(Premio nobel de Japón)
A 122 años del nacimiento del autor japonés, el primer nipón en ganar el Premio Nobel de Literatura en 1968, exploramos en este apunte parte de su vida y legado literario: su infancia trágica, las primeras obras, el reconocimiento internacional y la preocupación por evocar y representar —más allá de las lenguas y fronteras— lo más bello y eterno que se pueda encontrar, aunque solo dure un momento.
Oscar Wilde, en La decadencia de la mentira, decía que «uno no ve nada hasta que no ve su belleza». Muchos años después, en otra parte del mundo, un joven escritor japonés se propuso mirar de esa manera y, así, crear una literatura que aún hoy sigue siendo leída y celebrada tanto en oriente como en occidente. Con una destreza notable para crear historias y atmósferas intimistas, en las que exploró distintos rincones del alma humana con una profunda sensibilidad, Yasunari Kawabata se conviritió en el primer autor japonés en ganar el Premio Nobel de Literatura en 1968 y en uno de los narradores más importantes de su generación.
Nacido el 14 de junio de 1899 en la ciudad de Osaka, su infancia estuvo marcada por la trágica muerte de sus parientes más cercanos. A los cuatro años perdió a sus padres y, poco después, a su hermana y abuelos. Para los quince, ya se había quedado completamente solo. Él mismo se autodefinía como un «niño sin familia ni hogar». Aún así, luego de su primera formación en un internado, llegó a la Universidad de Tokio, donde había comenzado a estudiar literatura inglesa; pero, al año, abordó la japonesa y se licenció en 1924.
Con 25 años, Kawabata ya era parte de un grupo de intelectuales, con el que llevó adelante la revista Bungei-jidai (Época del Arte Literario). En ella aparecieron muchos de sus primeros textos y, además, comenzó a configurarse —según comentan algunos críticos— el estilo shinkankaku-ha: conocido como “la nueva escuela de las sensaciones”. Desde esta perspectiva neosensorialista, con la que se expone una gran sensibilidad e intimidad narrativa en contraposición al estilo “directo y realista” de los escritores proletarios de los años treinta, por ejemplo, Yasunari Kawabata compuso sus obras que han marcado gran parte de la cultura literaria japonesa.

La belleza de Kawabata
Con sus primeras cuatro novela —La bailarina de Izu (1927), La pandilla de Asakusa (1930), Sobre pájaros y animales (1933) y País de nieve (1937)— Kawabata ya se había posicionado como uno de los autores más prometedores de todo el archipiélago nipón. Luego llegaron otras como El maestro de Go (1954), La casa de las bellas durmientes (1961) y Lo bello y lo triste (1965), con las que continuó reflexionando y trabajando sobre aquello que más le interesaba: retratar y evocar la belleza del mundo.
En su discurso que tituló El bello Japón y yo para recibir el Premio Nobel de Literatura, el escritor expresó: «(…) descubrí, por medio de la luz matinal, la belleza de los vasos en un restaurante. Vi esta belleza con toda claridad. Me encontré con ella, por primera vez. Pensé que nunca la había visto hasta ese momento. ¿No es precisamente este tipo de encuentro la esencia misma de la literatura y también de la vida humana? Si digo esto, ¿estoy yendo muy lejos, estoy exagerando mucho? Quizá sea así, pero también quizá no. En mis setenta años de vida es aquí donde por primera vez descubrí y fui consciente de esta suerte de luz que producen los vasos”.
Mucha de esa belleza, Kawabata la buscó en la representación de sus personajes femeninos, en las artes, en la ceremonia del té, en la propia naturaleza que incorporaba en sus obras. El autor trabajó con ese tipo de imágenes con la intención de conmover, de abstraer al lector, como sucede en muchas de sus novelas, para acercarle cierta sensación de lo efímero y a la vez de lo eterno que solo la belleza parece lograr. Es que para distintas culturas, sobre todo la asiática, lo eterno es lo cíclico, lo que se repite, lo que termina y vuelve a comenzar. Y no son pocos quienes allí encuentran cierta paz y esperanza, para alejar la ansiedad y desesperación que puede provocar lo puramente efímero.
Kawabata, en sintonía con el pensamiento budista, sabía que «para dejar de sufrir, había que dejar de desear» y acercarse a esa belleza que resulta más importante que «el propio yo». Sin embargo, en casi todos sus textos hay un “yo deseante” del que no se puede deshacer por completo. Sus personajes lo padecen y experientan esa tensión entre lo bello y lo triste, como titula en una de sus novelas más famosas. Esa tensión es el corazón de lo que en aquella región nipona se entiende como mono no aware: esa posibilidad de vibrar con la propia naturaleza y la poderosa sensibilidad que se despierta ante lo fugaz, efímero y perecedero.
No obstante, si bien el escritor japonés tuvo una gran preocupación sobre la forma a la hora de crear literatura, no deja de lado la inquietud por el fondo. En este sentido, el escritor argentino Miguel Sardegna, autor de la novela Los años tristes de Kawabata, comentó: «Creo que forma y fondo son elementos inseparables de su arte, como sucede, por otra parte, con los mejores escritores. Un maestro me dijo una vez que ‘el qué es el cómo’. Me gusta esa idea. El modo en que Kawabata trata sus temas es inseparable de los temas mismos. Dicho de otro modo, no puedo imaginar a Kawabata valiéndose de la misma preocupación estética para hablar de temas banales. No puedo imaginarlo, tampoco, abordando los mismos temas universales sin tener preocupaciones estéticas. Sencillamente no sería él».
Y agregó: «Creo que no debemos olvidar nunca que abordamos la literatura de Kawabata desde este rincón del mundo, con nuestros saberes y también con nuestras limitaciones. Oriente nos propone otra estética y otros sueños. Por otra parte, estoy convencido de que hay una belleza que precede a la auténtica comprensión. Si los textos de Kawabata vienen con esa bruma, dejemos que la bruma nos cubra, disfrutemos sin hacer más preguntas, porque no hacen falta las respuestas. No es necesario entender para saber que nos ha alcanzado la belleza”.


Es por esto que en este post vamos a compartir uno de los bellos cuentos de este autor, esperando que lo disfruten y que se convierta en un motivo para se animen a leer más de la obra de este premio nobel.
Este cuento se encuentra en el libro «Historias de la palma de la mano».
La langosta y el grillo
[Cuento – Texto completo.]
Yasunari Kawabata
Caminaba a lo largo del muro con techo de tejas de la universidad, cuando decidí cambiar de rumbo y marchar hacia el edificio de la facultad. Al cruzar la verja blanca que rodea el patio, desde un oscuro conjunto de arbustos, bajo unos cerezos que ya estaban negros, me llegó el canto de un insecto. Aminoré la marcha y presté atención a ese sonido, sin ganas de desprenderme de él, tanto que giré sobre mi derecha para no abandonar del todo el patio. Al volverme hacia la izquierda, vi que la verja se abría hacia un terraplén con naranjos y, al aproximarme a ese rincón, se me escapó una exclamación de sorpresa. Mis ojos, brillantes de curiosidad, descubrieron lo que se les revelaba y me apresuré con pasos ágiles.
En el fondo del terraplén se mecía un racimo de hermosas linternas multicolores, como las que se ven en los festivales de remotas aldeas campesinas. Sin necesidad de más datos, me di cuenta de que se trataba de un grupo de niños participando de una cacería de insectos en medio de los arbustos. Eran como veinte linternas. No solo las había carmesíes, rosas, violetas, verdes, celestes y amarillas, sino que alguna hasta brillaba con cinco colores al mismo tiempo. También había algunas rojas, de forma cuadrada, compradas en algún negocio. Pero la mayoría eran unas cuadradas y muy bellas que los propios niños habían fabricado con mucho amor y dedicación. Las linternas que se balanceaban, el grupo de niños en esa solitaria colina, ¿no componían acaso una escena digna de un cuento de hadas?

Cierta noche, uno de los niños de la vecindad había oído el canto de un insecto en esa colina. Se compró una linterna roja y volvió a la noche siguiente para buscarlo. A la siguiente, se le unió otro. Este nuevo compañero no podía comprarse una linterna, así que hizo cortes en el frente y la parte posterior de un cartón y, empapelándolo, colocó una vela en la base y le ató una cuerda en la parte superior. El grupo creció a cinco, y enseguida a siete. Aprendieron a colorear el papel que tensaban sobre el cartón ya cortado, y a dibujar sobre él. Luego estos sabios niños artistas, cortando de hojas de papel formas como redondeles, triángulos y rombos, y coloreando cada ventanita de un modo distinto, con círculos y diamantes rojos y verdes, lograron un diseño decorativo propio y completo. El niño de la linterna roja pronto la descartó por ser un objeto sin gusto que se podía comprar en cualquier negocio. El que se había fabricado la suya la desechó porque juzgó su diseño demasiado simple. Lo ideado la noche anterior resultaba insatisfactorio a la mañana siguiente. Cada día, con tarjetas, papel, pinceles, tijeras, navajas y cola, los niños hacían nuevas linternas que surgían de su mente y su corazón. ¡Mira la mía! ¡Que sea la más bella! Y cada noche salían a su cacería de insectos. Eran los niños y sus lindas linternas lo que estaba viendo ante mí.
Extasiado, me quedé dejando correr el tiempo. Las linternas cuadradas no solo tenían diseños pasados de moda y formas de flores, sino que los nombres de los niños que las habían construido estaban calados en caracteres rectos de silabario. A diferencia de los pintados sobre las linternas rojas, otras (hechas con cartulina gruesa recortada) llevaban sus dibujos sobre el papel que cubría las ventanitas, de modo que la luz de la vela parecía emanar de la forma y el color del dibujo. Las linternas resaltaban las sombras de los arbustos. Y los niños se acuclillaban ansiosos en esa colina dondequiera que oyeran el canto de un insecto.
—¿Alguien quiere una langosta?
Un chico, que había estado escudriñando un arbusto a unos tres metros de los otros, se irguió de improviso para gritar esa frase.
—Sí, dámela.
Seis o siete niños se le acercaron corriendo. Se amontonaron detrás del que la había hallado, intentando espiar dentro de la mata de plantas. Restregándose las manos y estirando los brazos, el muchacho se quedó de pie, como custodiando el arbusto donde estaba el insecto. Balanceando la linterna con la mano derecha, volvió a convocar a los otros niños.

—¿Nadie quiere una langosta? ¡Una langosta!
—Yo la quiero.
Cuatro o cinco chicos más llegaron corriendo. Parecía que nadie podría haber cazado un insecto más precioso que una langosta. El muchacho gritó por tercera vez.
—¿Nadie más quiere una langosta?
Otros dos o tres se aproximaron.
—Sí, yo la quiero.
Era una niña, que se ubicó justo a espaldas del chico que había encontrado el insecto. Dándose vuelta graciosamente, éste se inclinó hacia ella. Pasó la linterna a su mano izquierda y metió la derecha en el arbusto.
—Es una langosta.
—Sí, la quiero tener.
El chico se puso de pie de un salto. Como si dijera «aquí lo tienes», extendió el puño que aferraba el insecto hacia la niña. Ella, deslizando su muñeca izquierda bajo la cuerda de la linterna, envolvió con sus dos manos el puño del muchacho. Él abrió con presteza su puño. Y el insecto quedó atrapado entre el pulgar y el índice de la niña.
—Oh, no es una langosta sino un grillo.
Los ojos de la niña brillaron al mirar el pequeño insecto castaño.
—Un grillo, un grillo.
Los niños repitieron como un coro codicioso.
—Un grillo, un grillo.
Clavando su inteligente y brillante mirada en el chico, la jovencita abrió la jaulita que llevaba a un lado y depositó en ella al grillo.
—Es un grillo.

—Oh, sí, es un grillo —murmuró el chico que lo había capturado. Sostuvo la jaulita a la altura de sus ojos y observó el interior. A la luz de su bella linterna multicolor, también sostenida a la misma altura, observó el rostro de la niña.
Oh, pensé, y tuve envidia del chico, y me sentí cohibido. ¡Qué tonto había sido yo al no comprender su acción! Y contuve la respiración. Había algo sobre el pecho de la niña, algo de lo que ni el niño que le había dado el grillo, ni ella que lo había aceptado, ni los niños que observaban se habían percatado.
¿Acaso en la débil luz verdosa que caía sobre el pecho de la niña, no se leía claramente el nombre «Fujio»? La linterna del chico, que colgaba al lado de la jaulita de la niña, inscribía su nombre, grabado con navaja en la verde apertura empapelada, sobre el blanco kimono de algodón de ella. La linterna de la niña, que pendía blandamente de su muñeca, no proyectaba su inscripción con tanta claridad, pero era posible distinguir, en una temblorosa mancha roja sobre la cintura del muchacho, el nombre «Kiyoko». De este azaroso juego entre el rojo y el verde —fuera azar o juego— ni Fujio ni Kiyoko estaban enterados.
Incluso si por siempre recordaran que Fujio le había dado el grillo y que Kiyoko lo había aceptado, ni siquiera en sueños llegarían a saber que sus nombres habían quedado inscritos: en verde sobre el pecho de Kiyoko, en rojo en la cintura de Fujio.

¡Fujio! Cuando ya te hayas convertido en un hombre, ríe con placer ante el deleite de una muchacha, a quien le han dicho que se trata de una langosta, y recibe un grillo; y ríe también con cariño de su desilusión al recibir una langosta cuando le habían prometido un grillo.
Aun si tienes la astucia de buscar solo en un arbusto, alejado de los otros niños, debes saber que no abundan los grillos en este mundo. Probablemente encuentres una muchacha parecida a una langosta a quien veas como un grillo.
Aunque al final, a tu enturbiado y ofendido corazón hasta un verdadero grillo le parecerá una langosta. Y si llegara ese día, cuando te parezca que en el mundo solo abundan las langostas, me apenará que no puedas recordar el juego de luces de esta noche, cuando tu nombre por efecto de tu bella linterna se ha inscrito en verde sobre el pecho de una jovencita.

*FIN*
“Batta to suzumushi”, 1924
Radio GEA Informa.