VIY… (Nikolai Gogol)

Al estudiante de filosofía lo contrataron para que velara y para que le leyera oraciones a una bella joven muerta, por tres noches seguidas…
PRIMERA NOCHE.
A pesar de que el filósofo se había cuidado de beber una buena jarra de vodka para darse ánimos, a medida que se acercaba a la iglesia iluminada le iba ganando una inquietud secreta. Los relatos y extrañas historias que acababa de oír habían contribuido a exacerbar aún más su imaginación. La oscuridad que rodeaba la empalizada y los árboles se iba haciendo menos espesa y la vegetación cada vez era más escasa. Finalmente atravesaron la vetusta cerca de la iglesia y entraron en un pequeño patio. Más allá no se veía ningún árbol y solo se divisaban campos pelados y praderas sumidas en la oscuridad de la noche. Los tres cosacos y Jomá subieron por la empinada escalera del atrio y penetraron en la iglesia. Tras desear al filósofo un feliz cumplimiento de su cometido, cerraron la puerta, siguiendo las órdenes del señor, y lo dejaron allí.
El filósofo se quedó solo. Bostezó, luego se estiró, se sopló las dos manos y por último examinó el lugar. En medio de la iglesia se alzaba el negro ataúd. Los cirios parpadeaban delante de las oscuras imágenes, pero su luz solo iluminaba el iconostasio y apenas llegaba al centro de la iglesia. Los lejanos rincones del pórtico estaban envueltos en sombras. El iconostasio, alto y antiguo, daba muestras de una notable vetustez; solo algunos destellos brillaban en los relieves de las tallas recubiertas de oro. En algunos puntos la doradura se había desprendido, en otros se había oscurecido del todo; los rostros de los santos, completamente ennegrecidos, tenían un aire sombrío. El filósofo volvió a mirar en derredor.
—¿Y qué? —dijo—. ¿Por qué tener miedo? Los vivos no pueden entrar aquí y conozco oraciones tan efectivas contra los muertos y los aparecidos que no se atreverán a tocarme ni un dedo. ¡No hay que preocuparse! —dijo, sacudiendo la mano con resolución—. Vamos a leer.
Al acercarse al coro descubrió varios paquetes de cirios.
“Muy bien —pensó el filósofo—. Hay que iluminar la iglesia de manera que todo se vea como si fuera de día. ¡Ah, qué pena que en la casa del Señor no se pueda fumar en pipa!”.
Se puso a colocar cirios delante de todas las cornisas, atriles e iconos, sin escatimar ninguno, de modo que la iglesia no tardó en llenarse de luz. Solo en las partes más altas pareció que la oscuridad se espesaba y las sombrías imágenes miraban con mayor severidad desde sus antiguos marcos tallados, que en algunos puntos conservaban su pátina dorada. Se acercó al ataúd, contempló con prevención el rostro de la difunta y un ligero estremecimiento le obligó a cerrar los ojos. ¡Qué belleza tan terrible y deslumbrante!
Volvió la cabeza y quiso alejarse, pero una extraña curiosidad, ese sentimiento singular y contradictorio que no abandona nunca al hombre, y menos aún en los momentos de terror, le obligó a contemplarla una segunda vez mientras se alejaba, y luego, tras sentir otro estremecimiento, una tercera. En realidad, la soberbia belleza de la difunta tenía algo de pavoroso. Quizá no le habría causado ese pánico si hubiera sido más fea. Pero en sus rasgos no se advertía nada turbio, opaco, muerto. Estaba viva, y el filósofo tenía la impresión de que le miraba a través de los ojos cerrados. Hasta se figuró que una lágrima brotaba bajo las pestañas del ojo derecho; pero cuando esa lágrima se detuvo en la mejilla, distinguió claramente que era una gota de sangre.

El filósofo se dirigió con premura al coro, abrió el libro y, para darse ánimos, se puso a leer en el tono más alto que pudo alcanzar. Su voz retumbaba en los muros de madera de la iglesia, callados y sordos desde hacía mucho tiempo. Su profunda voz de bajo resonaba solitaria, sin eco, en ese silencio de muerte, y el propio recitador la encontraba extraña. “¿Por qué tener miedo? —pensaba entre tanto para sus adentros—. No va a levantarse del ataúd, pues teme la palabra de Dios. ¡Que siga tumbada! ¿Qué cosaco sería yo si me asustara? A lo que parece, he bebido de más, por eso todo se me antoja terrible. Tomaré una pulgarada de rapé. ¡Ah, qué tabaco tan bueno! ¡Un tabaco excelente, extraordinario!”.
Sin embargo, cada vez que pasaba una página, dirigía una mirada de soslayo al ataúd y sin querer se decía: “¡Va a levantarse! ¡Va a incorporarse! ¡Va a asomarse desde el ataúd!”.
Pero el silencio era sepulcral. El ataúd no se movía. Los cirios derramaban torrentes de luz. ¡Qué terrible es una iglesia iluminada por la noche, con un cadáver en su interior y sin un alma alrededor!
Alzó la voz y se puso a cantar en distintos tonos, tratando de ahogar sus últimos temores. Pero a cada instante volvía los ojos hacia el ataúd, como acuciado por una cuestión involuntaria: “¿Y si se levantara, y si se incorporara?”.
Pero el ataúd seguía inmóvil. Si al menos hubiera percibido algún sonido que delatara la presencia de un ser vivo, aunque fuera un grillo en un rincón… Pero solo se oía el leve chisporroteo de algún cirio lejano o el débil sonido, apenas audible, de una gota de cera cayendo al suelo.

“¿Y si se levantara…?”.
En ese momento la difunta irguió la cabeza.
El filósofo se frotó los ojos con espanto. Pero era cierto: ya no estaba tumbada, sino sentada en el ataúd. Jomá apartó la mirada y al cabo de un instante se volvió aterrado hacia la difunta. Esta se había levantado… Andaba por la iglesia con los ojos cerrados y los brazos extendidos, como si quisiera atrapar a alguien.
Se dirigía directamente hacia él. Presa del miedo, el filósofo trazó un círculo a su alrededor. Haciendo un esfuerzo, se puso a rezar oraciones y a pronunciar exorcismos que le había enseñado un monje a quien durante toda su vida se le habían aparecido brujas y espíritus impuros.
La difunta llegó casi hasta la misma raya, pero era evidente que carecía de poder para traspasarla; todo su cuerpo adquirió una tonalidad morada, como la de un cadáver de días. Jomá no se atrevió a mirarla. La difunta, que tenía un aspecto terrible, castañeteó los dientes y abrió sus ojos muertos. Pero no vio nada y, con una expresión de furor en su rostro tembloroso, se dirigió en otra dirección, extendió los brazos y tanteó cada columna y cada rincón tratando de atrapar a Jomá. Por último se detuvo, lo amenazó con el dedo y se tendió en el ataúd.
El filósofo, incapaz de serenarse, miraba con pavor la angosta morada de la muerta. De pronto, el ataúd se levantó de su lugar y empezó a volar con un silbido por todo el templo, cruzando el aire en todas direcciones. El filósofo lo veía casi sobre su cabeza, pero al mismo tiempo se daba cuenta de que no podía traspasar el círculo que había trazado, de modo que redobló sus exorcismos. El ataúd se desplomó en el centro de la iglesia y se quedó inmóvil. El cadáver volvió a levantarse, azulado, verdoso. Pero en ese momento se oyó el lejano canto del gallo. El cadáver se dejó caer en el ataúd y la tapa se cerró con estrépito.

El corazón del filósofo latía con fuerza y el sudor le corría a chorros; pero, confortado por el canto del gallo, se puso a leer a toda prisa las páginas que debería haber leído antes. Con la primera luz del día el sacristán vino a reemplazarle, acompañado del canoso Yavtuj, en esta ocasión en calidad de mayordomo de la iglesia.
Una vez en la casa, el filósofo estuvo largo rato sin poder conciliar el sueño; no obstante, la fatiga acabó venciéndole y durmió hasta la hora de la comida. Cuando se despertó, tuvo la impresión de que todos los acontecimientos de la noche anterior le habían sucedido en sueños. Para que recuperara las fuerzas, le dieron un cuartillo de aguardiente. Durante la comida no tardó en animarse, participó en la conversación y se comió un cochinillo casi entero; pero, por alguna razón que a él mismo se le escapaba, no se decidió a hablar de lo que le había sucedido en la iglesia y a las preguntas de los curiosos respondía:
—Sí, pasaron cosas muy extrañas.
El filósofo pertenecía a esa clase de personas a las que la buena mesa llena de sentimientos filantrópicos. Tumbado con la pipa entre los dientes, miraba a los presentes con singular ternura y no paraba de escupir.
Después de comer se sintió en una excelente disposición de ánimo. Salió a recorrer la aldea, conoció a casi todos los vecinos; en dos jatas tuvieron que echarlo; una bonita muchacha le dio un golpe en la espalda con una pala cuando, llevado por la curiosidad, quiso comprobar la calidad de la tela de su falda y de su blusa. Pero a medida que se aproximaba la noche, se fue volviendo más pensativo. Una hora antes de la cena casi toda la servidumbre se reunió para jugar al kragli, especie de juego de bolos en el que en lugar de estos se emplean unos palos largos. Como el ganador tenía derecho a cabalgar sobre el perdedor, ese juego tenía mucho interés para los espectadores, pues no era raro que el mayoral, ancho como una torta, se subiera a lomos de un porquero esmirriado y canijo, con el rostro lleno de arrugas; en otras ocasiones era el mayoral el que presentaba la espalda a Dorosh, que al subirse siempre comentaba:
—¡Qué toro más fuerte!
Las personas más ponderadas se sentaban en el umbral de la cocina, contemplaban el espectáculo con aire grave, fumando su pipa, y ni siquiera se inmutaban cuando los jóvenes se reían a mandíbula batiente de alguna broma del mayoral o de Spirid. Jomá trataba en vano de participar en el juego: un pensamiento sombrío parecía hincado en su cabeza como un clavo. Durante la cena se esforzó por compartir la alegría general, pero a medida que la oscuridad se extendía por el cielo, su corazón se iba llenando de terror.
—¡Bueno, señor seminarista, ha llegado la hora! —dijo el cosaco del pelo blanco, levantándose de la mesa con Dorosh—. Vamos a trabajar.
Llevaron a Jomá a la iglesia de la misma manera que la víspera, lo metieron dentro y cerraron la puerta. Nada más quedarse solo, la inquietud volvió a adueñarse de su pecho. De nuevo vio las oscuras imágenes, los brillantes marcos y el negro ataúd, que seguía inmóvil en medio de la iglesia, envuelto en un silencio amenazador.
—Bueno —exclamó—. Ahora ya estoy al tanto de todos esos prodigios. Solo la primera vez se asusta uno. ¡Sí! Solo la primera vez, luego ya no resulta tan terrible, no da ningún miedo.

SEGUNDA NOCHE.
Se acercó rápidamente al coro, trazó un círculo a su alrededor, pronunció varios exorcismos y se puso a leer en voz alta, decidido a no levantar la vista del libro y a no prestar atención a nada. Llevaba ya casi una hora leyendo, cuando empezó a toser y a sentir cierta fatiga. Sacó su tabaquera del bolsillo y, antes de llevarse el rapé a la nariz, dirigió una tímida mirada al ataúd. El corazón le dio un vuelco.
El cadáver estaba junto a él, ante la misma raya, y le miraba con sus ojos muertos y verdosos. El seminarista se estremeció y la sangre se le heló en las venas. Bajó los ojos al libro y se puso a recitar en voz aún más alta sus oraciones y sus exorcismos, mientras oía cómo la muerta rechinaba los dientes y agitaba los brazos, tratando de cogerlo. Pero una mirada de reojo le bastó para comprender que no podía verlo, pues lo estaba buscando en otro lugar. La difunta empezó a gruñir con voz sorda y pronunció con sus labios muertos palabras horribles, cuyo sonido ronco recordaba el borboteo de la pez hirviente. El filósofo no sabía lo que querían decir, pero entendía que encerraban algún significado terrible. De pronto, lleno de miedo, comprendió que estaba pronunciando conjuros.
Al poco tiempo se levantó viento en la iglesia y se oyó un rumor semejante a un vuelo tumultuoso. El filósofo oyó cómo unas alas golpeaban los cristales de las ventanas y los marcos de hierro, cómo unas garras arañaban las rejas y cómo una fuerza formidable sacudía la puerta y trataba de forzarla. Su corazón latía desbocado; con los ojos cerrados, el filósofo seguía recitando rezos y exorcismos. Por fin se oyó un grito en lontananza: era el canto lejano del gallo. El filósofo se detuvo extenuado y exhaló un suspiro de alivio.
Las personas que fueron a relevarlo lo encontraron más muerto que vivo. Apoyado contra la pared y con los ojos desorbitados, dirigía una mirada ausente a los cosacos que le sacudían. Tuvieron que sacarlo casi a rastras y sostenerlo durante todo el camino. Cuando llegaron al patio de la casa señorial, se estremeció y ordenó que le dieran un cuartillo de aguardiente. Una vez que lo bebió, se pasó la mano por los cabellos y comentó:
—Cuánta basura hay en este mundo. Suceden casos tan espeluznantes… Pero dejémoslo —añadió con un gesto de desaliento.
Las personas que se habían reunido a su alrededor agacharon la cabeza al oír esas palabras. Hasta un muchachuelo, al que todos los criados se creían con derecho a encomendar sus propios menesteres, como limpiar la cuadra o traer agua, hasta ese pobre muchacho se quedó boquiabierto.
En ese momento acertó a pasar por allí una mujer aún joven, cuyo vestido, muy ceñido, marcaba sus formas torneadas y fuertes; era la ayudante de la vieja cocinera, una coqueta incorregible que siempre encontraba alguna fruslería para adornar su cofia: un trozo de cinta, un clavel e incluso un papelito, a falta de algo mejor.
—¡Buenos días, Jomá! —dijo al ver al filósofo—. ¡Ay, ay, ay! ¿Qué te ha pasado? —gritó, juntando las manos.
—¿Qué te sucede, estúpida mujer?
—¡Ay, Dios mío! ¡Tienes el pelo completamente blanco!
—¡Vaya! ¡Pues es verdad! —exclamó Spirid, tras examinar al filósofo con atención—. ¡Te han salido tantas canas como al viejo Yavtuj!
Al oír ese comentario, el filósofo entró corriendo en la cocina, donde había visto un pedazo triangular de espejo sujeto a la pared, maculado por las moscas y adornado de nomeolvides, de pervincas y hasta de una guirnalda de caléndulas, señal de que la presumida coqueta lo empleaba para su arreglo personal. Allí comprobó con espanto la veracidad de esas palabras: la mitad de sus cabellos, en efecto, se habían vuelto blancos.
Jomá Brut agachó la cabeza y se quedó pensativo.
—Iré a ver al señor —dijo por fin—. Se lo contaré todo y le anunciaré que no estoy dispuesto a seguir rezando. Que me mande ahora mismo a Kiev.
Con esa determinación se dirigió a la escalinata de la casa señorial.
El centurión estaba en su habitación, casi completamente inmóvil; su rostro seguía expresando la misma tristeza desesperanzada que la primera vez que lo vio. Solo sus mejillas estaban mucho más hundidas. Era evidente que tomaba muy pocos alimentos o acaso ninguno. Su extraordinaria palidez le daba cierto aire de estatua de piedra.
—Buenos días, desdichado —exclamó cuando vio a Jomá, que se había detenido en el umbral con el gorro en la mano—. ¿Qué? ¿Cómo van tus asuntos? ¿Todo bien?
—No pueden ir mejor. Suceden allí tales diabluras que dan ganas de coger la gorra y salir pitando.
—¿Cómo es eso?
—Su hija, señor… No cabe duda de que es de origen noble; eso nadie se atreverá a negarlo; solo que… y no se lo digo con ánimo de ofender… que Dios se apiade de su alma…
—¿Qué pasa con mi hija?
—Se ha unido a Satanás y me da tales sustos que no soy capaz de leer las oraciones.
—¡Sigue leyendo! Por algo te eligió a ti. Mi palomita se preocupaba por su alma y quería expulsar con las oraciones cualquier pensamiento impuro.
—Como usted diga, señor, pero le juro que no puedo.
—¡Sigue leyendo! —insistió el centurión con la misma voz perentoria—. Solo te queda una noche. Harás una labor piadosa y yo te recompensaré.
—¡Por grande que sea la recompensa, señor, no seguiré leyendo! —exclamó Jomá con determinación.
—¡Escucha, filósofo! —dijo el centurión, y su voz se volvió más firme y amenazadora—. No me gustan los caprichos. Guárdate esas tretas para el seminario, aquí no te valdrán de nada. Si te doy una tunda, será muy distinta de las del rector. ¿Sabes lo que son unas buenas disciplinas de cuero?
—¡Pues claro! —dijo el filósofo bajando la voz—. Todo el mundo sabe lo que son: en grandes cantidades resultan intolerables.
—Sí. ¡Pero lo que no sabes es cómo sacuden mis muchachos! —dijo el centurión con aire intimidatorio, poniéndose en pie; su rostro adoptó una expresión altiva y hosca, que revelaba toda la fiereza de su carácter, aplacado tan solo por el peso del dolor—. Primero azotan, luego rocían la espalda con aguardiente y a continuación siguen golpeando. ¡Vamos, vamos! ¡Cumple con tu cometido! Si lo haces, recibirás mil ducados; y si no, puedes darte por muerto.
“¡Vaya! Menudo tipo —pensó el filósofo mientras salía—. Con él no valen bromas. Espera un poco, amigo, echaré a correr como alma que lleva el diablo y ni tus perros ni tú podréis darme alcance”.
Y Jomá tomó el firme propósito de escapar. Aguardó la hora de la sobremesa, cuando todos los criados tenían por costumbre meterse en los graneros, tumbarse en la paja y dormir con la boca abierta, dejando escapar tales ronquidos y silbidos que el patio parecía una fábrica. Por fin llegó ese momento. Hasta Yavtuj cerró los ojos y se tumbó al sol. El filósofo, asustado y tembloroso, se dirigió a hurtadillas al jardín, desde donde le parecía que podría ganar los campos con mayor facilidad y sin que nadie se diera cuenta. Aquel jardín se encontraba en el más completo abandono y, en consecuencia, parecía muy apropiado para cualquier empresa secreta. Salvo un pequeño sendero, abierto por necesidades de la casa, todo lo demás estaba cubierto de frondosos cerezos, saúcos y matas de bardana, cuyos espigados tallos destacaban en lo alto con sus rugosas y rosadas cabezuelas. El lúpulo se extendía como una red por la cima de esa abigarrada masa arbórea y arbustiva, formando una suerte de techumbre que llegaba hasta el seto y caía del otro lado en forma de retorcidas serpientes, que se entrelazaban con las campanillas silvestres. Al otro lado del seto, que servía de límite al jardín, crecía un auténtico bosque de maleza, en el que probablemente no se aventuraba nunca nadie; si una guadaña hubiera rozado con su filo sus tallos gruesos y leñosos, se habría roto en pedazos.
Cuando el filósofo se decidió a franquear el seto, los dientes le castañeteaban y el corazón le latía con tanta fuerza que hasta él mismo se asustó. Los faldones de su larga capa parecían pegados al suelo, como si alguien los hubiera sujetado con clavos. Cuando ya estaba del otro lado, creyó oír una voz semejante a un atronador silbido:
—¿Adónde vas?
El filósofo se sumergió en los matorrales y echó a correr, tropezando a cada momento en las viejas raíces y pisando un topo tras otro. Pensaba que, cuando saliera de esa maleza, solo tendría que atravesar un campo para llegar a unos endrinos frondosos y negros, donde podría considerarse fuera de peligro. Según sus conjeturas, en cuanto dejara atrás esos árboles, encontraría el camino que conducía directamente a Kiev. Atravesó el campo a todo correr y llegó hasta los endrinos, que a duras penas logró franquear, dejando, a modo de tributo, un trozo de levita en cada una de sus espinas; llegó así a una pequeña cañada. Un sauce desplegaba sus ramas, que en algunos lugares llegaban casi hasta el suelo. Un pequeño arroyo centelleaba límpido como la plata. Lo primero que hizo el filósofo fue agacharse para beber, pues sentía una sed insoportable.
—¡Qué agua tan buena! —dijo, secándose los labios—. Si pudiera descansar aquí un rato…
—No, es mejor que sigamos corriendo; seguro que ya nos persiguen.
Al oír esas palabras, pronunciadas por encima de su cabeza, se volvió: ante él estaba Yavtuj.
“¡Demonio de Yavtuj! —pensó el filósofo con irritación—. Con qué gusto te cogería por las piernas… y golpearía con una vara de roble tu asquerosa jeta y todo tu cuerpo”.
—Has hecho mal en dar semejante rodeo —continuó Yavtuj—. Habría sido mejor que tomaras, como yo, el camino que pasa por delante de la cuadra. ¡Qué pena de levita! El paño es bueno. ¿A cómo pagaste el arshín? En cualquier caso, ya hemos paseado bastante. Es hora de volver a casa.
El filósofo, rascándose detrás de la oreja, siguió a Yavtuj.
“¡Ahora esa maldita bruja me va a dar una buena! —pensaba—. Pero, en realidad, ¿por qué tener miedo? ¿Acaso no soy un cosaco? He leído ya dos noches y con la ayuda de Dios leeré la tercera. Para que el Maligno la proteja así, esa maldita bruja ha debido cometer no pocos pecados”.
Esas reflexiones le ocupaban cuando entraron en el patio. Animado por esas últimas consideraciones, le pidió a Dorosh, quien gracias a la protección del ama de llaves a veces podía entrar en las bodegas del señor, que le sacara un tonelillo de aguardiente; cuando los dos amigos, sentados a la entrada del cobertizo, se bebieron casi medio cubo, el filósofo se puso en pie de un salto y gritó:
—¡Músicos! ¡Que vengan músicos!
Y sin esperar a que llegaran, salió al centro del patio y se puso a bailar el trepak. Estuvo bailando hasta la hora de la comida, mientras los criados, que le habían rodeado, como suele suceder en tales casos, acabaron por escupir y marcharse, diciendo:
—¡Cuánto baila este hombre!
Por último el filósofo se tumbó allí mismo y se quedó dormido. Cuando llegó la hora de cenar, solo lograron despertarle arrojándole un cubo de agua fría por la cabeza. Durante la cena habló de las cualidades del cosaco y afirmó que este no debía tener miedo de nada.
—Ya es hora —dijo Yavtuj—. Vamos.
“¡Ojalá se te seque la lengua, verraco del demonio!”, pensó el filósofo y, poniéndose en pie, dijo:
—Vamos.

TERCERA NOCHE.
Por el camino el filósofo miraba a un lado y a otro y trataba de entablar conversación con sus acompañantes. Pero Yavtuj guardaba silencio y Dorosh no tenía ganas de hablar. La noche era infernal. Una manada de lobos aullaba en la lejanía. Hasta los ladridos de los perros tenían algo de terrible.
—Parece que no fueran lobos los que aúllan, sino alguna otra criatura —dijo Dorosh.
Yavtuj siguió callado y el filósofo no acertó a hacer ningún comentario.
Se acercaron a la iglesia y entraron; sus viejas bóvedas de madera testimoniaban lo poco que se preocupaba el dueño de la hacienda de Dios y de su alma. Lo mismo que las noches anteriores, Yavtuj y Dorosh se retiraron y el filósofo se quedó solo. Todo estaba como antes. El lugar tenía el mismo aspecto amenazador y conocido. Se detuvo un instante. El ataúd de la horrible bruja seguía inmóvil en el centro de la iglesia.
—No tendré miedo; palabra que no lo tendré —dijo, y, trazando un círculo a su alrededor, como las otras veces, empezó a recitar sus exorcismos.
El silencio era terrible; las llamas de los cirios temblaban e inundaban de luz toda la iglesia. El filósofo volvió una página, luego otra y advirtió que lo que leía no tenía nada que ver con lo que estaba escrito en el libro. Lleno de terror, se santiguó y se puso a cantar. Con ello cobró algún ánimo: prosiguió su lectura, las páginas pasaban una tras otra. De pronto… en medio del silencio… la tapa de hierro del ataúd se abrió con estrépito y la muerta se incorporó, aún más horrible que la primera vez. Sus dientes castañeteaban con furia, sus labios se agitaban convulsivamente y pronunciaban sus conjuros entre espantosos aullidos. En la iglesia se alzó un torbellino que tiró por el suelo los iconos y levantó por los aires los cristales rotos de las ventanas; las puertas saltaron de sus goznes; una horda infinita de monstruos entró volando en el templo de Dios, que se llenó del terrible rumor de sus alas y de los arañazos de sus garras. Todas esas criaturas volaban y se arrastraban, buscando por todas partes al filósofo.
Los últimos restos de la borrachera se disiparon de la cabeza de Jomá, que no paraba de santiguarse y recitaba las oraciones como buenamente podía, al tiempo que oía cómo esa turba inmunda se agitaba a su alrededor, rozándole casi con los extremos de sus alas y de sus repugnantes colas. No tuvo ánimos para mirarlos con detenimiento; solo vio que un monstruo enorme, cubierto de un bosque de cabellos revueltos, ocupaba toda la pared; a través de esa maraña miraban dos ojos horribles, con las cejas ligeramente arqueadas. Por encima de él flotaba en el aire una especie de enorme vejiga con miles de tentáculos y aguijones de escorpión, de los que colgaban jirones de tierra negra. Todos le miraban y le buscaban, pero no podían verlo porque estaba rodeado del círculo mágico.
—¡Traed a Vi! ¡Id a buscar a Vi! —retumbó la voz de la muerta.

De pronto la iglesia quedó en silencio; se oyó en lontananza el aullido de los lobos; pronto resonaron en todo el templo unos pasos trabajosos. Mirando de reojo, el filósofo vio que traían a un ser achaparrado, rechoncho, patizambo. Todo su cuerpo estaba cubierto de tierra negra, por entre la cual sus manos y sus pies sobresalían como nudosas y fuertes raíces. Andaba con dificultad, tropezando a cada paso. Sus largos párpados colgaban hasta el suelo. Jomá advirtió con espanto que su rostro era de hierro. Le llevaron por el brazo hasta el lugar donde se encontraba el filósofo.
—¡Levantadme los párpados! ¡No veo! —dijo Vi con voz cavernosa.
Y toda la horda se apresuró a cumplir su mandato.
“¡No mires!”, le susurró al filósofo una voz interior.
Pero no pudo resistir la curiosidad y miró.
—¡Ahí está! —gritó Vi, señalándole con su dedo de hierro.
En ese momento todas las criaturas que allí había se abalanzaron sobre el filósofo, que, muerto de miedo, cayó al suelo sin respiración y falleció en el acto.

En ese momento resonó el canto del gallo. Era ya el segundo, pues el primero no lo habían oído los gnomos. Los espíritus, asustados, se abalanzaron sobre las ventanas y las puertas, para salir volando cuanto antes, pero no tuvieron tiempo de escapar y se quedaron allí para siempre, adheridos a las puertas y las ventanas. Cuando entró el sacerdote, se quedó horrorizado al ver esa profanación de la morada de Dios y no se atrevió a celebrar allí el oficio de difuntos. La iglesia quedó abandonada para siempre, con los monstruos petrificados junto a las puertas y las ventanas. Con el tiempo, el bosque, las raíces, la maleza y los endrinos silvestres la ocultaron de tal modo que hoy día nadie podría encontrar su camino.

Radio GEA Informa.