El tiempo de aprender a vivir
ya es demasiado tarde.
Aragón.
Jean-Jacques Rousseau formuló el sentido de la educación en el Emilio, donde el educador dice de su alumno: “Lo que quiero enseñarle es el oficio de vivir”. La fórmula es excesiva, porque sólo se puede ayudar a aprender a vivir. Vivir se aprende por la propia experiencia con la ayuda de los padres primero y después de los educadores, pero también por los libros, la poesía, los encuentros. Vivir es vivir en tanto individuo afrontando los problemas de su vida personal, es vivir en tanto ciudadano de su nación, es vivir también en su pertenencia a lo humano. Sin duda, leer, escribir, contar son necesarios para vivir. La enseñanza de la literatura, de la historia, de las matemáticas, de las ciencias, contribuye a la inserción en la vida social; la enseñanza de la literatura es muy útil porque desarrolla a la vez sensibilidad y conocimiento; la enseñanza de la filosofía estimula la capacidad reflexiva en cada espíritu reflexivo y, sin duda, las enseñanzas especializadas son necesarias en la vida profesional. Pero cada vez más falta la posibilidad de afrontar los problemas fundamentales y globales del individuo, del ciudadano, del ser humano.

Vivir es una aventura.
Cada ser humano, desde la infancia, desde la escuela a la adolescencia, edad de las grandes aspiraciones y las grandes revueltas, hasta el momento de hacer las grandes elecciones de vida, amor, familia trabajo, y en toda edad hasta el final de la vida, encuentra el riesgo del error y de la ilusión, del conocimiento parcial o tendencioso. La escuela y la universidad enseñan conocimientos, pero no la naturaleza del conocimiento, que lleva en sí misma el riesgo del error y de la ilusión, porque todo conocimiento, comenzando por el conocimiento perceptivo y hasta el conocimiento por palabras, ideas, teorías, creencias, es a la vez una traducción y una reconstrucción de lo real. En toda traducción hay riesgo de error (traduttore traditore), lo mismo que en toda reconstrucción. Siempre estamos amenazados de equivocarnos sin saberlo. Estamos condenados a la interpretación y precisamos métodos para que nuestras percepciones, ideas, visiones del mundo sean las más confiables posible.
Por otra parte, cuando consideramos las certezas, incluyendo las científicas, de los siglos pasados, y cuando consideramos las certezas del siglo XX, vemos errores e ilusiones de los que nos creemos curados. Pero nada dice que estemos inmunizados de nuevas certezas vanas, de nuevos errores e ilusiones no detectados. Además, la escasez de reconocimiento de los problemas complejos, la sobreabundancia de saberes separados y dispersos, parciales y tendenciosos cuya dispersión y parcialidad son, ellas mismas, fuentes de error, todo eso nos confirma que un problema clave de nuestra vida de individuos, de ciudadanos, de seres humanos en la era planetaria, es el del conocimiento. Por todas partes se enseñan conocimientos, en ninguna parte se enseña qué es el conocimiento, mientras cada vez más investigadores comienzan a penetrar en esa zona misteriosa, la del cerebro/espíritu humano.

De donde la necesidad vital de introducir, desde las primeras clases hasta la misma universidad, el conocimiento del conocimiento. Así, enseñar a vivir no es sólo enseñar a leer, escribir, contar ni sólo enseñar los conocimientos básicos útiles de la historia, de la geografía, de las ciencias sociales, de las ciencias naturales. No es concentrarse en los saberes cuantitativos ni privilegiar las formaciones profesionales especializadas, es introducir una cultura de base que comporte el conocimiento del conocimiento. […] Y, haciendo camino, adquirí la convicción de que nuestra educación, que brinda útiles para vivir en sociedad (leer, escribir, contar), que brinda los elementos (desgraciadamente separados) de una cultura general (ciencias de la naturaleza, ciencias humanas, literatura, artes), si bien se consagra a preparar o proporcionar una educación profesional, presenta una carencia enorme en lo que concierne a una necesidad primordial de la vida: equivocarse e ilusionarse lo menos posible, reconocer fuentes y causas de nuestros errores e ilusiones, buscar en todos los casos un conocimiento lo más pertinente posible. De donde una necesidad primaria y esencial: enseñar a conocer el conocimiento que es siempre traducción y reconstrucción. ¿Es decir que pretendo traer la verdad? Traigo medios para luchar contra la ilusión, el error, la parcialidad. Las teorías científicas, como lo ha mostrado Popper, no aportan ninguna verdad absoluta y definitiva, pero progresan superando errores. No traigo una receta sino medios para despertar y estimular los espíritus a luchar contra el error, la ilusión, la parcialidad y, especialmente, contra aquellos propios de nuestra época de vagabundeo, de dinamismos incontrolados y acelerados, de oscurecimiento del futuro, errores e ilusiones que, en la crisis actual de la humanidad y de las sociedades, son peligrosos y quizá mortales.

El error y la ilusión dependen de la naturaleza misma de nuestro conocimiento, y vivir es afrontar sin cesar el riesgo de error y de ilusión en la elección de una decisión, de una amistad, de un lugar para vivir, de un (a) cónyuge, de un oficio, de una terapia, de un candidato en las elecciones, etcétera. […] Con todo, hay que tomar decisiones y, por ello, hacer elecciones. Lo que el pensamiento complejo enseña es a ser consciente de que toda decisión y toda elección constituyen una apuesta.
(FUENTE: Morin, E. (2015). Enseñar a vivir. Manifiesto para cambiar la educación. Buenos Aires: Nueva visión. (Fragmento)).

Todo lo que se enseña actualmente constituye, en cierto modo, una ayuda para vivir: las matemáticas son útiles para saber calcular (aunque las calculadoras nos hicieron perder el hábito) y, sobre todo, razonar lógicamente; las ciencias naturales para reconocernos en el universo físico y biológico; la historia para arraigarnos en el pasado e insertarnos en el devenir; la geografía para hacernos leer la historia de nuestra Tierra a través de la deriva de los continentes, los plegamientos, el levantamiento de las montañas, el tallado de los valles; la literatura nos permite desarrollar nuestro sentido estético y tanto las grandes novelas como los grandes ensayos podrían enseñarse como una educación de la complejidad humana. La filosofía debería mantener o reanimar en nosotros la pregunta sobre nuestra existencia y desarrollar en nosotros la capacidad reflexiva. El aporte de la cultura científica y el de la cultura humanística, desgraciadamente cada vez más separadas, podrían unirse para constituir una auténtica cultura que fuera auxiliar permanente de nuestras vidas. Pero eso ya requiere una profunda reforma.
Por ahora, Radio Gea Informa…
