La educación y las malas palabras.

En la vida real, la mayoría de los seres humanos tenemos muy claras las reglas de etiqueta. Desde niños aprendemos que burlarnos de nuestros compañeros o insultarlos con groserías tiene consecuencias negativas ante las autoridades de las escuelas.

Los adolescentes conocen también los riesgos a los que se enfrentan con el bullying o con comportamientos antisociales.

Pero ¿qué pasa cuando existe otra realidad virtual en la cual las burlas, las ofensas y los abusos verbales son admitidos y hasta justificados?

Por desgracia, las redes sociales se han convertido en una arena en donde las celebridades o incluso personajes de la talla del presidente de EU se sienten con la libertad de publicar y compartir su mala educación. Aparentemente este comportamiento no sólo está tolerado en las redes sociales, sino incluso, aplaudido. Comportamientos tan torpes como los insultos de la celebridad Rob Kardashian contra su exnovia dentro de estos medios de comunicación le han generado mas de 7 millones de seguidores en Twitter.

Pareciera que las redes sociales son un conducto por el cual los enojos, las frustraciones, el odio y el veneno pueden circular sin tener repercusiones negativas. De acuerdo a expertos en la materia, psicólogos y educadores, este tipo de comportamientos en redes sociales están generando serios conflictos en los niños y en los adolescentes. Por una parte, en la vida real les estamos enseñando ciertas reglas de comportamiento y, por otra, en la vida virtual o mediática les estamos enseñando que es adecuado permitirnos comportamientos contradictorios. Esta doble moral genera confusión e incluso enojo, pues los patrones de comportamiento adecuado son poco claros e incongruentes.

En un segundo plano el alto grado de exposición de los niños y adolescentes a la vida virtual está alejándolos del trato personal con educadores, amigos y familia, lo cual ha tenido repercusiones negativas en su desarrollo, una de ellas la baja autoestima, derivada de la falta de contacto real con la sociedad y una relación mas bruta e insensible con el contacto interpersonal. La forma cómo algunos tratan de mitigar este comportamiento es aplastando cobardemente a sus compañeros a través de redes sociales o, simplemente crea una falsa personalidad cimentada en la cantidad de likes o seguidores que tiene. Casos menos afortunados de baja autoestima se ven reflejados en las altas tasas de suicidio que se han observado año con año en sociedades desarrolladas.

A pesar de la baja popularidad de algunos personajes en la actualidad, un hecho innegable es que la estrategia que utilizan en redes sociales es la siguiente: Analizando su historial en Twitter se puede apreciar que mientras ellos tuitean acusaciones escandalosas o cargadas de ofensas, su popularidad aumenta. Éste hecho es un precedente que podría ser devastador para nuestra sociedad, pues estamos aceptando colectivamente que la violencia en redes sociales nos genera popularidad y ese comportamiento está avalado por los actuales líderes de la sociedad.

Más allá de las legislaciones en esta materia, valdría también la pena preguntarnos como sociedad hacia dónde queremos ir, qué queremos enseñar a los que vienen detrás de nosotros y cómo vamos a transmitir estos valores.

Uno de los objetivos de la escuela es enseñar “la buena lengua”, tanto en su expresión escrita como oral. En este sentido, los docentes se esfuerzan en que, desde edades tempranas, los niños hablen correctamente.

En ocasiones, la práctica suele ir por senderos bastantes disímiles a los de la realidad.

El mundo adolescente y evidentemente el adulto está lleno de “malas palabras” que constituyen verdaderas transgresiones verbales. Pero el debate aparece cuando se trata de definir qué es una “mala palabra”, tanto en su significado (lo que se dice) como en su enunciación (cómo se dice).

La pregunta es por qué son malas las malas palabras, ¿quién las define? ¿Son malas porque les pegan a las otras palabras?, ¿son de mala calidad porque se deterioran y se dejan de usar? Tienen actitudes reñidas con la moral, obviamente. No sé quién las define como malas palabras. Tal vez al marginarlas las hemos derivado en palabras malas. Ahora, a veces nos preocupamos porque los jóvenes usan malas palabras. A mí eso no me preocupa, que mi hijo las diga. Lo que me preocuparía es que no tengan una capacidad de transmisión y de expresión comunicativa al hablar o al escribir.

Las “malas” palabras forman parte del lenguaje popular y suelen ser adquiridas en el contexto familiar. Más aún, hasta pueden llegar a ser las primeras que se aprenden, en el marco de la simpatía que provoca escucharla. Los padres creen o que su hijo no entiende o que no escucha lo que hablan, pero en realidad ellos aprenden todo lo que oyen, hasta con el tono de voz pertinente. Se ha roto el mito de que los niños dicen malas palabras porque sí. Más del 70 u 80 por ciento las han oído de sus mayores, padres o parientes, ya sea accidentalmente o por hábitos de la persona.

En los últimos años el “buen habla” ha entrado en cruzada con un poderoso enemigo: las redes sociales, definidas como la madre de todas las “malas palabras”. Por ellas circulan miles de expresiones “mal habladas” y “mal escritas” que, a entender de algunos maestros, corren el riesgo de transformarse en lenguaje cotidiano. Pero la realidad, nuevamente nos puede sorprender. Los jóvenes escriben y leen en distintos soportes, pero pueden distinguir perfectamente los contextos en los que se expresan.

Saben, por ejemplo, que muchos de los enunciados que circulan por las redes no son “políticamente correctos” en la escuela y en este sentido, no los utilizan, al menos como parte del lenguaje científicamente establecido.

El escritor Daniel Link sostiene “La red demanda una claridad expositiva muy diferente a la de la cultura libresca… Los chicos y jóvenes jamás se caracterizaron por el buen uso del lenguaje. Estigmatizar a los jóvenes de hoy es un resentimiento propio del mundo de los adultos”.

Pero la escuela es la escuela y desde siempre ha tratado de combatir la “barbarie” que se expresaba a partir del lenguaje “mal hablado”. Esta cruzada, no sólo, la libra contra las palabras obscenas, sino también y esto es más delicado, contra modelos lingüísticos utilizados por sectores populares, que en ocasiones, forman parte de su acervo cultural.

La concepción ilustrada de la educación, ha tratado de superar todo enunciado popular que constituyese, a su entender, una falta de respeto o de recato al orden ilustrado y científico.

Aunque la escuela es un espacio de formación científica, y como tal, debe trabajar sobre el “buen” uso del idioma, no puede dejar de reconocer que muchas veces estos emergentes de la lengua son expresión de las variables sociolingüísticas de la comunidad.

La transgresión verbal no constituye un accidente ni una desviación del lenguaje. Las malas palabras no son voces sueltas que se escapan en forma esporádica y ocasional, de las bocas adolescentes sino que, por el contrario, conforman una particular función del lenguaje que desempeña un importante papel en la vida social y psicológica.

En este sentido, hablamos de lenguaje como expresión sociolingüística de una comunidad, que como tal, forma parte de la cultura trasmitida de adultos a niños. Las palabras, “buenas” y las “malas”, como el “mal” y “bien” decir, son manifestaciones sociales que expresan el saber (pensamiento) y el sentir (emociones) de una comunidad en un momento dado.

Pero el saber y el sentir no se revelan de la misma manera en los distintos sectores sociales. Hay saberes dominantes que estigmatizan determinadas palabras como parte del patrimonio de clases populares, y como tal, susceptibles de ser desterradas. Estos saberes arbitrarios, no permiten fisuras ni debates. De esta manera, las palabras oprimidas quedan incomunicadas, no pueden expresar sus ideas, ni su sentir o lo expresan de manera “no convencional”.

Paulo Freire dice que el proceso de alfabetización tiene todos los ingredientes necesarios para la liberación. “… el aprendizaje y profundización de la propia palabra, la palabra de aquellos que no les es permitido expresarse, la palabra de los oprimidos que sólo a través de ella pueden liberarse y enfrentar críticamente el proceso dialéctico de su historización (ser persona en la historia). El sujeto, paulatinamente aprende a ser autor, testigo de su propia historia; entonces es capaz de escribir su propia vida, consciente de su existencia y de que es protagonista de la historia”.

En este contexto, la escuela, sin renunciar a la formación científica, podría acompañar la conquista del sujeto por su propia palabra, permitiendo que las “malas” expresiones se conjuguen con las “buenas”, en la jerarquización de un lenguaje inclusivo y respetuoso de la existencia de distintos saberes y formas de sentir.

Las palabrotas están por todas partes. Es raro el día que no escuchas una. Incluso en restaurantes o tiendas, frecuentemente oímos a los clientes soltar groserías con total indiferencia al ambiente. La palabrería vulgar en público es ahora tan común que ha llegado a los programas de televisión.

Puedes preguntarte dónde está el daño en eso; finalmente, son solo palabras. Pero, al mismo tiempo, la mayoría de nosotros siente que hay algo que está mal. Sabemos que decir groserías no es saludable ni deseable. Es un mal hábito y una falta de educación.

En primer lugar, porque puede haber un uso legítimo para las palabrotas. Es una manera de poner una fuerza emocional extra en una declaración – ya sea para efecto o para aliviar el estrés extremo. El problema es que la sobreexposición a las malas palabras debilita su impacto y, como consecuencia, las vuelve inútiles. Al mismo tiempo, el hablar normal se vuelve menos eficaz y produce menos impacto.

Como adictos, exigimos dosis cada vez mayores para registrar cualquier efecto. Las palabrotas casuales, por lo tanto, se vuelven cada vez menos eficaces y, al mismo tiempo, nos fuerzan a usarlas cada vez más para intentar hacer que nuestras palabras tengan peso.

Lo que nos lleva a otro problema. El uso de palabrotas sirve para ofender al oyente, pero en conversaciones normales, eso es simplemente irrespetuoso – al igual que gritar con otra persona. La buena educación y cortesía determina que, en conversaciones comunes, debemos intentar que la otra persona se sienta razonablemente a gusto, mientras que usar malas palabras sirve para dejarla incómoda.

Juntar los dos aspectos es algo contradictorio. La única manera por la cual una persona se sentiría cómoda hablando con alguien que dice malas palabras todo el tiempo es que ésta admita que se ha vuelto insensible al punto de volver las groserías un sin sentido.

Finalmente, hay un problema un poco más abstracto. Es que lo que hacemos (incluyendo lo que decimos) afecta el modo en que pensamos. Los filósofos son conscientes de eso desde hace siglos, y los neurocientíficos están empezando a aprender también. Cada vez que hacemos o decimos algo, refuerza ciertas conexiones en nuestro cerebro, volviéndonos más propensos a hacer lo mismo una segunda vez, y así sucesivamente. Efectivamente, nuestro cerebro está creando hábitos todo el tiempo.

Esas conexiones no afectan solo una área del cerebro, sino todo. Cuando actuamos de cierta forma, empezamos a pensar de acuerdo con eso, y viceversa. Así, cuanto más vulgar fuera nuestro discurso, más vulgar será nuestro pensamiento y, en consecuencia, más vulgar será nuestro comportamiento y actitud en general.

Eso no quiere decir que hay una determinación extrema que relaciona las malas palabras a actitudes malas. Pero sí quiere decir y alertar sobre el hecho que un mismo proceso de pensamiento y actitud también incentiva al otro.

«La boca siempre habla de lo que está lleno el corazón»

En síntesis, decir malas palabras es algo grosero y destruye incluso una supuesta «utilidad» eventual de las palabrotas. Por todas esas razones, debemos intentar romper ese hábito.

El problema es que es muy fácil que se escape una palabra cuando el hábito de su uso está formado, especialmente en el calor del momento, cuando la mayoría de las palabrotas se siguen usando. Y una vez lanzadas, no hay vuelta atrás. Como Winston Churchill decía: Somos amos de las palabras no dichas, pero esclavos de aquellas que dejamos escapar.

Hay algunas formas de librarse del hábito de decir malas palabras. La primera es simplemente practicar no decir nada. Esta es una habilidad bastante fácil de desarrollar: durante las conversaciones normales cotidianas, basta hacer una pausa de vez en cuando antes de hablar. Cuando sientas ganas de maldecir algo, para y cuenta hasta cinco antes de abrir la boca. Eso ayudará a poner tu lengua bajo control (que es un hábito útil más allá de solo evitar palabras feas).

Por lo tanto, vamos a vigilar nuestra lengua e intentar elevarnos por encima de la vulgaridad que nos rodea.

Es por eso que en bachillerato, realizaremos un ejercicio de sensibilización, a fin de que los estudiantes reflexionen en torno al uso del lenguaje y las consecuencias de usar “Groserías”; promoviendo un lenguaje adecuado, respetuoso y amable con el otro.

Así mismo, al interior del colegio se ubicarán carteles con frases alusivas a la campaña, que permitan a los estudiantes identificar lo que implica usar un vocabulario grosero para comunicarse con otros.

Con estas actividades, buscamos fortalecer los valores del respeto, responsabilidad, amistad, fraternidad, solidaridad, entre muchos otros, en toda la comunidad educativa; a fin de que la Prepa, sea un espacio divertido y enriquecedor para el proceso de aprendizaje, como para la convivencia escolar. 

Desde acá… Radio GEA Informa.

La Nueva Identidad.


La Identidad es una transformación en movimiento que construimos como un proceso de convivencia, Y lo hacemos para formar parte de una comunidad, de un ambiente donde nos sentimos en armonía con otros. Por supuesto, en nuestra vida pertenecemos a diferentes comunidades, asociaciones o grupos políticos y culturales porque cuando somos parte de un grupo nuestras fuerzas se multiplican y toman significado, es más, si lo pensamos de forma objetiva todo lo que hacemos, lo realizamos con la comunidad en la mente, ya sea para bien o para mal, vivimos por la comunidad y para la comunidad, al menos así era hasta el siglo pasado. 

El siglo XX se distinguió por ser un mundo dividido por bloques con diferentes religiones, filosofías y economías que respondían a diferentes geografías, las identidades eran muchas y fácilmente distinguibles, pero en el curso de un siglo aprendimos que ninguna doctrina es más real que otra y descubrimos que cualquier ideología puede pervertirse rápidamente, todas las religiones se mancharon las manos de sangre todas pelearon por el monopolio del fanatismo y todos los pensamientos siguen buscando la exclusiva de lo humano. Sin embargo, esa era parte de la belleza social, la múltiple gama étnica nos unía a toda la humanidad y además, estábamos vivos dentro de las grandes diferencias culturales nos unificaba la angustiante constante de pensar para existir, actuar, defender nuestra propia ideología en defensa de nuestra patria y nuestra identidad. Antes las sociedades eran rotundas y además radicales, atendíamos el adagio que decía “un enemigo es aquel de quien no sabemos su historia”,evidentemente, dando por hecho que su historia representa esa famosa identidad. Odiábamos la diferencia pero establecíamos acuerdos en cuanto conocíamos su punto de vista, finalmente entendíamos que todos somos iguales pero las historias nos diferían. Los Nazis son producto de su historia, los estados comunistas y los estados capitalistas eran ideologías antagonistas que se basaban en los inicios del pensamiento, los presocráticos ya lo habían sentenciado dentro del idealismo y el materialismo, o sea, insisto, la sociedad estaba viva.

El Comunismo.

La sociedad del nuevo siglo tiene a su disposición un nuevo poder, esta nueva generación nace y crece dentro de las redes sociales, desde muy pequeña toda la gente, todas las personas se desarrollan como figuras sociales, comparten su casa y su vida a través de una pantalla, de esta manera el ser humano adquiere en primera persona la capacidad de proyectar la imagen que quieren vender de si mismo a los demás, ahora somos actores de un teatro donde nadie reconoce realmente al otro, vivimos una comedia en la que representamos un papel que previamente elegimos, vendemos una imagen acorde a lo que la sociedad establece o impone como éxito, de esta forma estamos construyendo una nueva identidad social, la del fraude, ahora ya no somos, solamente parecemos, nuestra nueva identidad es la farsa, el engaño, somos títeres de una tragedia donde los protagonistas ni siquiera se han cuestionado si lo aceptado socialmente lo llevan a la práctica porque realmente los hace felices o aunque les disguste están dispuestos a hacerlo solamente para pertenecer a esta nueva tendencia de personas con identidad falsa. Esta forma de actuar donde ya no importa quienes somos sino lo que fingimos, nos creamos un personaje que proyecta un deseo, una idealidad personal que estamos condenados a no ser en realidad, las personas no tienen una identidad estable para compartir a través de imágenes como hubiera sucedido el siglo pasado, recuerdo mis álbumes de estampas que me hacían conocer como era una persona del otro lado del mundo, como se vestían tradicionalmente los rusos, los orientales o las tribus de Nueva Guinea, ahora los jóvenes son parte de un fenómeno que crea identidades vacías e irreales a través de imágenes. Los adolescentes pelean por construirse una identidad superficial que se alimenta de estándares y referencias que les lleva a vestirse con instrumentos que contribuyen a una individualización, creando una nueva moral que no fomenta el pensamiento de grupo, ni la defensa de ninguna comunidad, lo común hoy en día es no pertenecer, ahora somos animales feroces que buscan aniquilar al más cercano o al más popular, dentro de las redes sociales responsabilizamos a los demás de nuestra propia felicidad y los hacemos cerradamente partícipes de nuestras tragedias, buscamos llenar nuestro perfil de amigos con gente que no conocemos, nos compramos una pantera nos tomamos una foto y la subimos a la red social para demostrarle a los demás que estamos “triunfando”, fingimos una sonrisa dentro de las aplicaciones solamente para demostrarnos o hacernos creer a nosotros mismos que no estamos vacíos interiormente.

El Capitalismo.

Estamos mutando en seres estúpidamente dependientes, estamos acomplejados y somos esclavos de una dependencia que manifestamos en todos los ámbitos, reclamamos la atención continua de los demás, discutimos porque no contestamos los mensajes inmediatamente; ya no sabemos estar solos, nos hemos convertido en una sociedad enferma de apegos, la felicidad radica en hallar el equilibrio entre la aceptación de nuestra identidad individual y la identidad del grupo al que hemos elegido para pertenecer, somos una sociedad “Fashion Victim” donde ya no es necesario definirse individualmente, quedamos satisfechos de ser simplemente clones de identidades que ni siquiera entendemos; sin embargo, es posible que el fenómeno de las Selfies, ir de compras solamente para atrapar el momento o ponernos un traje de baño y fingir la playa puede considerarse desde un punto de vista antropológico un elemento de nueva identidad cultural que comparten las nuevas generaciones, las redes sociales serán la memoria de los valores y los principios morales de este moderno grupo que desesperadamente buscan ser reconocidos. La necesidad constante de tener presencia en las redes sociales, una vez más, refleja la expresión de un vacío interior que las personas no saben llenar. La decisión de aceptar estos nuevos roles sociales o la determinación de atender estas nuevas necesidades absurdas desemboca finalmente en un sentimiento de culpa y una lucha interna derivada no del constructo de una identidad propia sino del miedo a ser rechazado, a no tener un solo LIKE, ser invisible dentro de un mundo globalizado. Tenemos que aceptar que nos encontramos ante la renuncia de nuestra propia esencia en pro de una aceptación colectiva, una renuncia que casi siempre deposita al individuo en la soledad, en la falta de autorrealización y frente al sentimiento de fracaso e inferioridad.

La Soledad.

Afortunadamente siempre hay rebeldes, personas inconformes, almas revolucionarias que no se resignan y que no se dejan atrapar por los establecimientos sociales, espíritus que siempre rompen los cánones y vuelven el equilibrio al universo, así como lo hicieran los Hippies o los Punks en su momento. Una vez más afirmamos que la identidad de la gente moderna se viste de Soledad. Hemos olvidado estar con nosotros mismos, hemos desdeñado vivir para nosotros de manera congruente con lo que aprendemos de nuestras propias experiencias. Estamos sedientos de aceptación ajena. Le estamos dando la espalda y no queremos admitir que necesitamos muy poco para no fallarnos a nosotros mismos; no queremos atrapar la esencia de lo íntimo, de lo humano, preferimos entregarnos al placer breve de lo público.

Unidos en la personalización de ideologías.

Deseo concluir recordando el origen y significado de la palabra identidad, etimológicamente “Identitas” es una palabra latina que deriva del famoso “Idem” y que hace referencia a las cualidades que nos hacen percibir a una persona como única frente a las demás y simultáneamente que esa persona implica lo mismo que el resto si la consideramos dentro de un grupo. Por lo tanto, la identidad es el constructo de una imagen sobre nosotros mismos que nos permite actuar en un entorno de forma acorde a nuestros pensamientos, los cuales nacen y son congruentes a la interacción con el grupo al que pertenecemos. Por lo tanto, los deseos de “tener” nos nublan la conciencia que debería obligarnos a conocernos a nosotros mismos, nos negamos la posibilidad de descubrir que pequeños o grandes placeres son los que particularmente nos llenan de dicha y cuales no.

Ignoramos nuestras bases de identidad.

Finalmente, Eres lo que publicas en las redes sociales, somos personajes de un foro donde podemos decirle al mundo lo que estamos pensando, antes de darnos la oportunidad real de pensarlo. Las máximas Kantianas nunca estuvieron tan vivas, “obra de tal modo que uses a la humanidad tanto en tu persona como en la persona de cualquier otro”, lo malo es que no lo hacemos como un fin sino como un vil medio. Actúa como si Dios te observara porque seguramente lo está haciendo.

  • ¿Buscas algo? Googlealo.
  • ¿Buscas a alguien? Facebookealo.
  • ¿Quieres pensar? Twitealo.
  • Y respeta ante todo a tus viejos porque ellos aprobaron sus estudios sin ayuda de Wikipedia.
Nuestra Identidad se viste de Soledad.

Para ustedes…

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