El gato Negro

Edgar Allan Poe.

No espero ni pido que nadie crea el extraño aunque simple relato que voy a escribir.
Estaría completamente loco si lo esperase, pues mis sentidos rechazan su evidencia.
Pero no estoy loco, y sé perfectamente que esto no es un sueño. Mañana voy a morir, y quiero de alguna forma aliviar mi alma. Mi intención inmediata consiste en poner de
manifiesto simple y llanamente y sin comentarios una serie de episodios domésticos.
Las consecuencias de estos episodios me han aterrorizado, me han torturado y, por fin, me han destruido. Pero no voy a explicarlos. Si para mí han sido horribles, para otros resultarán menos espantosos que barrocos.

En el futuro, quizá aparezca alguien cuya inteligencia reduzca mis fantasmas a lugares comunes, una inteligencia más tranquila, más lógica y mucho menos excitable que la mía, capaz de ver en las circunstancias que voy a describir con miedo una simple sucesión de causas y efectos naturales.

Desde la infancia sobresalí por docilidad y bondad de carácter. La ternura de corazón era tan grande que llegué a convertirme en objeto de burla para mis compañeros. Me gustaban, de forma singular, los animales, y mis padres me permitían tener una variedad muy amplia. Pasaba la mayor parte de mi tiempo con ellos y nunca me sentía tan feliz como cuando les daba de comer y los acariciaba. Este rasgo de mi carácter crecía conmigo y, cuando llegué a la madurez, me proporcionó uno de los mayores placeres.
Quienes han sentido alguna vez afecto por un perro fiel y sagaz no necesitan que me moleste en explicarles la naturaleza o la intensidad de la satisfacción que se recibe. Hay algo en el generoso y abnegado amor de un animal que llega directamente al corazón
del que con frecuencia ha probado la falsa amistad y frágil fidelidad del hombre.
Me casé joven y tuve la alegría de que mi mujer compartiera mis preferencias. Cuando advirtió que me gustaban los animales domésticos, no perdía ocasión para proporcionarme los más agradables. Teníamos pájaros, peces de colores, un hermoso perro, conejos, un mono pequeño y un gato.

Este último era un hermoso animal, bastante grande, completamente negro y de una sagacidad asombrosa. Cuando se refería a su inteligencia, mi mujer, que en el fondo era bastante supersticiosa, aludía con frecuencia a la antigua creencia popular de que todos los gatos negros eran brujas disfrazadas. No quiero decir que lo creyera en serio, y sólo menciono el asunto porque acabo de recordarla.
Pluto- pues así se llamaba el gato- era mi favorito y mi camarada. Sólo yo le daba de comer, y él en casa me seguía por todas partes. Incluso me resultaba difícil impedirle que siguiera mis pasos por la calle.
Nuestra amistad duró varios años, en el transcurso de los cuales mi temperamento y mi carácter, por causa del demonio Intemperancia (y me pongo rojo al confesarlo), se habían alterado radicalmente. Día a día me fui volviendo más irritable, malhumorado e indiferente hacia los sentimientos ajenos. Llegué, incluso, a usar palabras duras con mi mujer, y terminé recurriendo a la violencia física. Por supuesto, mis favoritos sintieron también el cambio de mi carácter.

No sólo los descuidaba, sino que llegué a hacerles daño. Sin embargo, hacia Pluto sentía el suficiente respeto como para abstenerme de maltratarlo, cosa que hacía con los conejos, el mono y hasta el perro, cuando, por casualidad o por afecto, se cruzaban en mi camino. Pero mi enfermedad empeoraba- pues, ¿qué enfermedad se puede comparar con el alcohol?-, y al fin incluso Pluto, que ya empezaba a ser viejo y, por tanto, irritable, empezó a sufrir las consecuencias de mi mal humor.
Una noche en que volvía a casa completamente borracho, después de una de mis correrías por el centro de la ciudad, me pareció que el gato evitaba mi presencia. Lo agarré y, asustado por mi violencia, me mordió ligeramente en la mano. Al instante se apoderó de mí una furia de diablos y ya no supe lo que hacía. Fue como si la raíz de mi alma se separaba de un golpe del cuerpo; y una maldad más que diabólica, alimentada por la ginebra, estremeció cada fibra de mi ser. Saqué del bolsillo del chaleco un cortaplumas, lo abrí mientras seguía sujetando al pobre animal por el pescuezo y deliberadamente le saqué un ojo. Me pongo más rojo que un tomate, siento vergüenza, tiemblo mientras escribo tan reprochable atrocidad.

Cuando me volvió la razón con la mañana, cuando el sueño hubo disipado los vapores de la orgía nocturna, sentí que el horror se mezclaba con el remordimiento ante el crimen del que era culpable, pero sólo era un sentimiento débil y equívoco, y no llegó a tocar mi alma. Otra vez me hundí en los excesos y pronto ahogué en vino los recuerdos de lo sucedido.
El gato mientras tanto mejoraba lentamente. La cuenca del ojo perdido presentaba un horrible aspecto, pero el animal parecía que ya no sufría. Se paseaba, como de costumbre, por la casa; aunque, como se puede imaginar, huía aterrorizado al verme.
Me quedaba bastante de mi antigua forma de ser para sentirme agraviado por la evidente antipatía de un animal que una vez me había querido tanto. Pero ese sentimiento pronto cedió paso a la irritación. Y entonces se presentó, para mi derrota final e irrevocable, el espíritu de la PERVERSIDAD. La filosofía no tiene en cuenta a este espíritu. Sin embargo, estoy tan seguro de que mi alma existe como de que la perversidad es uno de los impulsos primordiales del corazón humano… una de las facultades primarias indivisibles, uno de los sentimientos que dirigen el carácter del hombre. ¿Quién no se ha sorprendido a sí mismo cien veces en los momentos en que cometía una acción estúpida o malvada por la simple razón de que no debía cometerla? ¿No hay en nosotros una tendencia permanente, que nos enfrenta con el sentido común, a transgredir lo que constituye la Ley por el simple hecho de serlo (existir)? Este espíritu de perversidad se presentó, como he dicho, en mi caída final. Y ese insondable anhelo que tenía el alma de vejarse a sí misma, de violentar su naturaleza, de hacer el mal por el mal mismo, me empujó a continuar y finalmente a consumar el suplicio que había infligido al inocente animal.

La noche del día en que cometí ese acto cruel me despertaron gritos de «¡Fuego!» La ropa de mi cama era una llama, y toda la casa estaba ardiendo. Con gran dificultad pudimos escapar del incendio mi mujer, un criado y yo. Todo quedó destruido. Mis bienes terrenales se perdieron y desde ese momento no me quedó más remedio que resignarme.
No caeré en la debilidad de establecer una relación de causa y efecto entre el desastre y la acción criminal que cometí. Simplemente me limito a detallar una cadena de hechos, y no quiero dejar suelto ningún eslabón. Al día siguiente del incendio visité las ruinas. Todas las paredes, salvo una, se habían desplomado. La que quedaba en pie era un tabique divisorio, de poco espesor, situado en el centro de la casa, y contra el cual antes se apoyaba la cabecera de mi cama. El yeso del tabique había aguantado la acción del fuego, algo que atribuí a su reciente aplicación. Una apretada muchedumbre se había reunido alrededor de esta pared y varias personas parecían examinar parte de la misma atenta y minuciosamente. Las palabras «¡extraño!, ¡curioso!» y otras parecidas despertaron mi curiosidad. Al acercarme más vi que en la blanca superficie, grabada en bajorrelieve, aparecía la figura de un gigantesco gato. El contorno tenía una nitidez verdaderamente extraordinaria. Había una cuerda alrededor del pescuezo del animal.
Al descubrir esta aparición-ya que no podía considerarla otra cosa- el asombro y el terror me dominaron. Pero la reflexión vino en mi ayuda. Recordé que había ahorcado al gato en un jardín colindante con la casa. Cuando se produjo la alarma del incendio, la gente invadió inmediatamente el jardín: alguien debió cortar la soga y tirar al gato en mi habitación por la ventana abierta. Sin duda habían tratado así de despertarse.
Probablemente la caída de las paredes comprimió a la víctima de mi crueldad contra el yeso recién encalado, cuya cal, junto con la acción de las llamas y el amoniaco del cadáver, produjo la imagen que ahora veía.
Aunque, con estas explicaciones, quedó satisfecha mi razón, pero no mi conciencia, sobre el asombroso hecho que acabo de describir, lo ocurrido impresionó profundamente mi imaginación. Durante meses no pude librarme del fantasma del gato, y en todo ese tiempo dominó mi espíritu un sentimiento informe, que se parecía, sin serlo, al remordimiento. Llegué incluso a lamentar la pérdida del gato y a buscar, en los sucios antros que habitualmente frecuentaba, otro animal de la misma especie y de apariencia parecida, que pudiera ocupar su lugar.

Una noche, medio borracho, me encontraba en una taberna pestilente, y me llamó la
atención algo negro posado en uno de los grandes toneles de ginebra, que constituían el principal mobiliario del lugar. Durante unos minutos había estado mirando fijamente ese tonel y me sorprendió no haber advertido antes la presencia de la mancha negra de encima. Me acerqué a él y lo toqué con la mano. Era un gato negro, un gato muy grande, tan grande como Pluto y exactamente igual a éste, salvo en un detalle. Pluto no tenía ni un pelo blanco en el cuerpo, mientras este gato mostraba una mancha blanca, tan grande como indefinida, que le cubría casi todo el pecho.
Al acariciarlo, se levantó en seguida, empezó a ronronear con fuerza, se restregó contra mi mano y pareció encantado de mis cuitas. Había encontrado al animal que estaba buscando. Inmediatamente propuse comprárselo al tabernero, pero me contestó que no era suyo, y que no lo había visto nunca antes ni sabía nada del gato.
Seguí acariciando al gato y, cuando iba a irme a casa, el animal se mostró dispuesto a acompañarme. Le permití que lo hiciera, parándome una y otra vez para agacharme y acariciarlo. Cuando estuvo en casa, se acostumbró en seguida y pronto se convirtió en el gran favorito de mi mujer.

Por mi parte, pronto sentí que nacía en mí una antipatía hacia el animal. Era exactamente lo contrario de lo que yo había esperado, pero- sin que pueda justificar cómo ni por qué- su evidente afecto por mí me disgustaba y me irritaba. Lentamente tales sentimientos de disgusto y molestia se transformaron en la amargura del odio.
Procuraba no encontrarme con el animal; un resto de vergüenza y el recuerdo de mi acto de crueldad me frenaban de maltratarlo. Durante algunas semanas no le pegué ni fue la víctima de mi violencia; pero gradualmente, muy gradualmente, llegué a sentir una inexpresable repugnancia por él y a huir en silencio de su odiosa presencia, como si fuera un brote de peste.
Lo que probablemente contribuyó a aumentar mi odio hacia el animal fue descubrir, a la mañana siguiente de haberlo traído a casa, que aquel gato, igual que Pluto, no tenía un ojo. Sin embargo, fue precisamente esta circunstancia la que le hizo más agradable a los ojos de mi mujer, quien, como ya dije, poseía en alto grado esos sentimientos humanitarios que una vez fueron mi rasgo distintivo y la fuente de mis placeres más simples y puros.
El cariño del gato hacia mí parecía aumentar en la misma proporción que mi aversión hacia él. Seguía mis pasos con una testarudez que me resultaría difícil hacer comprender al lector. Dondequiera que me sentara venía a agazaparse bajo mi silla o saltaba a mis rodillas, cubriéndome con sus repugnantes caricias. Si me ponía a pasear, se metía entre mis pies y así, casi, me hacía caer, o clavaba sus largas y afiladas garras en mi ropa y de esa forma trepaba hasta mi pecho. En esos momentos, aunque deseaba hacerlo desaparecer de un golpe, me sentía completamente paralizado por el recuerdo de mi crimen anterior, pero sobre todo- y quiero confesarlo aquí- por un terrible temor al animal.

Aquel temor no era exactamente miedo a un mal físico, y, sin embargo, no sabría definirlo de otra manera. Me siento casi avergonzado de admitir- sí, aun en esta celda de criminales me siento casi avergonzado de admitir que el terror, el horror que me causaba aquel animal, era alimentado por una de las más insensatas quimeras que fuera posible concebir. Más de una vez mi mujer me había llamado la atención sobre la forma de la mancha de pelo blanco, de la cual ya he hablado, y que constituía la única diferencia entre este extraño animal y el que yo había matado. El lector recordará que esta mancha, aunque era grande, había sido al principio muy indefinida, pero, gradualmente, de forma casi imperceptible mi razón tuvo que luchar durante largo tiempo para rechazarla como imaginaria, la mancha iba adquiriendo una rigurosa nitidez en sus contornos. Ahora ya representaba algo que me hace temblar cuando lo nombro- y por eso odiaba, temía y me habría librado del monstruo si me hubiese atrevido a hacerlo-; representaba, digo, la imagen de una cosa atroz, siniestra… ¡la imagen del PATÍBULO! ¡Oh lúgubre y terrible máquina del horror y del crimen, de la agonía y de la muerte!

Y entonces me sentí más miserable que todas las miserias del mundo juntas. ¡Pensar que una bestia, cuyo semejante yo había destruido desdeñosamente, una bestia era capaz de producir esa angustia tan insoportable sobre mí, un hombre creado a imagen y semejanza de Dios! ¡Ay, ni de día ni de noche pude ya gozar de la bendición del descanso! De día, ese animal no me dejaba ni un instante solo; y de noche, me despertaba sobresaltado por sueños horrorosos sintiendo el ardiente aliento de aquella cosa en mi rostro y su enorme pesoencarnada pesadilla que no podía quitarme de encima- apoyado eternamente sobre mi corazón.
Bajo la opresión de estos tormentos, sucumbió todo lo poco que me quedaba de bueno. Sólo los malos pensamientos disfrutaban de mi intimidad; los más retorcidos, los más perversos pensamientos. La tristeza habitual de mi mal humor terminó convirtiéndose en aborrecimiento de todo lo que estaba a mi alrededor y de toda la humanidad; y mi mujer, que no se quejaba de nada, llegó a ser la más habitual y paciente víctima de las repentinas y frecuentes explosiones incontroladas de furia a las que me abandonaba.


Un día, por una tarea doméstica, me acompañó al sótano de la vieja casa donde nuestra pobreza nos obligaba a vivir. El gato me siguió escaleras abajo y casi me hizo caer de cabeza, por lo que me desesperé casi hasta volverme loco. Alzando un hacha y olvidando en mi rabia los temores infantiles que hasta entonces habían detenido mi mano, lancé un golpe que hubiera causado la muerte instantánea del animal si lo hubiera alcanzado. Pero la mano de mi mujer detuvo el golpe. Su intervención me llenó de una rabia más que demoníaca; me solté de su abrazo y le hundí el hacha en la cabeza. Cayó muerta a mis pies, sin un quejido.

Consumado el horrible asesinato, me dediqué urgentemente y a sangre fría a la tarea de ocultar el cuerpo. Sabía que no podía sacarlo de casa, ni de día ni de noche, sin correr el riesgo de que los vecinos me vieran. Se me ocurrieron varias ideas. Por un momento pensé descuartizar el cadáver y quemarlo a trozos. Después se me ocurrió cavar una tumba en el piso del sótano. Luego consideré si no convenía arrojarlo al pozo del patio, o meterlo en una caja, como si fueran mercancías, y, con los trámites normales, y llamar a un mozo de cuerda para que lo retirase de la casa. Por fin, di con lo que me pareció el mejor recurso. Decidí emparedar el cadáver en el sótano, tal como se cuenta que los monjes de la Edad Media emparedaban a sus víctimas.
El sótano se prestaba bien para este propósito. Las paredes eran de un material poco resistente, y estaban recién encaladas con una capa de yeso que la humedad del ambiente no había dejado endurecer. Además, en una de las paredes había un saliente, una falsa chimenea, que se había rellenado de forma que se pareciera al resto del sótano.
Sin ningún género de dudas se podían quitar fácilmente los ladrillos de esa parte, introducir el cadáver y tapar el agujero como antes, de forma que ninguna mirada pudiera descubrir nada sospechoso.
No me equivocaba en mis cálculos. Con una palanca saqué fácilmente los ladrillos y, después de colocar con cuidado el cuerpo contra la pared interior, lo mantuve en esa posición mientras colocaba de nuevo los ladrillos en su forma original Después de procurarme argamasa, arena y cerda, preparé con precaución un yeso que no se distinguía del anterior, y revoqué cuidadosamente el enladrillado. Terminada la tarea, me sentí satisfecho de que todo hubiera quedado bien.

La pared no mostraba la menor señal de haber sido alterada. Recogí del suelo los cascotes más pequeños. Y triunfante miré alrededor y me dije: «Aquí, por lo menos, no he trabajado en vano»

El paso siguiente consistió en buscar a la bestia que había causado tanta desgracia; pues por fin me había decidido a matarla. Si en aquel momento el gato hubiera aparecido ante mí, habría quedado sellado su destino, pero, por lo visto, el astuto animal, alarmado por la violencia de mi primer acceso de cólera, se cuidaba de aparecer mientras no se me pasara mi mal humor. Es imposible describir, ni imaginar el profundo y feliz sentimiento de alivio que la ausencia del odiado animal trajo a mi pecho. No apareció aquella noche, y así, por primera vez desde su llegada a la casa, pude dormir profunda y tranquilamente; sí, pude dormir, incluso con el peso del asesinato en mi alma.
Pasaron el segundo y el tercer día y no volvía mi atormentador. Una vez más respiré como un hombre libre. ¡El monstruo aterrorizado había huido de casa para siempre! ¡No volvería a verlo! Grande era mi felicidad, y la culpa de mi negra acción me preocupaba poco. Se hicieron algunas investigaciones, a las que me costó mucho contestar. Incluso registraron la casa, pero naturalmente no se descubrió nada. Consideraba que me había asegurado mi felicidad futura.
Al cuarto día, después del asesinato, un grupo de policías entró en la casa intempestivamente y procedió otra vez a una rigurosa inspección. Seguro de que mi escondite era inescrutable, no sentí la menor inquietud. Los agentes me pidieron que los acompañara en su registro. No dejaron ningún rincón ni escondrijo sin revisar. Al final, por tercera o cuarta vez bajaron al sótano. No me temblaba ni un solo músculo. Mi corazón latía tranquilamente como el de quien duerme en la inocencia. Me paseaba de un lado a otro del sótano. Había cruzado los brazos sobre el pecho e iba tranquilamente de acá para allá. Los policías quedaron totalmente satisfechos y se disponían a marcharse. El júbilo de mi corazón era demasiado fuerte para ser reprimido. Ardía en deseos de decirles, al menos, una palabra como prueba de triunfo y de asegurar doblemente su certidumbre sobre mi inocencia.

-Caballeros- dije, por fin, cuando el grupo subía la escalera-, me alegro de haber disipado sus sospechas. Les deseo felicidad y un poco más de cortesía. Por cierto, caballeros, esta casa esta muy bien construida… (En mi rabioso deseo de decir algo con naturalidad, no me daba cuenta de mis palabras.). Repito que es una casa excelentemente construida. Estas paredes… ¿ya se van ustedes, caballeros?… estas paredes son de gran solidez.

Y entonces, empujado por el frenesí de mis bravatas, golpeé fuertemente con el bastón que llevaba en la mano sobre la pared de ladrillo tras la cual estaba el cadáver de la esposa de mi alma.
¡Que Dios me proteja y me libre de las garras del archidemonio! Apenas había cesado el eco de mis golpes, y una voz me contestó desde dentro de la tumba. Un quejido, ahogado y entrecortado al principio, como el sollozar de un niño, que luego creció rápidamente hasta convertirse en un largo, agudo y continuo grito, completamente anormal e inhumano, un aullido, un alarido quejumbroso, mezcla de horror y de triunfo, como sólo puede surgir en el infierno de la garganta de los condenados en su agonía y de los demonios gozosos en la condenación.
Hablar de lo que pensé en ese momento es una locura. Presa de vértigo, fui tambaleándome hasta la pared de enfrente. Por un instante el grupo de hombres de la escalera se quedó paralizado por el espantoso terror. Luego, una docena de robustos
brazos atacó la pared, que cayó de un golpe. El cadáver, ya corrompido y cubierto de sangre coagulada, apareció de pie ante los ojos de los espectadores. Sobre su cabeza, con la roja boca abierta y el único ojo de fuego, estaba agazapada la horrible bestia cuya astucia me había llevado al asesinato y cuya voz delatora me entregaba ahora al verdugo. ¡Había emparedado al monstruo en la tumba!

2006 – Reservados todos los derechos
Permitido el uso sin fines comerciales

Ilustraciones de APP IPOE.

¿Por qué escribir Poesía?

El Yo Poético.

El título de esta reflexión cobija una paradoja que apenas puede resolverse de manera tautológica: se escribe poesía porque no se puede no hacerlo. Así supongo, le sucede a todos quienes practican el mas longevo y menos leído de los géneros. Seria entonces más lógico sustituir la pregunta ¿para qué escribir poesía? por otra menos exigente: ¿para qué no escribir poesía? Se escribe pues, porque algo impide que no se haga. Descartes, que bien podría haber dicho no descartes nada en lugar de pienso luego existo, solo dijo esto ultimo. La poesía es un pensar para existir, un modo de reflexión que ocupa una doble existencia; la del ser que escribe y la de la escritura. Se escribe poesía porque hay alguien que tiene algo que decir, o se siente solo y sale de su solipsismo en la libertad vigilada de las palabras, porque un hombre se enamora y una mujer quizá lo espera y espera un lenguaje transformado, y se escribe poesía por nostalgia, tristeza o felicidad, sin que necesariamente los estados de ánimos coincidan y terminen reflejándose con claridad en la página, lugar idóneo para aplicar a la existencia imperfecta un deseo imaginado.

Pero con el deseo no termina la ansiedad de los signos. También se escribe poesía para estar mas cerca de Dios y de uno mismo, pues para eso ya venimos creados a imagen y semejanza suya. Para ser una palabra más del Verbo. O posiblemente sea al revés. Dios, la mejor poesía del hombre. Yo, al menos, lo siento así. Recordaría, además, un lugar común y por eso comunitario: la poesía es el arte que permite divulgar emociones y celebrar la honestidad de las cosas que vemos. Su lugar es imprescindible pues deja conocer de otra manera los materiales que todo el mundo conoce y por ello sus únicas obligaciones son consigo misma. No en vano, la poesía es considerada la lectura mas difícil pues hay poetas que no pueden entender a otros poetas, algo que no podemos decir de un químico leyendo lo que escribió otro químico, y lo mismo puede aplicarse a disciplinas consideradas difíciles por el común de la gente, como la física y las matemáticas.

La poesía no tiene fórmulas que permitan poner en practica un proceso de decodificación y su dificultad parte de su falta de hipótesis, de puntos de partida y llegada. El acto poético deja percibir la distancia entre la palabra y su referente, sea una idea, un objeto o una emoción, haciendo de su posible sentido una estela móvil. Su utilidad no depende de la existencia de una verdad caracterizante situada en los elementos semánticos y lingüísticos, sino de la producción de diversos niveles de entendimiento no necesariamente relacionados con el mundo real. El poema esta definido por una forma, una estructura interna, una multiplicidad de sentidos y significados asociados a un proceso de representación no lineal, y a la suspensión del criterio de valor verdadero de emociones, sentimientos y cosas. Por ello mismo la poesía requiere un proceso lento de lectura y comprensión de la información de superficie.

En la época del Facebook, del Instagram y de los procesos mentales ayudados por un programa de software y de pantallas de computadora que actúan como paginas de un libro, todo debe captarse y demostrarse mas rápido que las variables consideradas, en tanto que las diferencias entre las elusivas diferencias no llegan a ser consideradas. A pesar de todo esto, la poesía se sigue leyendo de manera convencional, teniendo la participación del lector igual pasividad que cien años atrás. El método para interrogar al embellecimiento de la poesía no puede medirse pero tampoco apurarse. En su cadencia hay una integridad emocional y formal que rescata la fe en la realidad y descubre conexiones debajo de la superficie. El mejor uso de la lengua llega con ella, para no dejar de llegar a nosotros. Entonces, la pregunta ¿para qué escribir poesía? está respondida y podría terminar aquí mismo esta reflexión. Pero hay más. Antes que nada conviene apuntar que resulta extraño plantearse la pregunta casi al fin de una de las historias de la era, a grandes rasgos infinita, algo que no hubiera sido raro siglos atrás cuando la poesía gozaba de buena salud y los poetas todavía mas. A partir de la época moderna, diría en los últimos ciento cincuenta años, la poesía empezó a perder su poder de convocatoria y a convertirse en una isla a la deriva en el mar de las cosas nuevas que trajo la modernidad del nuevo siglo, porque otra no conozco. También, con el paso de los años se fue espaciando la intervención social de la poesía. El poeta paso a ser el raro, el desclasado, el ambiguo, el parásito enamorado de un lenguaje sin utilidad. Su ambición de novedad vino a toparse con un mundo donde cualquier cosa parece nueva porque todo se olvida (los procesos mnemotécnicos sufren un debilitamiento) y en la perdida del recuerdo reside la novedad ausente. Insatisfecho con lo que existe, el poeta encuentra un método vertical para disentir y lograr un análisis provisional de la realidad; desde allí deduce los universales del lenguaje para desintegrarlos. Cifra simbólica de una identidad detenida en la disimilitud y en la contigüidad, la poesía abarca un espacio de limites superpuestos que están dentro y fuera de lo que se quiere decir.

Se afirma desde distintos espacios culturales que la poesía está en crisis, que no se vende porque no se lee. Pocos editores se atreven a publicar poesía y los libreros se niegan a colocar en los escaparates de exhibición los libros de poesía alegando que a nadie le interesan. Prefieren dedicar ese espacio con precio a promocionar una novela cuya historia puede saberse antes de abrir el libro. No hay nada nuevo en esto, aunque la novedad, de tanto desgastarse se ha hecho más evidente. Desde el momento en que el hombre se preocupó de ordenar la vida como historia y no como mito, la poesía siempre ha estado en crisis. Su existencia depende de la crisis. En estos días autónomos y automáticos, la poesía no piensa tanto en su destino y en las amenazas de su extinción como en el sentido de su significado, mejor dicho, en la búsqueda tardía y parcial de este. Con esa facilidad que tienen los franceses para hacer marketing del apocalipsis, anunciaron hace tiempo que el arte en general esta muerto y lo mismo dirían de la poesía. Sin embargo, si vemos la cantidad de pintores que atentan diariamente contra la estética y el extraordinario número de libros de poesía que se publican en el mundo, con tirajes a veces millonarios como es el caso de la China, veremos entonces que la poesía, mucho mas que el arte en cuanto no tiene ningún fin lucrativo, es una contradicción viviente. Se escribe poesía mucho mas que antes (la imperfecta democracia moderna llegó a las musas), pero se lee menos, muchísimo menos. Según un estudio realizado en Estados Unidos, el 70 por ciento de los norteamericanos alguna vez escribió poemas, pero solo el 2 por ciento compro libros de poesía. Puede entenderse: es tanto el individualismo que a nadie importa la poesía de su vecino, ni siquiera para desearla. El furor romántico murió o se hizo desinterés, y pocos envidian las metáforas de los demás. El lugar singular debe ser de todos.

Ante una prueba estética, artística o escrita, el espectador anhela sentir algo que lo incluya en los acontecimientos. La distancia entre el objeto y el sujeto debe borrarse para que este último sienta la primacía de la respuesta sobre la pregunta. Las hipnóticas y pasajeras parábolas audiovisuales que nos sacuden diariamente cambiaron la forma de percibir la narración de la vida, la cual ahora sucede con teatralidad y sin nada esencial, ya que la existencia se percibe como una serie de secuencias en tecnicolor sin un argumento real. La mirada impaciente, casi sin prestar atención, encapsula la vivencia del momento; un momento de muy poco tiempo. Para seguir en ese tiempo se refugia en una vaguedad placentera que no esta aquí ni allá. Desde esa situación amorfa, carente de dogmas prevalentes y de un subtexto previo, la existencia asume las peculiaridades exhibicionistas de una incomunicación sin afán didáctico. Todo, incluso la poesía, sufre las trampas de una virtualidad real que permite al hombre ser ajeno al mundo y a sus semejantes. En ese ámbito de callado silencio, donde las cosas ahora son y ahora ya no, el olvido se convierte en desinterés y carencia de auditorio. Los jóvenes se encuentran absortos en las redes sociales y cuando la poesía se les presenta, los incipientes lectores quieren encontrar rápidamente el mensaje como si el poeta fuera un cartero que trae noticias para ser compartidas. Con el deterioro del lenguaje en la prensa y en la vida publica, las palabras resultan hoy una comodidad, una irrelevancia y una renuncia a su prestigio. Por eso cuando las palabras son complejas se tornan inexpresivas. La circularidad de la paradoja no deja de ser aterrante: todo debe ser entendido pues nada inentendible hay en el mundo.

Al desafiar el sentido y la idea de verdad, la poesía se recluye en su destino autosuficiente; virtual porque rechaza el reconocimiento. A través del mismo el conocimiento alcanza a liberarse de lo que no puede conocer. La poesía ejercita una libertad que une el presente con lo que paso hace mucho tiempo y por eso todavía no llego a ser actual. Cubre el trayecto de un descubrimiento que apela a las angustias, contradicciones y arbitrariedades de un lenguaje especifico que se sale del comercio del significado para evitarlo desde dentro. Henry James aconsejaba que el trabajo del arte fuera exquisito y que no se pareciera a la vida. La poesía, como disciplina emocional de un mundo imprevisible, cumple su cometido de traer la vida a un primer plano después de haberse distanciado de ella. Todas estas virtudes, creo yo ciertas, dejaron a un lado al poeta, quien paso a habitar en los márgenes de una sociedad mesocrática y utilitaria, guiada exclusivamente por valores de cambio y niveles de productividad. Su trabajo ocupa apenas una de las dos mitades modernas, aquellas a las que refería Baudelaire: «La modernidad es lo transitorio, lo volátil, lo contingente; es una de las mitades del arte; la otra mitad es eterna e inmutable».

El 27 de febrero de 1890 Mallarme dio una conferencia sobre su amigo, el poeta Villiers del’Isle-Adam, la cual comenzaba diciendo: «Un hombre acostumbrado a soñar viene a hablar de otro que esta muerto». Otro amigo de Mallarme, el pintor Edgar Degas, sentado en la primera fila, dijo apesadumbrado a los pocos minutos de iniciada la conferencia: «No entiendo, no entiendo». Se levantó y se fue. Como pocos antes, Mallarme celebró la dificultad como excepción y creía que sus contemporáneos, incluido el joven Marcel Proust, no sabían leer. Para Mallarme, un poema debería ser una entidad inalcanzable, pues no solo estaba separado de la sociedad y la cultura de la cual venía, sino también de la vida del autor. Debía dar la idea de que fue escrito fuera de la historia en cuanto, por su elíptica complejidad, está eximido de la diaria necesidad de comunicación. Queda claro, a partir de estos ejemplos, que el desdén de los jóvenes lectores por la poesía interesada en solo ser poesía no es nada nuevo. Max Nordau, en su libro Degeneración, de 1894, atacó las formas del arte moderno. Lo llamó insano. Particularmente aquel que no permitía la figuración de los temas. Desde mas de un siglo se le sigue pidiendo al poeta lo mismo: que prescinda del lenguaje figurativo, de la alusión y de la dicción elevada. Que describa al mundo tal cual es, con la mayor fidelidad y la mínima elaboración. En síntesis; claridad de expresión y simpleza de organización, además de una parsimoniosa lealtad a los sentimientos cotidianos y a las observaciones de los hechos ocurridos. Eso: la sinceridad de la experiencia y el lenguaje como ejemplo fotográfico. Para tener su espacio, la poesía debe ser inmediata y fácil, evitando presentar a las cosas en su estado de ignorancia. A partir de esta visión moderna, que ha insistido en hacernos creer que el lenguaje ordinario es más importante de lo que es, se concretó el rechazo de todo discurso que requiera mas de una interpretación. Para tener derecho de interacción social, la palabra poética debe respetar la lista de exigencias: la transparencia de la inteligencia presentada con un estilo vernacular, sin adornos y sin omitir la credibilidad de una vida (digo una porque hay otras) marcada por acontecimientos casuales y contingentes. Esto es: la realidad tenida como accidente o circunstancia.

En tiempos donde las ideologías y los grandes movimientos sociales que hacen reconocibles a las utopías históricas parecen cosa del pasado, la historia comprueba antes que nada la crisis del lenguaje y de la palabra escrita. Sobre todo, aquella crisis estética que rehusa lo anecdótico y lo narrativo. La poesía, sin posibilidad de opinión, devino un culto en la cultura; el juego religioso de unos cuantos pocos. Esto, evidentemente, no significó que se dejara de escribir poesía como tampoco se dejó de adorar a Dios incluso en aquellos regímenes donde las practicas religiosas son mas perseguidas. La analogía viene al caso: la página es el templo, y allí entra el poeta, absolutamente solo, a rezar, a estar más cerca de si mismo y del absoluto. Perturbadora y creadora de disturbios, la poesía aceptó su condición de practica absoluta y absolutamente privada, solipsista casi. Esto trajo grandes consecuencias ya que la poesía, como realidad literaria con valor de mercado, dejo de existir. Y en esto podemos estar de acuerdo, porque la realidad presente no permite desacuerdos, al menos de este tipo. Hoy escribimos en computadora, en tabletas, en smartphones y la escritura se ha hecho accesible. Tan fácil, que podemos corregir los textos sin tener memoria de lo que corregimos.

Vivimos la historia del acontecimiento inmediato y por lo tanto la perdida de tiempo, o mejor dicho, su falta de acumulación, es vista como una obscenidad sin atenuantes. La relectura solo puede existir en un tiempo de innecesario derroche (¿lo hay?), pues la lectura ha pasado a ser una practica tan fácil que podemos leer sin hacerlo. El texto existe como depositario de información de la cual tomamos solamente aquellas instancias retóricas de uso inmediato. En tiempos en que las cartas de amor se escriben y se envían a través de una máquina supuestamente secreta a la cual pueden tener acceso millones de usuarios, a nadie ha de extrañar que las intimidades radicales, como la poesía, sufran las consecuencias de estos desvaríos de la persona colectiva, que establece códigos para situar los secretos en la superficie. La poesía, que entre otras cosas exige una permanente corrección de la intimidad del significado, resulta una practica anacrónica en un tiempo, este, que quiere derrotar al tiempo dependiendo excesivamente de él. El ser que habla encuentra en la temporalidad un espacio y en lo que resulta del mismo, ambas cosas. Pronuncia una simple certeza: algo esta sucediendo. Nada protege a la poesía, salvo lo que en ella sucede. Nombrando actos y acontecimientos que solo suceden en las palabras, la poesía se ocupa de esa realidad situada entre lo que «ya esta en nuestras mentes y lo que todavía no pertenece a la memoria» (Flavio Ermini). La respuesta a su persistencia en ese trayecto aun sin definir es un signo impredecible y por ello algo difícil de descifrar, cuyas formas de mostrarse no se circunscriben a un solo y único momento de la interpretación. No sabemos de dónde viene ni a dónde va: está sucediendo y ya es bastante para validar su existencia. Por hacer de su objeto incompleto una excepción ideal, la poesía es la exageración del tiempo, la condensación del fragmento que contiene a todos los demás. Contiene un infinito cercano, al menos el de la elusividad del sentido, contribuyendo a que sus zonas retóricas sigan siendo inexploradas por las consecuencias del azar. En otras palabras, este existe como resultado de una razón sin razones, de un propósito que intenta definir pero sin definir.

El lenguaje poético no es inocente; en su producción sufre un proceso de sofisticación. Las condiciones bellas se resisten a ser reproducidas, pero finalmente ceden a las apariciones legitimas de las frases. De sus enigmas no nos podemos escapar. Cualquier posible escapatoria solo nos pondrá más cerca de la entrada. Lo que hace y deja hacer el lenguaje es infinito, convirtiéndose y siendo (ya antes de ser) en la única trascendencia a la cual tenemos acceso; no es una fe cuya existencia podemos aceptar o negar. Existe; esta allí como problema que nunca queda exhausto. Recuerda a la historia del niño judío que andaba por el pueblo pregonando, «tengo una respuesta excelente, que alguien me haga una pregunta». El lenguaje poético responde preguntas que todavía no se tienen. Como consecuencia, su inocencia resulta inaccesible pero su sabiduría visual logra que la percepción cambie de aspiraciones. Después de todo, lo inefable es ilegible. La poesía nos lleva al secreto que no sabíamos que estábamos buscando pero para el cual tenemos una respuesta.

Radio GEA Informa…

Colaboradoras gráficas de este artículo:

  • Fernanda Márquez.
  • Urania González Ortíz.
  • Alyssa Garduño.

El Cartel de Propaganda.

¿Cómo lo hago?

La publicidad tiene como objetivo hacer más probable la compra de un producto o servicio y favorecer las actitudes positivas hacia él. Para conseguirlo emplea la persuasión a través de los argumentos y los sentidos, apoyándose también en elementos como la música o los colores y generando emociones de agrado para crear una necesidad en el receptor.

El objetivo es llamar la atención de tu audiencia con una imagen visual impactante y un mensaje que incite a la acción. Para ello, no solo basta con que sea atractivo y te guste a ti personalmente, puesto que al diseñar carteles es preciso seguir unas reglas básicas, sin que esto limite tu creatividad.

Por otro lado, la Propaganda es un producto ideológico que busca cambiar la actitud del receptor con fines culturales, políticos y sociales, entre otros. Intenta hacer que las demás personas adopten el punto de vista del emisor a través del manejo emocional y la subjetividad del receptor. Y es precisamente de eso de lo que vamos a hablar ahora, te vamos a compartir algunos consejos para que realices el mejor cartel de propaganda y con ello logres persuadir y convencer a tu interlocutor para que reflexione y cambie algunas de sus ideas.

El cartel de propaganda es el tipo de cartel institucional  que producen los organismos oficiales,  administraciones públicas, estados,  partidos políticos  y  en general, organizaciones de distinta índole: religiosas, sindicales, etc.  Su fin común puede resumirse en conseguir adeptos a una idea o causa o bien, prevenir sobre determinadas conductas sociales, como es el caso de cartel reproducido aquí abajo sobre la violencia de género.

En general, podemos decir que este tipo de carteles comparten las mismas características  que los comerciales, aunque en este caso estemos hablando  de  productos «intangibles» o no materiales.

Una peculiaridad de los carteles propagandísticos es su fuerte carga connotativa pues con frecuencia recurre  a la emotividad y los sentimientos  para  alcanzar la adhesión de los individuos a una determinada causa o idea o acción.

Estructura de los carteles publicitarios.

Para saber cómo hacer un cartel de propaganda lo primero es conocer cuál es su estructura.

El cartel promocional, de fomento o propaganda está compuesto por diferentes partes, todas importantes para la comprensión y efectividad del mensaje en su totalidad. La estructura básica de los carteles publicitarios está formada por:

  • Título y subtítulo: Un titular llamativo es muy importante en cualquier campaña de marketing. En el caso de los carteles este generalmente es el texto más imponente a nivel visual.
  • Cuerpo: El cuerpo del póster puede ser en formato texto o imagen y es el que ofrece información sobre lo que se promociona.
  • Eslogan: Aunque no es obligatorio su uso (como tampoco lo son ninguno de estos elementos, ya que todo queda a consideración del diseñador), el eslogan se utiliza para reforzar la publicidad y la propaganda.
  • Logotipo de la marca o anunciante: Este elemento es fundamental para reforzar la imagen de marca y que el anuncio sea fácilmente reconocible, sobre todo por usuarios que se identifican con la empresa en cuestión.

La estructura del cartel de propaganda que hemos mostrado es orientativa. Cada diseñador debe conocer en profundidad lo que promociona y lo más importante, debe conocer a su público objetivo. De lo contrario, ni el mensaje, ni la imagen visual serán efectivos para a llamar su atención.

Karen Hernández Martínez

¿Cómo hacer propaganda? 5 consejos.

Ahora que ya conoces la esencia de un póster promocional es momento de descubrir cómo hacer un cartel de propaganda como todo un experto del diseño.

No se trata de construir una guía de pasos a seguir, ya que este es un proceso que emana de la creatividad de cada diseñador. Pero sí podemos ofrecerte algunos consejos que te servirán para generar ese impacto en tu audiencia y conseguir lo que te propones con esa intención de fomentar algo o provocar la reflexión de alguien.

1.     Conoce a tu público objetivo.

Antes de diseñar cualquier estrategia de promoción es necesario analizar en profundidad la audiencia a la que te diriges.

Sus características sociodemográficas, el lenguaje que utiliza, los productos y servicios que suele consumir, así como las plataformas de redes sociales en las que se comunica, son algunos de los datos que te ayudarán elaborar el cartel más acertado para tu público.

Danae M. Alonso García

2.     Piensa en tu mensaje.

Una vez que tienes claro quién es tu público y cómo puedes comunicarte con él, es momento de pensar en el mensaje que quieres transmitir. ¿Qué quieres decir? ¿Cómo transmitirlo? ¿Qué respuesta esperas? Responder a estas preguntas te puede ayudar a crear un mensaje contundente que genere expectación en tu audiencia.

Para que este sea efectivo debes tener en cuenta tres elementos:

  • Resolver un problema: Busca el famoso ‘punto de dolor’ de tu público objetivo y elabora un mensaje donde muestres cómo puedes satisfacer su necesidad.
  • Emociona: Las estrategias de marketing actuales buscan crear emociones en los usuarios y hacer que se sientan identificados con la historia que cuentas.
  • Llamada a la acción: Haz que ese usuario al que emocionaste con tu mensaje se convierta en cliente, con una llamada a la acción que le incite a consumir tu producto o adquirir tus hábitos cuanto antes.

El mensaje o la historia que cuentas en tu cartel de propaganda no puede ser extensa o recargada, para eso están los folletos, trípticos y otras herramientas. Los mensajes simples, ya sean visuales o de texto, son los más efectivos para los carteles promocionales.

Michell G. Cruz Tirado

3.     No olvides la información más importante.

Aunque es necesario simplificar tu mensaje, no debes olvidar colocar datos importantes sobre el producto o servicio que fomentas.

Por ejemplo, un anuncio donde se promociona la importancia de la lectura sin indicar las funciones u objetivos de esta, es un trabajo fallido. Por mucho interés que genere el cartel, no ganará nuevos adeptos, porque no saben cuales serán los beneficios inmediatos.

4.     Utiliza imágenes impactantes.

Las imágenes o diseños constituyen casi la totalidad de los carteles publicitarios, al no ser que tenga un formato tipográfico. Por ello, es importante elegir una imagen que genere impacto y se adapte a los intereses de tu público objetivo, así como a la identidad de tu marca.

Estadísticas aseguran que los usuarios suelen leer el contenido del cartel, solo si la imagen los ha convencido.

No obstante, los carteles tipográficos, aquellos que solo muestran texto, también son muy efectivos dependiendo de lo que se promocione y el mensaje que transmita.

Bianca A. Castillo Xela

5.     Combinar imagen y texto de forma adecuada.

Como te comentábamos al inicio del artículo, el diseño sigue determinadas reglas básicas, sin que esto corte las libertades creativas del diseñador. En este sentido, es fundamental combinar el texto y la imagen de manera correcta para que el mensaje sea claro y conciso.

Metzli Shakti Quintanar

Conclusión sobre cómo hacer un cartel de propaganda.

Ahora ya sabes cómo hacer un cartel de propaganda, teniendo en cuenta los elementos precisos para que sea efectivo y genere los resultados esperados.

Esta es una técnica muy utilizada en el marketing tradicional y digital, pero el mal uso de ella puede provocar graves consecuencias para tus intenciones.

Por ello, te invitamos a poner en práctica todos los consejos que te hemos dado en este artículo para que nos cuentes más adelante cuáles fueron los resultados.

Finalmente, dentro del contexto de los Carteles de Fomento a la Lectura debemos entender que son un recurso muy útil para emplear en el medio digital. Puedes difundir estas obras o bien involucrar a los usuarios en el proceso creativo mediante un concurso.

Invitar a crear carteles de lectura desde el ámbito escolar es una actividad muy útil por dos razones:

  • Desarrolla la creatividad
  • Hace reflexionar y pensar a los usuarios lectores sobre los beneficios de la lectura.

Por otra parte, incentiva a niños y jóvenes con interés y talento para el diseño y el dibujo a involucrarse con la lectura. Además, el hecho de que estos trabajos puedan ser difundidos y conocidos por muchas personas es un incentivo muy efectivo para la generación de jóvenes conectados con la tecnología.

Como podemos apreciar los Carteles de fomento a la lectura tienen un gran potencial no solo para su difusión, sino también, en la creación de actividades de animación lectora. Por ejemplo, un concurso de carteles, pues involucra a los usuarios en el proceso creativo de mensajes que animan a la lectura.

A continuación hacemos una selección de Carteles de Fomento a la Lectura que puedes compartir en las redes sociales de tu biblioteca y que te den inspiración para realizar actividades de animación lectora.

Equipo de trabajo:

(en orden de lista)

  • Danae M. Alonso García.
  • Bianca A. Castillo Xela.
  • Michelle G. Cruz Tirado.
  • Karen Hernández Martínez.
  • Metzli Shakti Quintanar. 
Prof. Víctor A. Cruz Pérez

GoodReads.

El otro FaceBook.

Inicialmente, los fundadores de la red social de Facebook crearon este espacio especificamente para los estudiantes de Harvard, pero posteriormente lo ampliaron a instituciones de educación superior en el área de Boston  y en la Universidad de Stanford. Gradualmente se le agregó soporte para estudiantes en otras universidades y finalmente a estudiantes de secundaria. Desde 2006, a cualquier persona que diga tener al menos 13 años se le ha permitido convertirse en usuario registrado de Facebook, aunque existen variaciones en este requisito según las leyes locales. El nombre “FACEBOOK” proviene de los directorios de fotos personales que a menudo se entregan a estudiantes universitarios estadounidenses, nosotros le llamamos anuario y en México básicamente solo se crean y distribuyen en escuelas de zonas socialmente “fifi”.

Llena tu perfil.

La idea de crear una comunidad basada en la Web en que la gente compartiera sus gustos y sentimientos no era nueva, pues David Bohnett, creador de Geocities, la había incubado a fines de la década de 1980. Una de las estrategias de Zuckerberg fue abrir la plataforma Facebook a otros desarrolladores, o sea, abriendole la puerta al mundo. 

Entre los años 2007 y 2008 se puso en marcha Facebook en español, traducido por voluntarios, extendiéndose a los países de Latinoamérica y a España.

Facebook cuenta con más de 2200 millones de usuarios activos y su popularidad ha provocado muchas reacciones negativas con respecto a la privacidad y a los efectos psicológicos que tiene en sus usuarios; por ejemplo, en los últimos años esta compañía se ha enfrentado con una intensa presión sobre la cantidad de “fake news” que provoca y que obviamente repercute directamente en la información social que se entrega y por otro lado, la incitación al odio y las representaciones de violencia que prevalecen en sus servicios.

Espacios de odio.

Hay que admitirlo, al inicio esta red social se torna entretenida y socialmente útil pero rápidamente se desgasta y su uso comienza a ser contraproducente a lo que buscamos, todos de alguna forma u otra nos enfermamos de Facebook, solamente tenemos que identificar los síntomas que sufrimos para darnos cuenta y aceptar que no es la mejor opción donde invertir nuestra vida, por ejemplo si entras a Facebook  y te sientes deprimido al ver las fotos de personas cercanas a ti donde  se lo están pasando “genial” y en la que evidentemente no apareces, ese sentimiento de malestar es un síntoma de que algo psicológicamente en ti necesita un ajuste, también usamos esta red social como un escape momentáneo de la realidad, pero si tratas de escapar del estrés de tu vida cotidiana dentro del Facebook y comienzas a darte cuenta que los perfiles ajenos tienen muchos más amigos que tú y que sus publicaciones reciben Likes en cantidades que tú nunca has tenido y tu estado anímico se agrava cuando te irritas al darte cuenta que no eres tan popular, o peor aún, eres de esos usuarios que vigilan con frecuencia el comportamiento de sus parejas dentro de la red social y se salen de control cuando los ajenos le dan suficientes me gusta o me agrada como para fincarle una presunta infidelidad, según los especialistas se afirma que las parejas que pasan mucho tiempo en Facebook son más propensos a tener “resultados negativos en su relación”, lo que puede llevar a verdaderas infidelidades, rupturas o divorcios, en fin, por eso esta semana te vengo a proponer algo, por qué no sueltas un rato el famoso caralibro y lo intentas en otra red social más elevada. 

Sentirse solo entre tantos amigos es un mal síntoma.

Goodreads es una comunidad de lectores lanzada como el proyecto privado del programador independiente y emprendedor Otis Chandler en 2006. Esta página web permite a los usuarios darse de alta y seleccionar libros del catálogo de la propia página para crear sus propias «estanterías digitales» en su perfil y listas de lecturas. También permite a sus miembros crear sus propios grupos de sugerencia y discusión de libros y autores. En diciembre de 2007, el sitio había superado los 650.000 miembros y los 10.000.000 libros añadidos. En julio de 2012, el sitio declaró tener 10 millones de miembros, 20 millones de visitas mensuales y 30 trabajadores. 

Qué les digo, GoodReads es el otro facebook, la gran diferencia, solamente esta constituida por una comunidad amante de los libros, entonces en lugar de leer chismes del muro solo encontrarás comentarios y breves reseñas de las lecturas de sus usuarios. Además, otro de los aspectos más interesantes del sitio es la comunidad, ya que se ofrece la posibilidad de conectar con otras personas. Permite a los lectores conocer novedades, libros destacados y otros usuarios con gustos similares. Asimismo, como una comunidad abierta, da la opción a los autores de crear sus perfiles y publicar sus propios libros para así mostrar permanentemente actualizaciones sobre sus trabajos actuales.

En el catálogo de la página se puede encontrar prácticamente cualquier libro que se haya editado. Los usuarios pueden añadir libros que no encuentren en la base de datos y los autores pueden añadir sus propios libros.

Existe también la posibilidad de descubrir nuevos títulos y de adquirirlos fácilmente a través de links bien ubicados que enlazan con las mayores tiendas digitales de internet, donde se pueden adquirir los libros dependiendo de la ubicación del comprador y del formato que se desee descargar.

Además de agregar los títulos al perfil en la propia página se puede sincronizar con Facebook para que actualice automáticamente las lecturas recientes. 

Pues vamos a cambiar de amistades virtuales un rato y vamos a darnos la oportunidad de ser parte de una nueva comunidad donde el único pretexto para pertenecer es tener el gusto por los libros, subrayo al decir que también puedes dar Like a todos los comentarios y recomendaciones literarias que se hacen unos a otros. 

Para todos ustedes … Radio GEA Informa.