Lo que nos hace humanos, lo que nos invita a movernos todos los días con característica felicidad y al mismo tiempo de forma directamente proporcional, nos obliga a vivir con angustia, sea posiblemente la idea de la Muerte.
¿Pero eso a quién le importa?
La muerte al final no es nada. ¡No existe!
Piénsalo, porque al descubrir qué se encuentra detrás del concepto de la Muerte vas a comenzar a despertar de muchas ideas mal construidas.

Nos regimos bajo un paradigma científico, observación y comprobación dicen los científicos, procedemos así porque creemos que los sentidos nos entregan la realidad tal y como es, delegamos en nuestros sentidos la descripción de nuestra realidad, los responsabilizamos de establecer los limites entre nuestra existencia y el comportamiento de todo el universo; dictamos afirmaciones aventuradas, “si lo puedo observar, si lo puedo tocar” entonces damos por hecho que es real. Si no somos capaces de percibirlo o no podemos cuantificar sus efectos en el mundo damos por evidente que no existe.
Pero existe otro paradigma aún más interesante y que podría ser fácilmente la antítesis del anterior, “todo aquello que percibo a través de mis sentidos es solamente una proyección de mi mente”… o sea, pienso y luego existo.
¡Nada de lo que veo significa nada!
Cuando afirmamos que con los ojos abiertos la visión es imposible, esto resulta difícil de aceptar, porque existen “verdades rotundas”, y nos prohiben cuestionarlas, siempre nos han enseñado a ver solamente con los ojos, a escuchar solamente con los oídos, nos obligan a contabilizar solamente con los números y peor aún nos enseñan a leer solamente las letras. Creamos fórmulas rígidas y comportamientos sin sentido y podría seguir. Pero si todo eso fuera forzosamente así, habría que preguntarnos… ¿Con qué ojos vemos mientras soñamos?
La percepción sensorial nos presenta la realidad de modo ilusorio y forja la creación errónea de los opuestos, imaginamos afirmaciones de los supuestos principios y de las absurdas determinantes que nos obligan a creer. Inventamos héroes y por correspondencia, también inventamos a los villanos.
De forma pretensiosa nos sentimos responsables de nombrar la realidad, le pusimos nombre y simbolizamos la Luz y la Oscuridad. Creamos de forma compleja un mundo de incertidumbres donde una vez inmerso en él no podemos volver a estar seguros de nada.
Socialmente, establecemos reglas absurdas, construimos verdades tan frágiles que hoy nos obligan a creer unas cosas y mañana nos hacen creer otras implícitamente contrarias. El mundo que percibimos hoy, ya no es el mundo en el que vivimos muchos de nosotros hace veinte años y aún así, en ambos casos, creíamos que sus circunstancias eran reales y hubiéramos muerto o matado por defenderlas. Todo esto se debe, posiblemente, al máximo error que siempre comete el ser humano, creer que percibir algo, es conocerlo; obviamente, la percepción requiere interpretación y la interpretación por definición distorsiona la realidad, adaptándola a los intereses o a los miedos de los ojos del observador.
Percibimos lo que ignoramos o desconocemos, vemos solo lo que queremos ver, escuchamos solamente lo que nos conviene. Aquel que ya conoce, quien tiene la certeza de que todo es una intuición, no necesita percibir.
¿Entonces, qué es lo que observamos?
Lo que percibimos, no es en absoluto el mundo real, sino la mejor suposición que forja de él nuestra mente. Todo lo que tenemos frente a nosotros es una realidad confusa, es si acaso una imagen movida que nunca distinguiremos de forma objetiva.

¡Pues bien, que inicie la magia!
La sabiduría Hermética nos recuerda en su segundo principio de correspondencia que todo lo que existe es parte de un solo conjunto y por lo tanto, como es arriba es abajo, o viceversa, o bien, como es adentro es afuera, si nada cambia dentro de nosotros, nada cambiará afuera y le llamo afuera por consecuencia semántica porque en realidad el afuera no existe, este concepto solamente es la representación de una idea. Todo lo que vemos es el resultado de nuestras propias experiencias internas, por ejemplo, mientras algunos observan de frente a un peligroso animal, otros simplemente vemos un perro o quizá un insecto, según sea el caso, por lo tanto, todo lo que proyectamos existe solamente en apariencia; mañana nos levantaremos para ir a trabajar o a la escuela pero solo de forma aparente, tenemos dinero, amigos, cosas que amamos o detestamos, asuntos que resolver y promesas que cumplir solo aparentemente y puesto que todo es así, en “apariencia”, nos sentimos bien o mal respecto a lo que nos sucede, nuestra respuesta tiene una relación directa con la suposición.
Cuando el hombre sueña, nada en ese sueño se percibe. Todo ya se encuentra en la mente desde antes de dormir, todo en el sueño, cualquier cosa o cualquier persona con la que te encuentres, eres tú mismo, cada ambiente es tu deseo y cada pesadilla se gesta desde tus más profundos miedos; Ahora, qué nos hace creer que en estado de vigilia esto sea diferente, ¿no podría ser que todo lo que aparentemente vemos afuera es igualmente una proyección de nosotros mismos? Caos adentro, caos afuera. Paz interna, paz externa. Amor dentro, amor fuera. Únicamente vemos aquello que queremos ver y es así como proyectamos en nuestras experiencias lo que llamamos mundo real. Y puesto que lo creemos real, así es como lo vivimos. Esta propuesta Freudiana es la base. Sea lo que sea que esté en tu mente, creerás estarlo experimentando, y esta verdad no va ha existir sino hasta el momento que tú quieras percibirla. Cada quien crea las imágenes y crea las palabras mientras las escucha para así poder aceptarlas o rechazarlas en base a las ideas que previamente has decidido que te definan.

Bajo estas condiciones decidimos entender el mundo entre buenos y malos, entre lo correcto y lo incorrecto, entre justos y pecadores, siendo todos estos juicios una proyección de nosotros mismos. Juzgamos el peligro desde una frágil suposición.
Tomamos decisiones desde un absoluto prejuicio. Juzgamos las acciones a través del sueño cuando todo juicio implica que estes viendo algo que posiblemente no existe. Calderon de la barca ya lo dijo, “la vida es sueño y los sueños sueños son”.
En presencia del conocimiento, el juicio carece de sentido, aquel que ya conoce, no emite juicio alguno, precisamente porque sabe que nadie puede conocer de forma correcta, de forma objetiva. Todo lo que vemos dentro de nuestras experiencias, esos a los que señalamos cuando se equivocan, a los que consideramos ignorantes, solo porque no saben lo mismo que uno, los inconscientes que hacen lo que tú jamás harías, o aquellos que traicionan nuestra confianza porque no se comportaron como lo esperábamos, son solamente chivos expiatorios, inocentes responsables, sobre quienes cargamos nuestra propia culpabilidad, ellos son la materia con la que construimos nuestro propio infierno.

El Ego nos hace creer que cuanta más ira descarguemos sobre de ellos, más a salvo nos encontramos. Pero hay que abrir los ojos, nadie se podría entender así mismo separado de los demás y esto se debe a que, tu Yo, separado de los demás no significa nada. ¡Piénsalo! El Ego ha creado para ti un universo personal, pensado para resolver tus problemas que él mismo ha generado. Y cubrir las necesidades que él mismo ha impuesto, es irrelevante cuantos dramas seas capaz de tolerar en tu vida, siempre habrá legiones más esperándote, ya que el Ego se alimenta del conflicto y de la lucha que mantienes para superarlos tal y como él interpreta el mundo, la batalla es garantía de vida, tal vez de supervivencia, pero la única victoria que vale la pena conseguir es aquella que no supone esfuerzo alguno, sin embargo, la sensación de esfuerzo debería hacernos preguntar si realmente estamos haciendo lo que deseamos. Y qué precio estamos pagando por ello. Pues el único esfuerzo que tendrá sentido ejercer es el que sirva para deshacer aquello que hemos inventado.
El Ego cree que sacrificándose así mismo se engrandece, pero eso es irreal, nunca sacrificamos nada si no esperamos un beneficio mayor que aquel que se está ofreciendo, por lo tanto, no hay bondad alguna en el sacrificio, la realidad que forjamos implica que alguien tiene que perder para que otro gane, pero no tiene porque ser así, también es posible que alguien pueda ganar algo, compartiéndolo.

El Ego ignora esto por completo, de allí nace su obsesión por el esfuerzo y la superación, propias de quien se percibe así mismo como carente y necesitado, razón por la cual establece innecesariamente objetivos bajo la promesa de un futuro mejor; los objetivos son la correa y nosotros somos el perro, aquel que alcanza su objetivo, en apariencia, se supera así mismo, pero igual que Sísifo solamente se encuentra empujando su pesada roca hasta la cima de una montaña que en algún momento le obligará a empezar de nuevo.

Aceptar las promesas del Ego te mantendrá girando dentro de una eterna cinta de Moebius que te llevará de ningún lugar, hacia ninguna parte, hasta que un buen día viendo tu vida repetirse una y otra vez decidas que ya tienes suficiente y te hagas por fin la pregunta…
¿Para qué tanto esfuerzo?
¿Para qué existimos?

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