Escuelas para divertirse y pantallas para aprender.

Autor: Néstor García Canclini.

Para Sofia:

Cambió el significado de ser niño, adolescente o joven. En los últimos años, varios estudios ponen en duda la frase que sostenía “los jóvenes son el futuro”: tienden a verlos como protagonistas del presente porque cada vez más jóvenes dirigen industrias en áreas estratégicas, como la informática y los medios audiovisuales. Por cierto, los jóvenes son también parte central de lo que sucede hoy por su alto porcentaje en las estadísticas del desempleo y las migraciones, en las muertes violentas como soldados, sicarios o víctimas de la violencia social. Los niños también desempeñan papeles que acostumbrábamos adjudicar a los adultos. Con frecuencia, en trabajos prohibidos para menores. En otros casos, es un niño de 10 o 12 años quien explica a sus padres o a los maestros cómo buscar información en Internet o descargar un video. La imagen del niño como un ser humano incompleto, que debe formarse para participar plenamente en la sociedad, es tan anacrónica como la que concibe el proceso educativo como transmisión de un conjunto de saberes definitivos, ordenados y jerarquizados de una sola manera.

¿Qué hacía un adolescente de 15 años hace dos décadas cuando llegaba a su casa? Escribía a mano las tareas para la escuela, veía televisión con su familia o, en clases más favorecidas, se encerraba en su habitación para elegir, en su propio televisor, los programas que le gustaban. Hoy, apenas entran en su cuarto, los niños y adolescentes encienden la computadora, hacen en ella su tarea escolar al mismo tiempo que “chatean”; puede ser que simultáneamente tengan prendida la tele y conversen por el celular o manden mensajes de texto. La convergencia tecnológica tiende a reunir todos estos aparatos y tareas en uno solo. Así como se fusionan las empresas de radio, televisión, editoras de música, de libros y los servidores de Internet, en el celular o el iPhone aparecen textos, imágenes y canciones. Todavía, los adultos buscamos en libros lo que queremos conocer, vamos al cine o al teatro para entretenernos, encendemos la computadora para escribir correos, leer los que nos mandan y buscar lo que no encontramos en la biblioteca o la librería. Los jóvenes y los niños, aunque sigan yendo al cine y a conciertos, parten del principio de que todo esto viene junto, articulado en un sistema multimedia. Las nuevas generaciones diferencian cada vez menos entre ser lector, espectador e internauta.

Es verdad que quienes tienen menos recursos económicos no pueden comprar los aparatos más sofisticados, pero eso no significa que éstos no entren en su horizonte. Según la Encuesta Nacional de Juventud de 2005, sólo 32% de los varones y 34.7% de las mujeres de México, que tienen entre 12 y 29 años, poseen computadora, pero 74% sabe manejarla. Los cibercafés, las escuelas y la relación con amigos hacen que el acceso sea menos desigual que el equipamiento tecnológico de los hogares. Ante la nueva situación, muchos padres y maestros argumentan que los videojuegos no enseñan o que el saber sólo puede adquirirse en la escuela y los libros. Algunos ejemplos demuestran que es cierto, pero el cambio es más amplio y radical: se modificó el sentido de conocer y la combinación de los modos de lograrlo. Además de lo que los niños aprenden en la escuela, acumulan datos e información gracias a la televisión, Internet y los intercambios digitales con amigos. Así, adquieren destrezas que los habilitan para otras zonas de la vida ya informatizadas. Amplían sus referencias porque se les facilita acceder rápido, y sin desplazarse, en un solo aparato, a la música de moda y el rock de otras épocas, el humor y las noticias en varios idiomas, los relatos creados en México, los mangas y anime japoneses, y las letras de canciones en inglés traducidas con sólo tocar una tecla. La movilidad sin moverse, el acceso diverso y también disperso, la “naturalidad” con que los niños se desempeñan en los nuevos lenguajes y dispositivos hace difícil trazar fronteras de edad. ¿Se acaba la niñez al terminar la escuela primaria o cuando se ingresa al primer trabajo? Los límites son inciertos. Antes se pensaba que comenzar a trabajar marcaba el inicio de la juventud y que ésta se acababa al dejar la casa de los padres, pero en los países latinoamericanos el primer trabajo puede tenerse a los ocho años, en tanto los sociólogos europeos estiran la juventud hasta los 35 años tomando en cuenta los porcentajes de jóvenes con trabajo que viven con sus padres.

Homero Simpson dice que lo bueno de Internet es que ahora no es necesario educar a los hijos. En parte, esto alude al más temprano aprendizaje para usar saberes y máquinas, fuera de la escuela y la familia, en la sociabilidad generacional. También implica modos de emancipación o autonomía antes imposibles. Al pasar del televisor familiar a la tele de cada hijo, al celular del hijo y otro de la hija (a veces a los seis años), cada uno accede por su cuenta a la información, la comunicación y los entretenimientos. Sabemos que Internet no es suficiente para educar.

Pero las escuelas están poco capacitadas para dar lo que no se encuentra en la red y para trabajar crítica y creativa mente lo que ofrecen las tecnologías recientes. En general, en los salones escolares se maneja el saber escrito, sobre todo libros, y se ha despreciado la televisión y el cine (salvo en países como Francia, donde los medios audiovisuales forman parte del currículum escolar). Un día los maestros vieron llegar las computadoras, que ofrecen a la vez lo escrito, lo audiovisual y lo digital, sin estar preparados para situarse en estas intersecciones. La dificultad de familiarizarse con las recientes tecnologías se vuelve más abrumadora porque la educación formal se negó a encarar, en la etapa anterior, los desafíos y las oportunidades de la televisión y el cine. El desencuentro entre padres, escuelas y medios tiene el aspecto de ser crónico, pero no es fatal. La seducción de las tecnologías más recientes y sus aportaciones innegables contribuyen a que los adultos dejemos de verlas como amenazas.

Si en las aulas y en las casas perdemos el miedo a los medios, lograremos formar, además de escritores y lectores críticos, niños y jóvenes que conozcan con qué técnicas las pantallas movilizan emociones y ayudan a pensar tanto con conceptos como con imágenes, como hacer tareas creativas que no se limiten a cortar y pegar, filmar un videoclip sobre lo que les preocupa o discernir en la red entre lo que pueden hacer público o es privado.

Fuente: García Canclini, N. (2009) ¿Escuelas para divertirse y pantallas para aprender? Revista Proceso, núm. 26, edición especial (pp. 38-39). México.

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La Poesía.

Subgéneros Líricos.

La poesía es algo tan inútil como ocioso, indican algunas personas, restando importancia a la creatividad que no pueden comprender y, sin embargo, el arte poético considera tantos temas y sirve para tantas cosas. La poesía es la verdad que se busca y no se encuentra, es el origen de los tiempos, es el anhelo por la modificación de los hombres, es la energía que se renueva, es pureza infantil, es temperamento esencial, es el empeño de los que requieren de salvación, es fusión entre amor y muerte, es causa, efecto y consecuencia, es el consuelo de los necesitados y es el refugio supremo de los que saben interpretarla. La poesía es palabra, y la palabra es lenguaje, uno muy especial porque en él está depositada la grandeza artística de lo sublime. La poesía se dirige al universo, lo sigue y lo persigue, lo alcanza, lo captura y lo hace suyo, porque en la voz del poeta está la presencia de un ente superior. Éste la lleva hasta el alma de esos seres tan extraños y tan fuera de lugar que son los poetas, esos seres que asumen una comunicación metafísica con los humanos y que presentan el eco de la voz universal. Como ocurre en las creencias del mundo náhuatl, el poeta es el yoltéotl, esto tiene una circunstancia particular, ya que esta denominación tiene como significado el enviado de los dioses, y el yoltéotl era “el ser iluminado” que se relacionaba con los hombres mediante su obra literaria, en ella se encontraba el poder de la palabra y el contacto con las divinidades. El tono poético puede aparecer en todos los géneros, tanto en los clásicos como en los actuales; con respecto a los primeros puede ofrecerse en la épica y en la dramática. En cuanto a la lírica, ésta es en sí misma y naturalmente poética; de hecho, muchos entendidos utilizan los términos poesía y lírica como formas sinónimas. En los tiempos presentes, tenemos el ensayo que es una reflexión meditada sobre muy distintos temas; en cuanto a éste, en ocasiones, se habla de ensayo poético, así que una vez más está presente la poesía. Por lo común se menciona a la lírica como lo particularmente poético, ya que por este medio conocemos, a flor de piel, la sensibilidad del escritor; en la poesía lírica, podemos entender su forma de pensamiento sobre el desequilibrio universal, su concepción amorosa, la subjetividad de sus criterios y la armonía de sus ensoñaciones, entre otros aspectos espirituales; la posibilidad de la superación, el afecto colectivo, la expresividad de los anhelos están vigentes en el fondo poético. Los grandes temas que permanecen en la condición humana, amor, muerte, vida y sentimiento también residen como testimonios en la poesía lírica.

La  realidad, la imaginación, los ámbitos degradados y los mundos idealizados, a la vez, pueden encontrarse presentes en las nociones de la lírica porque ésta es interiormente sensible y se enfoca hacia las profundidades de la espiritualidad. Si la narrativa es anecdótica y la dramática es representativa; la lírica, por su parte, plasma el sentimiento puro en el texto. Entre más pro-funda es la sensibilidad poética, más humana resulta: la lírica es la literatura de lo excelso, del enaltecimiento, de la conversión y del idealismo. La poesía está construida por el fondo y la forma, los cuales conjugan sus procederes para integrar y lograr el resultado lírico. Se entiende como fondo la temática que da sentido a la poesía, y como forma la conjunción organizada de vocablos que convocan a la comunicación; fondo es el sentimiento mismo, y forma es la estructura correspondiente. En este sentido, la poesía lírica busca la estética interior y la estética exterior. Este gusto por lo sensible y lo bello ha estado presente en el espíritu humano desde los más antiguos tiempos, no hay que olvidar las “jarcias” y las “muhuashajas”, que son las primeras composiciones líricas que surgen en la España medieval, y también debemos voltear la mirada al presente, considerar la canción popular de hoy en día que llega hasta nosotros por toda clase de medios tecnológicos; en muchas de ellas se ofrecen rasgos puramente líricos que mueven y estimulan los sentimientos de los oyentes. A pesar de lo que se piense en círculos sociales alejados de la cultura artística, la poesía sigue presente en la actualidad conmoviendo a una gran cantidad de personas que la hacen suya a través del contacto directo con la lectura o escuchándola en festividades alusivas. Prueba de la actividad poética que pervive en nuestros días son los recitales públicos, los certámenes literarios, las presentaciones de escritos poéticos, las lecturas en voz alta, las mesas redondas sobre publicaciones poéticas, las entrevistas televisadas a poetas, la presencia de poemarios en las bibliotecas públicas, la venta de textos poéticos en librerías autorizadas, la presencia de ediciones antiguas en puestos improvisados, etcétera.

La poesía lírica tiene diferentes perfiles de estructuración, veremos a continuación algunas de las más importantes composiciones.

Oda

Se trata de una composición poética que proviene de la antigua civilización griega y que ha llegado hasta nuestros tiempos. La oda tiene la característica de ser cantada, o de decirse en voz alta acompañada de un instrumento musical, como podía ser la lira; justamente de este término, con el cual se denominaba a aquel instrumento, viene el vocablo lírico o lírica. La oda presenta distintos temas y especialmente se dirige a héroes, exaltando sus atributos, o a cualquier persona con el propósito de rendirle homenaje; la oda puede ser religiosa,

heroica, amorosa o filosófica, destacando siempre al individuo u objeto que tiene como motivo de inspiración.

Este tipo de composiciones tiene un origen mitológico, pues se supone que el primer declamador o cantor que las elaboraba como fuerza creadora fue Orfeo, héroe del universo mítico griego, que se dedicaba a la música y a la composición. Como señala cualquier mitología, pierde a su esposa, Eurídice, y sabiendo que ella ha pasado a la otra vida, baja al lugar de los muertos con el propósito de recobrarla. Se acompaña de su lira y de su ingenio poético, esperando que con ambos podrá convencer a las divinidades infernales para que su bella cónyuge le sea devuelta. Ahora bien, en realidad fue Píndaro, el primer magno cantor de la lírica griega, el que le concedió grandeza y virtuosismo a este tipo de composiciones. A él lo siguieron otros poetas de reconocida trascendencia en la antigüedad como Safo y Alceo, Anacreonte y Horacio, hasta llegar al mismo fray Luis de León con La oda a la vida retirada y, en épocas recientes, Pablo Neruda con Odas elementales.

Elegía

En sus orígenes, la elegía proviene de la antigüedad clásica, de Grecia en específico. Se trata de un canto funerario o de una lamentación por la muerte de una persona; es una composición poética de tipo lírico que se decía en los funerales como una especie de homenaje mortuorio.

Era de cierta brevedad; posteriormente, modificó su tamaño y se hicieron de mayor extensión y de diversos temas dolorosos que traían como consecuencia un pesar lírico por el fallecimiento de un ser querido. En su desarrollo, amplió sus perspectivas y usó como motivo los problemas familiares, los desastres provocados por las batallas, los problemas nacionales e, incluso, el quebranto por los conflictos amorosos. Si se puede decir que la oda es un homenaje a la vida, la elegía es un culto a la muerte, es un lamento por el despojo y el duelo irreparables que el hombre ha sufrido.

Las elegías se pueden clasificar en dos grupos: las llamadas elegías heroicas y las que se conocen simplemente como elegías. Las primeras implican una voz colectiva pues tienen por tema causas públicas, y las segundas presentan un duelo por motivos personales y, en este sentido, son más íntimas. Para su construcción, se habla del verso pentámetro o dístico elegíaco. Según se sabe, las primeras elegías proceden del siglo VII antes de Cristo y dos grandes escritores se disputan el honor de haber sido el primero en darlas a conocer, es decir, de ser reconocido como el creador original. Los especialistas no han llegado a una conclusión fundamentada sobre esta situación, y el nombre de los contrincantes literarios son Calino y Arquíloco. Si bien en la actualidad la elegía no está a la orden del día como tal, el sentimiento permanece porque la huella por el ser querido siempre es motivo de pesar y se convierte en duelo. El sufrimiento elegíaco se padece por una amistad perdida, por la patria lejana, por las desgracias inesperadas, por los afectos no correspondidos, por un cambio de fortuna inesperado. En este sentido, podemos recordar la famosa “Elegía a Ramón Sijé”, de Miguel Hernández o “La muerte del mayor Sabines”, de Jaime Sabines.

Égloga

Se trata de una idealización amorosa entre dos pastores (pastor y pastora), igualmente sublimados, que viven su romance en un escenario pastoril o bucólico; esto no es otra cosa más que un pretexto para rendir homenaje a la naturaleza y al tipo de vida que ésta prodiga. Las primeras églogas se recrean en la antigua Grecia y se surten de recurrencias de orden teatral para el lirismo de su expresividad, especialmente usan el monólogo y el diálogo. En ocasiones, el poeta mismo toma la personalidad del pastor para que, por medio de este re-curso, dé rienda suelta a su sentimiento poético. 

Las primeras églogas de las cuales se tiene noticia fueron creadas por Teócrito con el nombre de Idilios. Posteriormente, la evolución de las églogas siguió adelante haciéndose más extensas bajo la autoría de otros nombres, como fueron el de Virgilio, que adoptó la idea de encubrir su personalidad bajo la figura de un pastor y darle un toque autobiográfico. De esta manera, siguió idealizando personajes pertenecientes a la realidad social encubriéndolos con una apariencia pastoril; asimismo, las relaciones humanas toman presencia en un juego amoroso que tenía cierta conexión con acontecimientos provenientes de su vida personal. Con el Renacimiento, las églogas se retoman con Giovanni Bocaccio y Jacoppo Sannazaro; más tarde, hacen nuevas creaciones nombres tan destacados en la Historia de la literatura como Juan del Encina, Garcilaso de la Vega, Juan Boscán y Lope de Vega. También se dieron casos en que la égloga era tan común y popular que con cualquier pretexto aparecía una composición lírica de este tipo en el desarrollo de una novela pastoril.

Canción

Este término se gestó para nombrar poemas líricos que tenían la característica de ser cantados y acompañados con música. Esta determinante no es del todo exacta, porque muchas canciones en realidad eran odas o romances u otro tipo de composiciones a las que se les daba este nombre; así, llegó un momento que a cualquier poesía de tipo lírico con tema amoroso se le dio tal denominación. Posiblemente, el primer escritor que las popularizó fue Petrarca con su libro titulado Canzoniere; pero debemos señalar que las canciones como tales son más antiguas que la literatura medieval, y tuvieron su origen en tiempos de las épocas griega y romana.

De forma Poética… RADIO GEA INFORMA.