma alrededor!

Alzó la voz y se puso a cantar en distintos tonos, tratando de ahogar sus últimos temores. Pero a cada instante volvía los ojos hacia el ataúd, como acuciado por una cuestión involuntaria: “¿Y si se levantara, y si se incorporara?”.

Pero el ataúd seguía inmóvil. Si al menos hubiera percibido algún sonido que delatara la presencia de un ser vivo, aunque fuera un grillo en un rincón… Pero solo se oía el leve chisporroteo de algún cirio lejano o el débil sonido, apenas audible, de una gota de cera cayendo al suelo.

“¿Y si se levantara…?”.

En ese momento la difunta irguió la cabeza.

El filósofo se frotó los ojos con espanto. Pero era cierto: ya no estaba tumbada, sino sentada en el ataúd. Jomá apartó la mirada y al cabo de un instante se volvió aterrado hacia la difunta. Esta se había levantado… Andaba por la iglesia con los ojos cerrados y los brazos extendidos, como si quisiera atrapar a alguien.

Se dirigía directamente hacia él. Presa del miedo, el filósofo trazó un círculo a su alrededor. Haciendo un esfuerzo, se puso a rezar oraciones y a pronunciar exorcismos que le había enseñado un monje a quien durante toda su vida se le habían aparecido brujas y espíritus impuros.

La difunta llegó casi hasta la misma raya, pero era evidente que carecía de poder para traspasarla; todo su cuerpo adquirió una tonalidad morada, como la de un cadáver de días. Jomá no se atrevió a mirarla. La difunta, que tenía un aspecto terrible, castañeteó los dientes y abrió sus ojos muertos. Pero no vio nada y, con una expresión de furor en su rostro tembloroso, se dirigió en otra dirección, extendió los brazos y tanteó cada columna y cada rincón tratando de atrapar a Jomá. Por último se detuvo, lo amenazó con el dedo y se tendió en el ataúd.

El filósofo, incapaz de serenarse, miraba con pavor la angosta morada de la muerta. De pronto, el ataúd se levantó de su lugar y empezó a volar con un silbido por todo el templo, cruzando el aire en todas direcciones. El filósofo lo veía casi sobre su cabeza, pero al mismo tiempo se daba cuenta de que no podía traspasar el círculo que había trazado, de modo que redobló sus exorcismos. El ataúd se desplomó en el centro de la iglesia y se quedó inmóvil. El cadáver volvió a levantarse, azulado, verdoso. Pero en ese momento se oyó el lejano canto del gallo. El cadáver se dejó caer en el ataúd y la tapa se cerró con estrépito.

El corazón del filósofo latía con fuerza y el sudor le corría a chorros; pero, confortado por el canto del gallo, se puso a leer a toda prisa las páginas que debería haber leído antes. Con la primera luz del día el sacristán vino a reemplazarle, acompañado del canoso Yavtuj, en esta ocasión en calidad de mayordomo de la iglesia.

Una vez en la casa, el filósofo estuvo largo rato sin poder conciliar el sueño; no obstante, la fatiga acabó venciéndole y durmió hasta la hora de la comida. Cuando se despertó, tuvo la impresión de que todos los acontecimientos de la noche anterior le habían sucedido en sueños. Para que recuperara las fuerzas, le dieron un cuartillo de aguardiente. Durante la comida no tardó en animarse, participó en la conversación y se comió un cochinillo casi entero; pero, por alguna razón que a él mismo se le escapaba, no se decidió a hablar de lo que le había sucedido en la iglesia y a las preguntas de los curiosos respondía:

—Sí, pasaron cosas muy extrañas.

El filósofo pertenecía a esa clase de personas a las que la buena mesa llena de sentimientos filantrópicos. Tumbado con la pipa entre los dientes, miraba a los presentes con singular ternura y no paraba de escupir.

Después de comer se sintió en una excelente disposición de ánimo. Salió a recorrer la aldea, conoció a casi todos los vecinos; en dos jatas tuvieron que echarlo; una bonita muchacha le dio un golpe en la espalda con una pala cuando, llevado por la curiosidad, quiso comprobar la calidad de la tela de su falda y de su blusa. Pero a medida que se aproximaba la noche, se fue volviendo más pensativo. Una hora antes de la cena casi toda la servidumbre se reunió para jugar al kragli, especie de juego de bolos en el que en lugar de estos se emplean unos palos largos. Como el ganador tenía derecho a cabalgar sobre el perdedor, ese juego tenía mucho interés para los espectadores, pues no era raro que el mayoral, ancho como una torta, se subiera a lomos de un porquero esmirriado y canijo, con el rostro lleno de arrugas; en otras ocasiones era el mayoral el que presentaba la espalda a Dorosh, que al subirse siempre comentaba:

—¡Qué toro más fuerte!

Las personas más ponderadas se sentaban en el umbral de la cocina, contemplaban el espectáculo con aire grave, fumando su pipa, y ni siquiera se inmutaban cuando los jóvenes se reían a mandíbula batiente de alguna broma del mayoral o de Spirid. Jomá trataba en vano de participar en el juego: un pensamiento sombrío parecía hincado en su cabeza como un clavo. Durante la cena se esforzó por compartir la alegría general, pero a medida que la oscuridad se extendía por el cielo, su corazón se iba llenando de terror.

—¡Bueno, señor seminarista, ha llegado la hora! —dijo el cosaco del pelo blanco, levantándose de la mesa con Dorosh—. Vamos a trabajar.

Llevaron a Jomá a la iglesia de la misma manera que la víspera, lo metieron dentro y cerraron la puerta. Nada más quedarse solo, la inquietud volvió a adueñarse de su pecho. De nuevo vio las oscuras imágenes, los brillantes marcos y el negro ataúd, que seguía inmóvil en medio de la iglesia, envuelto en un silencio amenazador.

—Bueno —exclamó—. Ahora ya estoy al tanto de todos esos prodigios. Solo la primera vez se asusta uno. ¡Sí! Solo la primera vez, luego ya no resulta tan terrible, no da ningún miedo.

SEGUNDA NOCHE.

Se acercó rápidamente al coro, trazó un círculo a su alrededor, pronunció varios exorcismos y se puso a leer en voz alta, decidido a no levantar la vista del libro y a no prestar atención a nada. Llevaba ya casi una hora leyendo, cuando empezó a toser y a sentir cierta fatiga. Sacó su tabaquera del bolsillo y, antes de llevarse el rapé a la nariz, dirigió una tímida mirada al ataúd. El corazón le dio un vuelco.

El cadáver estaba junto a él, ante la misma raya, y le miraba con sus ojos muertos y verdosos. El seminarista se estremeció y la sangre se le heló en las venas. Bajó los ojos al libro y se puso a recitar en voz aún más alta sus oraciones y sus exorcismos, mientras oía cómo la muerta rechinaba los dientes y agitaba los brazos, tratando de cogerlo. Pero una mirada de reojo le bastó para comprender que no podía verlo, pues lo estaba buscando en otro lugar. La difunta empezó a gruñir con voz sorda y pronunció con sus labios muertos palabras horribles, cuyo sonido ronco recordaba el borboteo de la pez hirviente. El filósofo no sabía lo que querían decir, pero entendía que encerraban algún significado terrible. De pronto, lleno de miedo, comprendió que estaba pronunciando conjuros.

Al poco tiempo se levantó viento en la iglesia y se oyó un rumor semejante a un vuelo tumultuoso. El filósofo oyó cómo unas alas golpeaban los cristales de las ventanas y los marcos de hierro, cómo unas garras arañaban las rejas y cómo una fuerza formidable sacudía la puerta y trataba de forzarla. Su corazón latía desbocado; con los ojos cerrados, el filósofo seguía recitando rezos y exorcismos. Por fin se oyó un grito en lontananza: era el canto lejano del gallo. El filósofo se detuvo extenuado y exhaló un suspiro de alivio.

Las personas que fueron a relevarlo lo encontraron más muerto que vivo. Apoyado contra la pared y con los ojos desorbitados, dirigía una mirada ausente a los cosacos que le sacudían. Tuvieron que sacarlo casi a rastras y sostenerlo durante todo el camino. Cuando llegaron al patio de la casa señorial, se estremeció y ordenó que le dieran un cuartillo de aguardiente. Una vez que lo bebió, se pasó la mano por los cabellos y comentó:

—Cuánta basura hay en este mundo. Suceden casos tan espeluznantes… Pero dejémoslo —añadió con un gesto de desaliento.

Las personas que se habían reunido a su alrededor agacharon la cabeza al oír esas palabras. Hasta un muchachuelo, al que todos los criados se creían con derecho a encomendar sus propios menesteres, como limpiar la cuadra o traer agua, hasta ese pobre muchacho se quedó boquiabierto.

En ese momento acertó a pasar por allí una mujer aún joven, cuyo vestido, muy ceñido, marcaba sus formas torneadas y fuertes; era la ayudante de la vieja cocinera, una coqueta incorregible que siempre encontraba alguna fruslería para adornar su cofia: un trozo de cinta, un clavel e incluso un papelito, a falta de algo mejor.

—¡Buenos días, Jomá! —dijo al ver al filósofo—. ¡Ay, ay, ay! ¿Qué te ha pasado? —gritó, juntando las manos.

—¿Qué te sucede, estúpida mujer?

—¡Ay, Dios mío! ¡Tienes el pelo completamente blanco!

—¡Vaya! ¡Pues es verdad! —exclamó Spirid, tras examinar al filósofo con atención—. ¡Te han salido tantas canas como al viejo Yavtuj!

Al oír ese comentario, el filósofo entró corriendo en la cocina, donde había visto un pedazo triangular de espejo sujeto a la pared, maculado por las moscas y adornado de nomeolvides, de pervincas y hasta de una guirnalda de caléndulas, señal de que la presumida coqueta lo empleaba para su arreglo personal. Allí comprobó con espanto la veracidad de esas palabras: la mitad de sus cabellos, en efecto, se habían vuelto blancos.

Jomá Brut agachó la cabeza y se quedó pensativo.

—Iré a ver al señor —dijo por fin—. Se lo contaré todo y le anunciaré que no estoy dispuesto a seguir rezando. Que me mande ahora mismo a Kiev.

Con esa determinación se dirigió a la escalinata de la casa señorial.

El centurión estaba en su habitación, casi completamente inmóvil; su rostro seguía expresando la misma tristeza desesperanzada que la primera vez que lo vio. Solo sus mejillas estaban mucho más hundidas. Era evidente que tomaba muy pocos alimentos o acaso ninguno. Su extraordinaria palidez le daba cierto aire de estatua de piedra.

—Buenos días, desdichado —exclamó cuando vio a Jomá, que se había detenido en el umbral con el gorro en la mano—. ¿Qué? ¿Cómo van tus asuntos? ¿Todo bien?

—No pueden ir mejor. Suceden allí tales diabluras que dan ganas de coger la gorra y salir pitando.

—¿Cómo es eso?

—Su hija, señor… No cabe duda de que es de origen noble; eso nadie se atreverá a negarlo; solo que… y no se lo digo con ánimo de ofender… que Dios se apiade de su alma…

—¿Qué pasa con mi hija?

—Se ha unido a Satanás y me da tales sustos que no soy capaz de leer las oraciones.

—¡Sigue leyendo! Por algo te eligió a ti. Mi palomita se preocupaba por su alma y quería expulsar con las oraciones cualquier pensamiento impuro.

—Como usted diga, señor, pero le juro que no puedo.

—¡Sigue leyendo! —insistió el centurión con la misma voz perentoria—. Solo te queda una noche. Harás una labor piadosa y yo te recompensaré.

—¡Por grande que sea la recompensa, señor, no seguiré leyendo! —exclamó Jomá con determinación.

—¡Escucha, filósofo! —dijo el centurión, y su voz se volvió más firme y amenazadora—. No me gustan los caprichos. Guárdate esas tretas para el seminario, aquí no te valdrán de nada. Si te doy una tunda, será muy distinta de las del rector. ¿Sabes lo que son unas buenas disciplinas de cuero?

—¡Pues claro! —dijo el filósofo bajando la voz—. Todo el mundo sabe lo que son: en grandes cantidades resultan intolerables.

—Sí. ¡Pero lo que no sabes es cómo sacuden mis muchachos! —dijo el centurión con aire intimidatorio, poniéndose en pie; su rostro adoptó una expresión altiva y hosca, que revelaba toda la fiereza de su carácter, aplacado tan solo por el peso del dolor—. Primero azotan, luego rocían la espalda con aguardiente y a continuación siguen golpeando. ¡Vamos, vamos! ¡Cumple con tu cometido! Si lo haces, recibirás mil ducados; y si no, puedes darte por muerto.

“¡Vaya! Menudo tipo —pensó el filósofo mientras salía—. Con él no valen bromas. Espera un poco, amigo, echaré a correr como alma que lleva el diablo y ni tus perros ni tú podréis darme alcance”.

Y Jomá tomó el firme propósito de escapar. Aguardó la hora de la sobremesa, cuando todos los criados tenían por costumbre meterse en los graneros, tumbarse en la paja y dormir con la boca abierta, dejando escapar tales ronquidos y silbidos que el patio parecía una fábrica. Por fin llegó ese momento. Hasta Yavtuj cerró los ojos y se tumbó al sol. El filósofo, asustado y tembloroso, se dirigió a hurtadillas al jardín, desde donde le parecía que podría ganar los campos con mayor facilidad y sin que nadie se diera cuenta. Aquel jardín se encontraba en el más completo abandono y, en consecuencia, parecía muy apropiado para cualquier empresa secreta. Salvo un pequeño sendero, abierto por necesidades de la casa, todo lo demás estaba cubierto de frondosos cerezos, saúcos y matas de bardana, cuyos espigados tallos destacaban en lo alto con sus rugosas y rosadas cabezuelas. El lúpulo se extendía como una red por la cima de esa abigarrada masa arbórea y arbustiva, formando una suerte de techumbre que llegaba hasta el seto y caía del otro lado en forma de retorcidas serpientes, que se entrelazaban con las campanillas silvestres. Al otro lado del seto, que servía de límite al jardín, crecía un auténtico bosque de maleza, en el que probablemente no se aventuraba nunca nadie; si una guadaña hubiera rozado con su filo sus tallos gruesos y leñosos, se habría roto en pedazos.

Cuando el filósofo se decidió a franquear el seto, los dientes le castañeteaban y el corazón le latía con tanta fuerza que hasta él mismo se asustó. Los faldones de su larga capa parecían pegados al suelo, como si alguien los hubiera sujetado con clavos. Cuando ya estaba del otro lado, creyó oír una voz semejante a un atronador silbido:

—¿Adónde vas?

El filósofo se sumergió en los matorrales y echó a correr, tropezando a cada momento en las viejas raíces y pisando un topo tras otro. Pensaba que, cuando saliera de esa maleza, solo tendría que atravesar un campo para llegar a unos endrinos frondosos y negros, donde podría considerarse fuera de peligro. Según sus conjeturas, en cuanto dejara atrás esos árboles, encontraría el camino que conducía directamente a Kiev. Atravesó el campo a todo correr y llegó hasta los endrinos, que a duras penas logró franquear, dejando, a modo de tributo, un trozo de levita en cada una de sus espinas; llegó así a una pequeña cañada. Un sauce desplegaba sus ramas, que en algunos lugares llegaban casi hasta el suelo. Un pequeño arroyo centelleaba límpido como la plata. Lo primero que hizo el filósofo fue agacharse para beber, pues sentía una sed insoportable.

—¡Qué agua tan buena! —dijo, secándose los labios—. Si pudiera descansar aquí un rato…

—No, es mejor que sigamos corriendo; seguro que ya nos persiguen.

Al oír esas palabras, pronunciadas por encima de su cabeza, se volvió: ante él estaba Yavtuj.

“¡Demonio de Yavtuj! —pensó el filósofo con irritación—. Con qué gusto te cogería por las piernas… y golpearía con una vara de roble tu asquerosa jeta y todo tu cuerpo”.

—Has hecho mal en dar semejante rodeo —continuó Yavtuj—. Habría sido mejor que tomaras, como yo, el camino que pasa por delante de la cuadra. ¡Qué pena de levita! El paño es bueno. ¿A cómo pagaste el arshín? En cualquier caso, ya hemos paseado bastante. Es hora de volver a casa.

El filósofo, rascándose detrás de la oreja, siguió a Yavtuj.

“¡Ahora esa maldita bruja me va a dar una buena! —pensaba—. Pero, en realidad, ¿por qué tener miedo? ¿Acaso no soy un cosaco? He leído ya dos noches y con la ayuda de Dios leeré la tercera. Para que el Maligno la proteja así, esa maldita bruja ha debido cometer no pocos pecados”.

Esas reflexiones le ocupaban cuando entraron en el patio. Animado por esas últimas consideraciones, le pidió a Dorosh, quien gracias a la protección del ama de llaves a veces podía entrar en las bodegas del señor, que le sacara un tonelillo de aguardiente; cuando los dos amigos, sentados a la entrada del cobertizo, se bebieron casi medio cubo, el filósofo se puso en pie de un salto y gritó:

—¡Músicos! ¡Que vengan músicos!

Y sin esperar a que llegaran, salió al centro del patio y se puso a bailar el trepak. Estuvo bailando hasta la hora de la comida, mientras los criados, que le habían rodeado, como suele suceder en tales casos, acabaron por escupir y marcharse, diciendo:

—¡Cuánto baila este hombre!

Por último el filósofo se tumbó allí mismo y se quedó dormido. Cuando llegó la hora de cenar, solo lograron despertarle arrojándole un cubo de agua fría por la cabeza. Durante la cena habló de las cualidades del cosaco y afirmó que este no debía tener miedo de nada.

—Ya es hora —dijo Yavtuj—. Vamos.

“¡Ojalá se te seque la lengua, verraco del demonio!”, pensó el filósofo y, poniéndose en pie, dijo:

—Vamos.

TERCERA NOCHE.

Por el camino el filósofo miraba a un lado y a otro y trataba de entablar conversación con sus acompañantes. Pero Yavtuj guardaba silencio y Dorosh no tenía ganas de hablar. La noche era infernal. Una manada de lobos aullaba en la lejanía. Hasta los ladridos de los perros tenían algo de terrible.

—Parece que no fueran lobos los que aúllan, sino alguna otra criatura —dijo Dorosh.

Yavtuj siguió callado y el filósofo no acertó a hacer ningún comentario.

Se acercaron a la iglesia y entraron; sus viejas bóvedas de madera testimoniaban lo poco que se preocupaba el dueño de la hacienda de Dios y de su alma. Lo mismo que las noches anteriores, Yavtuj y Dorosh se retiraron y el filósofo se quedó solo. Todo estaba como antes. El lugar tenía el mismo aspecto amenazador y conocido. Se detuvo un instante. El ataúd de la horrible bruja seguía inmóvil en el centro de la iglesia.

—No tendré miedo; palabra que no lo tendré —dijo, y, trazando un círculo a su alrededor, como las otras veces, empezó a recitar sus exorcismos.

El silencio era terrible; las llamas de los cirios temblaban e inundaban de luz toda la iglesia. El filósofo volvió una página, luego otra y advirtió que lo que leía no tenía nada que ver con lo que estaba escrito en el libro. Lleno de terror, se santiguó y se puso a cantar. Con ello cobró algún ánimo: prosiguió su lectura, las páginas pasaban una tras otra. De pronto… en medio del silencio… la tapa de hierro del ataúd se abrió con estrépito y la muerta se incorporó, aún más horrible que la primera vez. Sus dientes castañeteaban con furia, sus labios se agitaban convulsivamente y pronunciaban sus conjuros entre espantosos aullidos. En la iglesia se alzó un torbellino que tiró por el suelo los iconos y levantó por los aires los cristales rotos de las ventanas; las puertas saltaron de sus goznes; una horda infinita de monstruos entró volando en el templo de Dios, que se llenó del terrible rumor de sus alas y de los arañazos de sus garras. Todas esas criaturas volaban y se arrastraban, buscando por todas partes al filósofo.

Los últimos restos de la borrachera se disiparon de la cabeza de Jomá, que no paraba de santiguarse y recitaba las oraciones como buenamente podía, al tiempo que oía cómo esa turba inmunda se agitaba a su alrededor, rozándole casi con los extremos de sus alas y de sus repugnantes colas. No tuvo ánimos para mirarlos con detenimiento; solo vio que un monstruo enorme, cubierto de un bosque de cabellos revueltos, ocupaba toda la pared; a través de esa maraña miraban dos ojos horribles, con las cejas ligeramente arqueadas. Por encima de él flotaba en el aire una especie de enorme vejiga con miles de tentáculos y aguijones de escorpión, de los que colgaban jirones de tierra negra. Todos le miraban y le buscaban, pero no podían verlo porque estaba rodeado del círculo mágico.

—¡Traed a Vi! ¡Id a buscar a Vi! —retumbó la voz de la muerta.

De pronto la iglesia quedó en silencio; se oyó en lontananza el aullido de los lobos; pronto resonaron en todo el templo unos pasos trabajosos. Mirando de reojo, el filósofo vio que traían a un ser achaparrado, rechoncho, patizambo. Todo su cuerpo estaba cubierto de tierra negra, por entre la cual sus manos y sus pies sobresalían como nudosas y fuertes raíces. Andaba con dificultad, tropezando a cada paso. Sus largos párpados colgaban hasta el suelo. Jomá advirtió con espanto que su rostro era de hierro. Le llevaron por el brazo hasta el lugar donde se encontraba el filósofo.

—¡Levantadme los párpados! ¡No veo! —dijo Vi con voz cavernosa.

Y toda la horda se apresuró a cumplir su mandato.

“¡No mires!”, le susurró al filósofo una voz interior.

Pero no pudo resistir la curiosidad y miró.

—¡Ahí está! —gritó Vi, señalándole con su dedo de hierro.

En ese momento todas las criaturas que allí había se abalanzaron sobre el filósofo, que, muerto de miedo, cayó al suelo sin respiración y falleció en el acto.

En ese momento resonó el canto del gallo. Era ya el segundo, pues el primero no lo habían oído los gnomos. Los espíritus, asustados, se abalanzaron sobre las ventanas y las puertas, para salir volando cuanto antes, pero no tuvieron tiempo de escapar y se quedaron allí para siempre, adheridos a las puertas y las ventanas. Cuando entró el sacerdote, se quedó horrorizado al ver esa profanación de la morada de Dios y no se atrevió a celebrar allí el oficio de difuntos. La iglesia quedó abandonada para siempre, con los monstruos petrificados junto a las puertas y las ventanas. Con el tiempo, el bosque, las raíces, la maleza y los endrinos silvestres la ocultaron de tal modo que hoy día nadie podría encontrar su camino.

Radio GEA Informa.

La Publicidad.

La publicidad forma parte de nuestras vidas. Está en las calles, en los centros comerciales, dentro de nuestras casas, en el periódico, en las revistas, en el celular, en la Internet. Hacia donde mires, está allí.

Los anuncios publicitarios tienen un papel importante: sirven para divulgar productos, servicios y marcas, con el objetivo de estimular las relaciones comerciales.

Sin embargo, para eso, invaden nuestra rutina y muchas veces, no concordamos con ello ¿Quién nunca perdió la paciencia con aquel anuncio en YouTube? Parece que siempre hay una publicidad perturbando, queriendo vender algo todo el tiempo.

Pero, ¿será tan horrible el fenómeno de la publicidad? Apuesto que ya te reíste alto viendo comerciales en la tele o en las redes sociales.

También ya debes haberte topado con anuncios que te emocionaron, te entretuvieron, te hicieron llorar, y que te lograron informar sobre una nueva tienda en la ciudad o sobre una promoción imperdible.

Esta vez vamos a analizar todo sobre la publicidad, desde su definición hasta sus dilemas, para entender cómo funciona y cuál es su papel, al mismo tiempo que vamos observando algunos trabajos que ustedes mismos realizaron, así que comenzamos.

La publicidad es un área del conocimiento, dentro de la comunicación social, que estudia no solo la técnica de la actividad, sino también, su función en las relaciones sociales y culturales.

Es por eso que los publicistas siempre están pendientes de las tendencias culturales y comportamentales de la sociedad, para que los anuncios generen una identificación con el consumidor, ya sea a partir de los colores y referencias culturales presentes en ellos.

La publicidad también puede ser comprendida como un reflejo de la sociedad de su época, pues, reproduce los comportamientos y valores vigentes. A pesar de eso, mucha gente cree que la publicidad no refleja a la sociedad simplemente, sino que incentiva y moldea comportamientos.

Finalmente, la publicidad es una estrategia de mercadotecnia que envuelve la compra de un espacio en medios para divulgar un producto, servicio o marca, con el objetivo de alcanzar el público objetivo de la empresa e incentivarlo a comprar.

Hablemos ahora un poco sobre tres características de la publicidad que la hacen tan valiosa. Lenguaje, logística, y universalidad.

  • Lenguaje porque crea anuncios y transmite mensajes.
  • Logística porque administra distribución, medios y espacios.
  • Universalidad porque siempre tiene como objetivo llegarle a todos los miembros de un grupo preestablecido.

Existe una confusión común entre marketing y publicidad, al final, las dos actividades tienen como objetivo vender un producto o servicio. Por lo tanto, ¿serían la misma cosa?

No, definitivamente sí existe una diferencia. Para entender mejor, vamos a tomar un concepto tradicional del marketing: el Marketing Mix, también conocido como las 4Ps del marketing o la mezcla de mercadotecnia.

Precio, plaza, producto y promoción son los cuatro elementos básicos de una estrategia de marketing, y el equilibrio entre ellos hace que una marca se fortalezca junto a su público objetivo.

En la P de Precio, debes pensar en los costos de la empresa y en las proyecciones de lucro, pero también en el perfil del público objetivo, que debe estar dispuesto a pagar aquel valor.

La P de Plaza se refiere a los locales donde ofertas tus productos, como la tienda física o virtual, así como también, se refiere a los canales de distribución y almacenamiento.

La P de Producto envuelve estrategias sobre los atributos tangibles (color, forma, empaque) e intangibles (calidad, reputación, estatus) del producto.

Pero es en la P de Promoción que queremos enfocarnos para este artículo, pues es aquí donde entra la publicidad.

Promoción son todas las estrategias de divulgación del producto para alcanzar el público objetivo. La publicidad es una de ellas, pero también puede envolver acciones de asesorías de imprenta, relaciones públicas, patrocinios, entre otros.

Por lo tanto, la publicidad es una herramienta del marketing. Mientras que el marketing se preocupa por comprender el público objetivo y desarrollar estrategias para atenderlo, la publicidad se enfoca en alcanzarlo con una comunicación persuasiva.

Para funcionar, el marketing necesita alineamiento entre los 4Ps ¿Ya te imaginaste una campaña publicitaria que alcanza a su público objetivo, le interesa, pero la tienda online está fuera del aire?

La promoción funcionó, pero la Plaza no, y la marca no alcanzó las ventas deseadas.

La publicidad logra influir en los hábitos de consumo y motivar la compra de un producto.

Con ese poder en manos, no son pocos los anuncios que hacen que una publicidad sea engañosa, que fuerzan la barra (o, podemos decir, que mienten) sobre las cualidades del producto y pueden llevar al consumidor al error.

Otro tipo de anuncios perjudiciales al consumidor es la publicidad abusiva, que incentiva la discriminación, la violencia, el medio, o no respeta a los niños, al medio ambiente, la salud y la seguridad de las personas.

Pero hay muchas personas pendientes para evitar ese tipo de publicidad. entre muchas otras limitaciones a la actividad publicitaria. El Código de Defensa del Consumidor define que es publicidad engañosa y abusiva y preve las penalidades a quien incurre en esas prácticas.

Además de las entidades de defensa del consumidor, los propios publicistas también están preocupados con eso.

Sin la tecnología que tenemos hoy, la única herramienta para divulgar un producto o servicio era la labia del vendedor. Pero, muchas cosas sucedieron del voz a voz hasta los actuales anuncios móviles.

La primera gran transformación para la publicidad fue la invención de Gutenberg, en el siglo XV. La prensa mecánica permitió la reproducción de textos además de los manuscritos e hizo surgir también uno de los principales vehículos de medios: la prensa.

En 1625, el períodico inglés Mercurius Britannicus publicó el primer anuncio.

Allí, la publicidad aún no tenía carácter persuasivo que después pasó a tener, ya que el objetivo era solo presentar el producto o servicio.

Ya en la Era Industrial, la publicidad asumió un papel importante: incentivar el consumo de los bienes producidos en masa en los centros urbanos. Con eso, el mercado se profesionalizó.

En 1841, Volney Palmet, que haría la negociación de espacios entre periódicos y empresas, creó la primera agencia de publicidad en Filadelfia (EUA).

En los primero años del siglo XX, la industria automovilística fue un gran impulso para la publicidad. Henry Ford dijo: «dejar de invertir en publicidad para ahorrar dinero es como parar el reloj para economizar tiempo». Tiene sentido, ¿verdad?

En las décadas siguientes, la radio y las revistas incentivaron la industria de la publicidad, pero fue la televisión quien la revolucionó.

En 1941, fue al aire el primer comercial de TV, para la marca de relojes Bulova, al costo de 9 dólares.

Las audiovisuales dieron alas a la creatividad y los anuncios se volvieron más interesantes y persuasivos. Junto a eso, la publicidad pasó a ser motivo de estudios, búsquedas y críticas, con el objetivo de evaluar su impacto sobre la sociedad.

En las décadas más recientes, surgió otra resolución para la publicidad: la red mundial de computadoras, más conocida como Internet. Los espacios de divulgación en buscadores, portales, blogs, emails y redes sociales representan una nueva y gran oportunidad para los anunciantes.

Con el marketing digital, quedó mucho más fácil alcanzar el público objetivo y medir con precisión los resultados de una campaña, algo que hasta entonces, ningún vehículo permitía.

Sin embargo, la publicidad se ve desafiada por esos nuevos medios, que cuestionan el modelo tradicional de anuncio de agencia.

Hoy, las marcas necesitan relacionarse con los consumidores ofreciendo buenos contenidos y no invadiéndoles la rutina con anuncios. ¿Cómo, entonces, la publicidad puede ser más relevante?

Además de eso, la transformación digital en el marketing democratizó el acceso a la publicidad: hoy, cualquier empresa logra crear anuncios en Google o en Facebook. Y ahora, ¿cuál es la utilidad de las agencias?

El mercado se está reinventando. Para acompañar los cambios, no se puede perder de vista las innovaciones tecnológicas y del consumidor.

La publicidad envuelve, principalmente, tres tipos de empresas: agencias, anunciantes y vehículos. Un publicista puede trabajar en cualquiera de ellas, ejerciendo diferentes funciones, pero es en las agencias de publicidad que se concentra gran parte de estos.

Trabajar en un ambiente relajado, lleno de creatividad y brainstorming, con los nombres más premiados del mercado, forma parte del imaginario de los profesionales del área.

Pero, en la vida real, el glamour queda a un lado: hay mucho trabajo sucediendo y mucha gente pasando la noche entera hasta la madrugada para entregar los jobs (así es… en una agencia escucharás MUCHAS palabras en inglés…).

Una agencia de publicidad es responsable por desarrollar las campañas publicitarias de sus clientes. Para eso, varios sectores interactúan para discutir las ideas y ejecutar las tareas. En una agencia tradicional, estas son las principales áreas envueltas:

Atención o Ejecutivo de cuentas.

Todo comienza en la Atención publicitaria. El profesional de esa área es responsable por ser el puente entre la agencia y el cliente, es quien toma el brief con el anunciante, organiza la información y lo pasa al equipo interno.

Después, acompaña la producción de la agencia y busca la aprobación junto al cliente, haciendo los contactos necesarios en ese proceso.

Por lidiar directamente con el cliente, ese profesional es clave para el éxito de la agencia. Pero, para trabajar en esa área, necesita tener mucho juego de cintura para lidiar con las cobranzas del cliente y con los límites de la agencia.

Planeación.

Después de tomar la información con el cliente, el Ejecutivo de cuentas envía la demanda al departamento de Planeación. En esta área, el brief se refina con información de búsquedas sobre el mercado de actuación del clientes y el comportamiento del consumidor.

Esa información fundamenta la estrategia creada por Planeación, que desarrolla el concepto de la campaña, sugiere las piezas e indica el cronograma.

En esta área, el profesional necesita ser extremadamente estratégico, con una visión que abarque el negocio del cliente. Pero también necesita tener una observación creativa para desarrollar un concepto original e inspirar a los profesionales de la creación.

Redacción.

Con el brief listo, la campaña comienza a tomar forma. Ahora, la redacción transforma el concepto de la campaña en textos, guiones, llamadas y títulos. Muchas veces, ese trabajo se realizar en un dupla creativa, que ya veremos a continuación.

El redactor publicitario necesita ser un experto en la escritura persuasiva. Su objetivo es dirigir el pensamiento de la audiencia a determinado objetivo, de manera atractiva.

Para eso, existen varios recursos de copywriting, como usar metáforas y frases de doble sentido, crear un sentido de urgencia, despertar la curiosidad o contar una historia que envuelva.

Creación.

Finalmente, en la creación publicitaria es que la campaña gana vida. En las manos del director de arte, el concepto se transforma en fotos, videos, diseños e ilustraciones para las piezas publicitarias.

En asociación al redactor, el director de arte define las mejores imágenes para las piezas, que sean atractivas, que generen identificación y que transmitan el mensaje del cliente.

Generalmente, se espera que el director de arte haga su magia. Sin embargo, la creatividad debe estar presente en todas las áreas de la agencia, con el fin de buscar una solución original al cliente. Para eso, todos deben buscar referencias e inspiración.

Medios.

El profesional de Medios conoce, como nadie, los vehículos de medios. por eso, está presente en varios momentos de desarrollo de la campaña.

En la planeación, ayuda a seleccionar los mejores vehículos, de acuerdo con el perfil del público objetivo y el presupuesto del cliente, buscando el mejor costo beneficio.

A la hora de la creación, indica las dimensiones y orientaciones para cada formato de medio.

Después de finalizada la creación, también es el responsable por negociar los valores con los vehículos de la campaña.

Es esa negociación que, en muchos caso, define la remuneración de la agencia, pues, esta se dedica el 20% del valor invertido por el anunciante en los medios – el llamado BV /Bonus de Vehiculación) o Comisión de Agencia.

Existen aún otras áreas que pueden o no existir, dependiendo del porte y de la organización de la agencia de publicidad. Conoce algunas de ellas y sus responsabilidades:

  • Investigación: nutrir la Planeación con datos sobre el cliente, mercado y consumidor.
  • Producción: produce fotos, videos y audios para el área de Creación.
  • Tráfico: organizar las demandas internas y garantizar las entregas de cada área.

En las agencias pequeñas, es común que la Investigación sea realizada por Planeación, la Producción se terceriza y el Tráfico se organiza por los Ejecutivos de Cuentas.

Pero, si la agencia es grande, puede tener uno o más profesionales especializados en cada área, centralizando todo el servicio dentro de la agencia.

No obstante, los cambios en la tecnología y en el comportamiento del consumidor ponen en jaque a los modelos tradicionales.

Por eso, el mercado publicitario está en el diván: la publicidad necesita reinventarse para volver a ser relevante.

Al final, ¿te gustó conocer sobre la publicidad?

Pues finalmente ponte a crear la publicidad para tu propio video juego de terror o para la película que tú mismo produjiste.

¡Mucha suerte! Y Valeria, por favor ya ponte a trabajar. 

Una vez más… Radio GEA Informa.

La educación y las malas palabras.

En la vida real, la mayoría de los seres humanos tenemos muy claras las reglas de etiqueta. Desde niños aprendemos que burlarnos de nuestros compañeros o insultarlos con groserías tiene consecuencias negativas ante las autoridades de las escuelas.

Los adolescentes conocen también los riesgos a los que se enfrentan con el bullying o con comportamientos antisociales.

Pero ¿qué pasa cuando existe otra realidad virtual en la cual las burlas, las ofensas y los abusos verbales son admitidos y hasta justificados?

Por desgracia, las redes sociales se han convertido en una arena en donde las celebridades o incluso personajes de la talla del presidente de EU se sienten con la libertad de publicar y compartir su mala educación. Aparentemente este comportamiento no sólo está tolerado en las redes sociales, sino incluso, aplaudido. Comportamientos tan torpes como los insultos de la celebridad Rob Kardashian contra su exnovia dentro de estos medios de comunicación le han generado mas de 7 millones de seguidores en Twitter.

Pareciera que las redes sociales son un conducto por el cual los enojos, las frustraciones, el odio y el veneno pueden circular sin tener repercusiones negativas. De acuerdo a expertos en la materia, psicólogos y educadores, este tipo de comportamientos en redes sociales están generando serios conflictos en los niños y en los adolescentes. Por una parte, en la vida real les estamos enseñando ciertas reglas de comportamiento y, por otra, en la vida virtual o mediática les estamos enseñando que es adecuado permitirnos comportamientos contradictorios. Esta doble moral genera confusión e incluso enojo, pues los patrones de comportamiento adecuado son poco claros e incongruentes.

En un segundo plano el alto grado de exposición de los niños y adolescentes a la vida virtual está alejándolos del trato personal con educadores, amigos y familia, lo cual ha tenido repercusiones negativas en su desarrollo, una de ellas la baja autoestima, derivada de la falta de contacto real con la sociedad y una relación mas bruta e insensible con el contacto interpersonal. La forma cómo algunos tratan de mitigar este comportamiento es aplastando cobardemente a sus compañeros a través de redes sociales o, simplemente crea una falsa personalidad cimentada en la cantidad de likes o seguidores que tiene. Casos menos afortunados de baja autoestima se ven reflejados en las altas tasas de suicidio que se han observado año con año en sociedades desarrolladas.

A pesar de la baja popularidad de algunos personajes en la actualidad, un hecho innegable es que la estrategia que utilizan en redes sociales es la siguiente: Analizando su historial en Twitter se puede apreciar que mientras ellos tuitean acusaciones escandalosas o cargadas de ofensas, su popularidad aumenta. Éste hecho es un precedente que podría ser devastador para nuestra sociedad, pues estamos aceptando colectivamente que la violencia en redes sociales nos genera popularidad y ese comportamiento está avalado por los actuales líderes de la sociedad.

Más allá de las legislaciones en esta materia, valdría también la pena preguntarnos como sociedad hacia dónde queremos ir, qué queremos enseñar a los que vienen detrás de nosotros y cómo vamos a transmitir estos valores.

Uno de los objetivos de la escuela es enseñar “la buena lengua”, tanto en su expresión escrita como oral. En este sentido, los docentes se esfuerzan en que, desde edades tempranas, los niños hablen correctamente.

En ocasiones, la práctica suele ir por senderos bastantes disímiles a los de la realidad.

El mundo adolescente y evidentemente el adulto está lleno de “malas palabras” que constituyen verdaderas transgresiones verbales. Pero el debate aparece cuando se trata de definir qué es una “mala palabra”, tanto en su significado (lo que se dice) como en su enunciación (cómo se dice).

La pregunta es por qué son malas las malas palabras, ¿quién las define? ¿Son malas porque les pegan a las otras palabras?, ¿son de mala calidad porque se deterioran y se dejan de usar? Tienen actitudes reñidas con la moral, obviamente. No sé quién las define como malas palabras. Tal vez al marginarlas las hemos derivado en palabras malas. Ahora, a veces nos preocupamos porque los jóvenes usan malas palabras. A mí eso no me preocupa, que mi hijo las diga. Lo que me preocuparía es que no tengan una capacidad de transmisión y de expresión comunicativa al hablar o al escribir.

Las “malas” palabras forman parte del lenguaje popular y suelen ser adquiridas en el contexto familiar. Más aún, hasta pueden llegar a ser las primeras que se aprenden, en el marco de la simpatía que provoca escucharla. Los padres creen o que su hijo no entiende o que no escucha lo que hablan, pero en realidad ellos aprenden todo lo que oyen, hasta con el tono de voz pertinente. Se ha roto el mito de que los niños dicen malas palabras porque sí. Más del 70 u 80 por ciento las han oído de sus mayores, padres o parientes, ya sea accidentalmente o por hábitos de la persona.

En los últimos años el “buen habla” ha entrado en cruzada con un poderoso enemigo: las redes sociales, definidas como la madre de todas las “malas palabras”. Por ellas circulan miles de expresiones “mal habladas” y “mal escritas” que, a entender de algunos maestros, corren el riesgo de transformarse en lenguaje cotidiano. Pero la realidad, nuevamente nos puede sorprender. Los jóvenes escriben y leen en distintos soportes, pero pueden distinguir perfectamente los contextos en los que se expresan.

Saben, por ejemplo, que muchos de los enunciados que circulan por las redes no son “políticamente correctos” en la escuela y en este sentido, no los utilizan, al menos como parte del lenguaje científicamente establecido.

El escritor Daniel Link sostiene “La red demanda una claridad expositiva muy diferente a la de la cultura libresca… Los chicos y jóvenes jamás se caracterizaron por el buen uso del lenguaje. Estigmatizar a los jóvenes de hoy es un resentimiento propio del mundo de los adultos”.

Pero la escuela es la escuela y desde siempre ha tratado de combatir la “barbarie” que se expresaba a partir del lenguaje “mal hablado”. Esta cruzada, no sólo, la libra contra las palabras obscenas, sino también y esto es más delicado, contra modelos lingüísticos utilizados por sectores populares, que en ocasiones, forman parte de su acervo cultural.

La concepción ilustrada de la educación, ha tratado de superar todo enunciado popular que constituyese, a su entender, una falta de respeto o de recato al orden ilustrado y científico.

Aunque la escuela es un espacio de formación científica, y como tal, debe trabajar sobre el “buen” uso del idioma, no puede dejar de reconocer que muchas veces estos emergentes de la lengua son expresión de las variables sociolingüísticas de la comunidad.

La transgresión verbal no constituye un accidente ni una desviación del lenguaje. Las malas palabras no son voces sueltas que se escapan en forma esporádica y ocasional, de las bocas adolescentes sino que, por el contrario, conforman una particular función del lenguaje que desempeña un importante papel en la vida social y psicológica.

En este sentido, hablamos de lenguaje como expresión sociolingüística de una comunidad, que como tal, forma parte de la cultura trasmitida de adultos a niños. Las palabras, “buenas” y las “malas”, como el “mal” y “bien” decir, son manifestaciones sociales que expresan el saber (pensamiento) y el sentir (emociones) de una comunidad en un momento dado.

Pero el saber y el sentir no se revelan de la misma manera en los distintos sectores sociales. Hay saberes dominantes que estigmatizan determinadas palabras como parte del patrimonio de clases populares, y como tal, susceptibles de ser desterradas. Estos saberes arbitrarios, no permiten fisuras ni debates. De esta manera, las palabras oprimidas quedan incomunicadas, no pueden expresar sus ideas, ni su sentir o lo expresan de manera “no convencional”.

Paulo Freire dice que el proceso de alfabetización tiene todos los ingredientes necesarios para la liberación. “… el aprendizaje y profundización de la propia palabra, la palabra de aquellos que no les es permitido expresarse, la palabra de los oprimidos que sólo a través de ella pueden liberarse y enfrentar críticamente el proceso dialéctico de su historización (ser persona en la historia). El sujeto, paulatinamente aprende a ser autor, testigo de su propia historia; entonces es capaz de escribir su propia vida, consciente de su existencia y de que es protagonista de la historia”.

En este contexto, la escuela, sin renunciar a la formación científica, podría acompañar la conquista del sujeto por su propia palabra, permitiendo que las “malas” expresiones se conjuguen con las “buenas”, en la jerarquización de un lenguaje inclusivo y respetuoso de la existencia de distintos saberes y formas de sentir.

Las palabrotas están por todas partes. Es raro el día que no escuchas una. Incluso en restaurantes o tiendas, frecuentemente oímos a los clientes soltar groserías con total indiferencia al ambiente. La palabrería vulgar en público es ahora tan común que ha llegado a los programas de televisión.

Puedes preguntarte dónde está el daño en eso; finalmente, son solo palabras. Pero, al mismo tiempo, la mayoría de nosotros siente que hay algo que está mal. Sabemos que decir groserías no es saludable ni deseable. Es un mal hábito y una falta de educación.

En primer lugar, porque puede haber un uso legítimo para las palabrotas. Es una manera de poner una fuerza emocional extra en una declaración – ya sea para efecto o para aliviar el estrés extremo. El problema es que la sobreexposición a las malas palabras debilita su impacto y, como consecuencia, las vuelve inútiles. Al mismo tiempo, el hablar normal se vuelve menos eficaz y produce menos impacto.

Como adictos, exigimos dosis cada vez mayores para registrar cualquier efecto. Las palabrotas casuales, por lo tanto, se vuelven cada vez menos eficaces y, al mismo tiempo, nos fuerzan a usarlas cada vez más para intentar hacer que nuestras palabras tengan peso.

Lo que nos lleva a otro problema. El uso de palabrotas sirve para ofender al oyente, pero en conversaciones normales, eso es simplemente irrespetuoso – al igual que gritar con otra persona. La buena educación y cortesía determina que, en conversaciones comunes, debemos intentar que la otra persona se sienta razonablemente a gusto, mientras que usar malas palabras sirve para dejarla incómoda.

Juntar los dos aspectos es algo contradictorio. La única manera por la cual una persona se sentiría cómoda hablando con alguien que dice malas palabras todo el tiempo es que ésta admita que se ha vuelto insensible al punto de volver las groserías un sin sentido.

Finalmente, hay un problema un poco más abstracto. Es que lo que hacemos (incluyendo lo que decimos) afecta el modo en que pensamos. Los filósofos son conscientes de eso desde hace siglos, y los neurocientíficos están empezando a aprender también. Cada vez que hacemos o decimos algo, refuerza ciertas conexiones en nuestro cerebro, volviéndonos más propensos a hacer lo mismo una segunda vez, y así sucesivamente. Efectivamente, nuestro cerebro está creando hábitos todo el tiempo.

Esas conexiones no afectan solo una área del cerebro, sino todo. Cuando actuamos de cierta forma, empezamos a pensar de acuerdo con eso, y viceversa. Así, cuanto más vulgar fuera nuestro discurso, más vulgar será nuestro pensamiento y, en consecuencia, más vulgar será nuestro comportamiento y actitud en general.

Eso no quiere decir que hay una determinación extrema que relaciona las malas palabras a actitudes malas. Pero sí quiere decir y alertar sobre el hecho que un mismo proceso de pensamiento y actitud también incentiva al otro.

«La boca siempre habla de lo que está lleno el corazón»

En síntesis, decir malas palabras es algo grosero y destruye incluso una supuesta «utilidad» eventual de las palabrotas. Por todas esas razones, debemos intentar romper ese hábito.

El problema es que es muy fácil que se escape una palabra cuando el hábito de su uso está formado, especialmente en el calor del momento, cuando la mayoría de las palabrotas se siguen usando. Y una vez lanzadas, no hay vuelta atrás. Como Winston Churchill decía: Somos amos de las palabras no dichas, pero esclavos de aquellas que dejamos escapar.

Hay algunas formas de librarse del hábito de decir malas palabras. La primera es simplemente practicar no decir nada. Esta es una habilidad bastante fácil de desarrollar: durante las conversaciones normales cotidianas, basta hacer una pausa de vez en cuando antes de hablar. Cuando sientas ganas de maldecir algo, para y cuenta hasta cinco antes de abrir la boca. Eso ayudará a poner tu lengua bajo control (que es un hábito útil más allá de solo evitar palabras feas).

Por lo tanto, vamos a vigilar nuestra lengua e intentar elevarnos por encima de la vulgaridad que nos rodea.

Es por eso que en bachillerato, realizaremos un ejercicio de sensibilización, a fin de que los estudiantes reflexionen en torno al uso del lenguaje y las consecuencias de usar “Groserías”; promoviendo un lenguaje adecuado, respetuoso y amable con el otro.

Así mismo, al interior del colegio se ubicarán carteles con frases alusivas a la campaña, que permitan a los estudiantes identificar lo que implica usar un vocabulario grosero para comunicarse con otros.

Con estas actividades, buscamos fortalecer los valores del respeto, responsabilidad, amistad, fraternidad, solidaridad, entre muchos otros, en toda la comunidad educativa; a fin de que la Prepa, sea un espacio divertido y enriquecedor para el proceso de aprendizaje, como para la convivencia escolar. 

Desde acá… Radio GEA Informa.