La Rebeldía de Pensar.

Apenas hace poco tiempo la editorial del Fondo de Cultura Económica volvió a editar un libro que lleva por título “La Rebeldía de pensar” y se trata de una obra irónica, amena y sobre todo despiadada porque nos intenta convencer de que el bello acto de pensar no se le da a cualquiera. Es un ensayo donde los argumentos fluyen con una feroz mordacidad que no respeta nada, ni se detiene ante nadie, es un manual de filosofía para personas inconformes. Esta noticia me evocó muchos bellos recuerdos pero sobre todo me despertó los momentos más brutales que he vivido dentro de mi formación intelectual, tanto como escritor como de ferviente amante de la filosofía. 

A su autor Oscar de la Borbolla lo conocí como profesor en la entonces famosísima Escuela Nacional de Estudios Profesionales Acatlán que pertenece a la monumental Universidad Nacional Autónoma de México. Donde, además de impartir cátedras en la facultad de Filosofía, también se dividía el tiempo entre sus clases de Ontología y sus talleres de escritura, lo conocí y rápidamente me impactó su forma de ver la realidad, le aprendí mucho y comencé a ser (como el mismo lo decía) parte y miembro de la hermandad de los inconformes,  nuestra amistad nos hizo cómplices de la inauguración de una pequeña pero bella biblioteca que llevaba su nombre, donde me regaló una serie de ponencias para mis alumnos a quienes conminaba a ser rebeldes, a ser ucrónicos (una palabra que solamente el entendía) pero sobre todo los invitaba a ver la realidad de forma creativa, no como nos la cuentan, sino exactamente al revés.

Oscar de la Borbolla.

¿Qué sentido tiene aprender a pensar?

Esta es, precisamente, la pregunta que hacen los que no piensan, (¿Y esto para que me va a servir profe? Me preguntan algunos alumnos) Pues bien. Cuando toda la gente marcha en una misma dirección, cuando las palabras y los actos de la mayoría parecen apuntar hacia una misma meta, se produce una inercia social, una ideología que muy pocos revisan y de la que muy pocos se apartan, pues para ponerse a salvo de la corriente, hace falta pensar.

Quien se subsume en la corriente, quien imita, no sólo no piensa, sino que no quiere pensar: le basta con ver a los lados para descubrir a otros como él y para convencerse de que eso que lo rodea es lo normal y sobre todo, lo  correcto.

Pensar no es tranquilizador: provoca dudas, incertidumbre y a veces, inclusive, provoca zozobra. Pensar hace que uno mire a los lados y que no halle fácilmente un compañero; pensar produce una sensación de soledad, pues el que piensa no puede confundirse considerando como compañía la mera presencia de los demás. Pensar nos aparta de la masa pues nos vuelve individuos y el individuo necesita de otros individuos para sentirse acompañado: no de otros que “piensen” como él, sino de otros que también piensen.

Pensar y ser un inconforme son sólo dos maneras de nombrar lo mismo. Los inconformes juzgamos porque … criticar es, literalmente, poner en crisis; es descubrir las fisuras, las fallas de lo que intenta hacerse pasar por monolítico; es poner en duda la definitividad de lo que está delante, es atreverse a imaginarlo de otra forma; es subvertirlo con el NO de la inconformidad. Ningún producto humano ha conseguido mantenerse a salvo de la crítica. Podría creerse que los conformes no critican, que no se oponen, que no piensan; pero no es así: la intolerancia de los conformes es la manera como expresan su NO, su preferencia: también ellos critican, aunque en su apreciación, lo que está a la mano, lo establecido, es preferible a lo que está más allá rodeado de incertidumbre. Los conformes se oponen al cambio; los inconformes a la permanencia, porque ser hombre es oponerse. …no es la realidad la que nos da la razón, sino el amor que le tenemos a nuestra utopía, a nuestra necedad, a nuestra irrealidad. La verdad es enemiga del pensar; la duda, en cambio, es el medio del pensar, es su hábitat.

La duda es ciertamente un no saber: un no saber qué hacer, un no saber a qué atenerse, un no saber de qué se trata; pero también es estar hondamente preocupado por ese no saber.

Esta preocupación, este extrañarse, este descubrirse extranjero del ser puede representarse con la palabra “horror” o con la palabra “angustia”; es, en todo caso, una vivencia terrible de la que queremos curarnos “para dormir tranquilos”, como decía Nietzsche, y por ello, una creencia religiosa, una verdad científica; pero también un enamoramiento de arrabal o el insensato anhelo de volvernos ricos, o incluso el trabajo ruin y mal pagado, que sólo sirve para reproducir –cada día más menguadas—nuestras fuerzas, pueden darnos una certeza o un sentido, cualquier cosa es buena para no sentir el vértigo de la extranjería de nuestro ser, para dejar de pensar: cualquier cosa es susceptible de volverse en el sentido de nuestra vida.
“Cualquier cosa con tal de no encararnos con lo que somos».

¿De qué tenemos que distraernos o, mejor aún, de qué huimos cuando escapamos de nosotros mismos en cualquier dirección?

¡Escapamos de lo que somos!

¿Qué somos? 

Sueño, lo dijeron Shakespeare, Calderón de la Barca y Schopenhauer. Nada, lo han dicho Hegel, Heidegger y Sartre. Lo han dicho muchos antes y después, pero podría no haberlo dicho nadie. Si menciono aquí estos nombres es para que la afirmación no aparezca tan sola, tan aberrante, porque más allá de literaturas o de las filosofías, eso es lo que descubrimos cuando nos encaramos a fondo con nosotros mismos: somos sueño, somos nada.

Mientras sigamos vivos, el pasado es algo que está con nosotros: está presente en la memoria, se mantiene; aunque nuestra memoria lo deforme, lo adapte, lo mantenga vivo: vivo y por tanto cambiante. Pero nuestro pasado está no sólo en la memoria, también se mantiene en nuestro haber y se hace presente en cada uno de nuestros actos: es aquello que imprime nuestra identidad en lo que hacemos.

Qué puede significar “antes” si no hay punto de referencia? ¿Qué significa “mañana” o “ayer” si no hay punto de referencia? ¿Qué significa “existir” o “estar presente” si no hay ante quien ser presente? La extinción de la humanidad traerá consigo el naufragio absoluto de todo aquello que la humanidad se representó. ¿Qué significará haber sido alguna vez” cuando no  haya ya significado ni haber ni ser? ¿Qué será haber sido alguna vez en la eternidad del Universo?

El paréntesis en que consistió nuestro tránsito por la existencia, nuestra vida y la historia de la humanidad, así como lo conocido será pura fantasmagoría, un sueño que se disolvió, ni más ni menos que nada. Esto es lo que nos horroriza de nuestra existencia; esto, el fondo que nos da qué pensar y lo que, simultáneamente, hace que la mayoría huya del pensar.
“Aunque en sentido estricto nadie huye, porque la caída en el pensar no es voluntaria como tampoco lo es el mantenerse en el no pensar. Ambas ocurren y no hay motivos para creer que una conducta sea más auténtica que la otra, por más que la humanidad se divida, por esta razón, en dos bandos irreconciliables: aquellos que caen en el pensar y los que se mantienen en el no pensar. Unos y otros se desprecian: unos a otros se gruñen, cada bloque por sus propias razones, cuando lo que debieran sentir los unos por los otros es un poco de compasión o de piedad. Pues unos y otros viven en el infierno, aunque sea en distinto departamentos del infierno. Porque la vida no es más placentera por no pensar, al contrario, los que forman este grupo suelen sufrir hasta el agotamiento o el suicidio por cualquier minucia. La verdad es que ambos bandos sufren, pues, como para unos nada tiene sentido y para otros todo tiene muchísimo sentido, unos y otros viven agobiados, aunque en un caso el agobio lo produzca el absurdo y en el otro, la exagerada importancia que se atribuye a cualquier baratija. Así, la ausencia de sentido que se descubre pensando: la preocupación, y el ser prisionero del sentido de la ocupación, nos conducen al mismo desenlace: al agobio.

¡Hay que ser Rebeldes!

El pensar nos ha vuelto animales melancólicos y de allí que la gente prefiera no pensar y de allí que a los inconformes no nos quede más remedio que pensar.

Un personaje enorme entre los seres humanos, hoy como siempre, no compromete el funcionamiento social; una cantidad inmensa de individuos no alteran nada: cumplen con su función y reproducen el estado de las cosas: producen, consumen y se reproducen, en una palabra, viven. En medio de ellos –de entre ellos—surgen algunos individuos que se destacan; son los que tropiezan y se enzarzan contra el así se hace, el así se piensa y el así se juzga; son quienes quieren hacer otra cosa, quienes se atreven a pensar por su cuenta y por lo mismo son los que se atreven a juzgar. Son los que aportan, los que cuestionan, los que inventan, los que reprueban, los que no están de acuerdo; son quienes con sus actos rompen el estatismo del funcionamiento social y desencadenan la historia. En suma, son aquellos gracias a los cuales la sociedad humana se distingue de los hormigueros.

Quien aspire a ser feliz debe descerebrarse y aceptar la impotencia como fatalidad, hay que ser como los topos, que sólo desean encontrar un hoyo para “pasársela bien”, para “estar contenta”. Pero para ser inquilino de ese hoyo hay que renunciar al pensar y a la autodeterminación. La condición de esa felicidad anémica es no darle a los problemas demasiadas vueltas y dejarse llevar por la corriente, que sea ésta la que nos haga dar de vueltas: ser dúctil como el agua, maleable como el agua y como ella, no tener ningún color. Así se alcanza esa felicidad de la que gozan los fantasmas.  Hacerse el muerto para poder vivir.

Es la esperanza la que engendra la pesadumbre y mientras mayor sea, mayor será el abatimiento.  Y ¿qué la esperanza? Uno espera cuando cree merecer; uno espera cuando se cree elegido, cuando sobreestima y se sobreestima: la esperanza surge de la soberbia.

…a los inconformes no nos parece que este instante [la vida] sea poca cosa, no nos parece que esta magra oportunidad sea escasa; es todo y aunque sea un todo miserable comparado con la eternidad para nosotros representa una ganancia infinita porque no esperábamos nada.

Debido a la buena fe, o al hecho simple de que muy pocas veces sometemos a revisión nuestras creencias, tenemos la costumbre de admitir la tranquilizadora idea de que toda la gente piensa, obviamos que cualquier persona, por el solo hecho de haber nacido como miembro de la especie humana, recibió de Prometeo o de unas bondadosas hadas madrinas la chispa que posibilita el pensamiento. Sin embargo, pensar y saber pensar, no es un atributo innato que formará parte de la herencia con la que cualquiera llega al mundo; no es así: pensar es una capacidad que se conquista, que exige de nosotros empeño para desarrollarse y sobre todo, que requiere de práctica y del dominio de ciertas reglas para desenvolverse de forma correcta.

Somos una comunidad, donde el ser un ser pensante deja mucho que desear y donde se le considera loca, degenerada o simplemente diferente, porque tienes un punto de vista distinto.

¡La comunidad de los inconformes!

Podemos generalizar al mexicano, porque la mayoría es conformista, no le gusta leer, no le gusta escuchar una opinión diferente, no le gusta sentir o decidir, en su defecto, somos un animal sumamente confundido y para finalizar cabe la pregunta después de esto ¿Qué vamos a hacer?  ¿seguir el patrón del mexicano o hacerle caso a nuestra mente hambrienta de conocimiento?

Para todos ustedes … Radio GEA Informa.