La educación y las malas palabras.

En la vida real, la mayoría de los seres humanos tenemos muy claras las reglas de etiqueta. Desde niños aprendemos que burlarnos de nuestros compañeros o insultarlos con groserías tiene consecuencias negativas ante las autoridades de las escuelas.

Los adolescentes conocen también los riesgos a los que se enfrentan con el bullying o con comportamientos antisociales.

Pero ¿qué pasa cuando existe otra realidad virtual en la cual las burlas, las ofensas y los abusos verbales son admitidos y hasta justificados?

Por desgracia, las redes sociales se han convertido en una arena en donde las celebridades o incluso personajes de la talla del presidente de EU se sienten con la libertad de publicar y compartir su mala educación. Aparentemente este comportamiento no sólo está tolerado en las redes sociales, sino incluso, aplaudido. Comportamientos tan torpes como los insultos de la celebridad Rob Kardashian contra su exnovia dentro de estos medios de comunicación le han generado mas de 7 millones de seguidores en Twitter.

Pareciera que las redes sociales son un conducto por el cual los enojos, las frustraciones, el odio y el veneno pueden circular sin tener repercusiones negativas. De acuerdo a expertos en la materia, psicólogos y educadores, este tipo de comportamientos en redes sociales están generando serios conflictos en los niños y en los adolescentes. Por una parte, en la vida real les estamos enseñando ciertas reglas de comportamiento y, por otra, en la vida virtual o mediática les estamos enseñando que es adecuado permitirnos comportamientos contradictorios. Esta doble moral genera confusión e incluso enojo, pues los patrones de comportamiento adecuado son poco claros e incongruentes.

En un segundo plano el alto grado de exposición de los niños y adolescentes a la vida virtual está alejándolos del trato personal con educadores, amigos y familia, lo cual ha tenido repercusiones negativas en su desarrollo, una de ellas la baja autoestima, derivada de la falta de contacto real con la sociedad y una relación mas bruta e insensible con el contacto interpersonal. La forma cómo algunos tratan de mitigar este comportamiento es aplastando cobardemente a sus compañeros a través de redes sociales o, simplemente crea una falsa personalidad cimentada en la cantidad de likes o seguidores que tiene. Casos menos afortunados de baja autoestima se ven reflejados en las altas tasas de suicidio que se han observado año con año en sociedades desarrolladas.

A pesar de la baja popularidad de algunos personajes en la actualidad, un hecho innegable es que la estrategia que utilizan en redes sociales es la siguiente: Analizando su historial en Twitter se puede apreciar que mientras ellos tuitean acusaciones escandalosas o cargadas de ofensas, su popularidad aumenta. Éste hecho es un precedente que podría ser devastador para nuestra sociedad, pues estamos aceptando colectivamente que la violencia en redes sociales nos genera popularidad y ese comportamiento está avalado por los actuales líderes de la sociedad.

Más allá de las legislaciones en esta materia, valdría también la pena preguntarnos como sociedad hacia dónde queremos ir, qué queremos enseñar a los que vienen detrás de nosotros y cómo vamos a transmitir estos valores.

Uno de los objetivos de la escuela es enseñar “la buena lengua”, tanto en su expresión escrita como oral. En este sentido, los docentes se esfuerzan en que, desde edades tempranas, los niños hablen correctamente.

En ocasiones, la práctica suele ir por senderos bastantes disímiles a los de la realidad.

El mundo adolescente y evidentemente el adulto está lleno de “malas palabras” que constituyen verdaderas transgresiones verbales. Pero el debate aparece cuando se trata de definir qué es una “mala palabra”, tanto en su significado (lo que se dice) como en su enunciación (cómo se dice).

La pregunta es por qué son malas las malas palabras, ¿quién las define? ¿Son malas porque les pegan a las otras palabras?, ¿son de mala calidad porque se deterioran y se dejan de usar? Tienen actitudes reñidas con la moral, obviamente. No sé quién las define como malas palabras. Tal vez al marginarlas las hemos derivado en palabras malas. Ahora, a veces nos preocupamos porque los jóvenes usan malas palabras. A mí eso no me preocupa, que mi hijo las diga. Lo que me preocuparía es que no tengan una capacidad de transmisión y de expresión comunicativa al hablar o al escribir.

Las “malas” palabras forman parte del lenguaje popular y suelen ser adquiridas en el contexto familiar. Más aún, hasta pueden llegar a ser las primeras que se aprenden, en el marco de la simpatía que provoca escucharla. Los padres creen o que su hijo no entiende o que no escucha lo que hablan, pero en realidad ellos aprenden todo lo que oyen, hasta con el tono de voz pertinente. Se ha roto el mito de que los niños dicen malas palabras porque sí. Más del 70 u 80 por ciento las han oído de sus mayores, padres o parientes, ya sea accidentalmente o por hábitos de la persona.

En los últimos años el “buen habla” ha entrado en cruzada con un poderoso enemigo: las redes sociales, definidas como la madre de todas las “malas palabras”. Por ellas circulan miles de expresiones “mal habladas” y “mal escritas” que, a entender de algunos maestros, corren el riesgo de transformarse en lenguaje cotidiano. Pero la realidad, nuevamente nos puede sorprender. Los jóvenes escriben y leen en distintos soportes, pero pueden distinguir perfectamente los contextos en los que se expresan.

Saben, por ejemplo, que muchos de los enunciados que circulan por las redes no son “políticamente correctos” en la escuela y en este sentido, no los utilizan, al menos como parte del lenguaje científicamente establecido.

El escritor Daniel Link sostiene “La red demanda una claridad expositiva muy diferente a la de la cultura libresca… Los chicos y jóvenes jamás se caracterizaron por el buen uso del lenguaje. Estigmatizar a los jóvenes de hoy es un resentimiento propio del mundo de los adultos”.

Pero la escuela es la escuela y desde siempre ha tratado de combatir la “barbarie” que se expresaba a partir del lenguaje “mal hablado”. Esta cruzada, no sólo, la libra contra las palabras obscenas, sino también y esto es más delicado, contra modelos lingüísticos utilizados por sectores populares, que en ocasiones, forman parte de su acervo cultural.

La concepción ilustrada de la educación, ha tratado de superar todo enunciado popular que constituyese, a su entender, una falta de respeto o de recato al orden ilustrado y científico.

Aunque la escuela es un espacio de formación científica, y como tal, debe trabajar sobre el “buen” uso del idioma, no puede dejar de reconocer que muchas veces estos emergentes de la lengua son expresión de las variables sociolingüísticas de la comunidad.

La transgresión verbal no constituye un accidente ni una desviación del lenguaje. Las malas palabras no son voces sueltas que se escapan en forma esporádica y ocasional, de las bocas adolescentes sino que, por el contrario, conforman una particular función del lenguaje que desempeña un importante papel en la vida social y psicológica.

En este sentido, hablamos de lenguaje como expresión sociolingüística de una comunidad, que como tal, forma parte de la cultura trasmitida de adultos a niños. Las palabras, “buenas” y las “malas”, como el “mal” y “bien” decir, son manifestaciones sociales que expresan el saber (pensamiento) y el sentir (emociones) de una comunidad en un momento dado.

Pero el saber y el sentir no se revelan de la misma manera en los distintos sectores sociales. Hay saberes dominantes que estigmatizan determinadas palabras como parte del patrimonio de clases populares, y como tal, susceptibles de ser desterradas. Estos saberes arbitrarios, no permiten fisuras ni debates. De esta manera, las palabras oprimidas quedan incomunicadas, no pueden expresar sus ideas, ni su sentir o lo expresan de manera “no convencional”.

Paulo Freire dice que el proceso de alfabetización tiene todos los ingredientes necesarios para la liberación. “… el aprendizaje y profundización de la propia palabra, la palabra de aquellos que no les es permitido expresarse, la palabra de los oprimidos que sólo a través de ella pueden liberarse y enfrentar críticamente el proceso dialéctico de su historización (ser persona en la historia). El sujeto, paulatinamente aprende a ser autor, testigo de su propia historia; entonces es capaz de escribir su propia vida, consciente de su existencia y de que es protagonista de la historia”.

En este contexto, la escuela, sin renunciar a la formación científica, podría acompañar la conquista del sujeto por su propia palabra, permitiendo que las “malas” expresiones se conjuguen con las “buenas”, en la jerarquización de un lenguaje inclusivo y respetuoso de la existencia de distintos saberes y formas de sentir.

Las palabrotas están por todas partes. Es raro el día que no escuchas una. Incluso en restaurantes o tiendas, frecuentemente oímos a los clientes soltar groserías con total indiferencia al ambiente. La palabrería vulgar en público es ahora tan común que ha llegado a los programas de televisión.

Puedes preguntarte dónde está el daño en eso; finalmente, son solo palabras. Pero, al mismo tiempo, la mayoría de nosotros siente que hay algo que está mal. Sabemos que decir groserías no es saludable ni deseable. Es un mal hábito y una falta de educación.

En primer lugar, porque puede haber un uso legítimo para las palabrotas. Es una manera de poner una fuerza emocional extra en una declaración – ya sea para efecto o para aliviar el estrés extremo. El problema es que la sobreexposición a las malas palabras debilita su impacto y, como consecuencia, las vuelve inútiles. Al mismo tiempo, el hablar normal se vuelve menos eficaz y produce menos impacto.

Como adictos, exigimos dosis cada vez mayores para registrar cualquier efecto. Las palabrotas casuales, por lo tanto, se vuelven cada vez menos eficaces y, al mismo tiempo, nos fuerzan a usarlas cada vez más para intentar hacer que nuestras palabras tengan peso.

Lo que nos lleva a otro problema. El uso de palabrotas sirve para ofender al oyente, pero en conversaciones normales, eso es simplemente irrespetuoso – al igual que gritar con otra persona. La buena educación y cortesía determina que, en conversaciones comunes, debemos intentar que la otra persona se sienta razonablemente a gusto, mientras que usar malas palabras sirve para dejarla incómoda.

Juntar los dos aspectos es algo contradictorio. La única manera por la cual una persona se sentiría cómoda hablando con alguien que dice malas palabras todo el tiempo es que ésta admita que se ha vuelto insensible al punto de volver las groserías un sin sentido.

Finalmente, hay un problema un poco más abstracto. Es que lo que hacemos (incluyendo lo que decimos) afecta el modo en que pensamos. Los filósofos son conscientes de eso desde hace siglos, y los neurocientíficos están empezando a aprender también. Cada vez que hacemos o decimos algo, refuerza ciertas conexiones en nuestro cerebro, volviéndonos más propensos a hacer lo mismo una segunda vez, y así sucesivamente. Efectivamente, nuestro cerebro está creando hábitos todo el tiempo.

Esas conexiones no afectan solo una área del cerebro, sino todo. Cuando actuamos de cierta forma, empezamos a pensar de acuerdo con eso, y viceversa. Así, cuanto más vulgar fuera nuestro discurso, más vulgar será nuestro pensamiento y, en consecuencia, más vulgar será nuestro comportamiento y actitud en general.

Eso no quiere decir que hay una determinación extrema que relaciona las malas palabras a actitudes malas. Pero sí quiere decir y alertar sobre el hecho que un mismo proceso de pensamiento y actitud también incentiva al otro.

«La boca siempre habla de lo que está lleno el corazón»

En síntesis, decir malas palabras es algo grosero y destruye incluso una supuesta «utilidad» eventual de las palabrotas. Por todas esas razones, debemos intentar romper ese hábito.

El problema es que es muy fácil que se escape una palabra cuando el hábito de su uso está formado, especialmente en el calor del momento, cuando la mayoría de las palabrotas se siguen usando. Y una vez lanzadas, no hay vuelta atrás. Como Winston Churchill decía: Somos amos de las palabras no dichas, pero esclavos de aquellas que dejamos escapar.

Hay algunas formas de librarse del hábito de decir malas palabras. La primera es simplemente practicar no decir nada. Esta es una habilidad bastante fácil de desarrollar: durante las conversaciones normales cotidianas, basta hacer una pausa de vez en cuando antes de hablar. Cuando sientas ganas de maldecir algo, para y cuenta hasta cinco antes de abrir la boca. Eso ayudará a poner tu lengua bajo control (que es un hábito útil más allá de solo evitar palabras feas).

Por lo tanto, vamos a vigilar nuestra lengua e intentar elevarnos por encima de la vulgaridad que nos rodea.

Es por eso que en bachillerato, realizaremos un ejercicio de sensibilización, a fin de que los estudiantes reflexionen en torno al uso del lenguaje y las consecuencias de usar “Groserías”; promoviendo un lenguaje adecuado, respetuoso y amable con el otro.

Así mismo, al interior del colegio se ubicarán carteles con frases alusivas a la campaña, que permitan a los estudiantes identificar lo que implica usar un vocabulario grosero para comunicarse con otros.

Con estas actividades, buscamos fortalecer los valores del respeto, responsabilidad, amistad, fraternidad, solidaridad, entre muchos otros, en toda la comunidad educativa; a fin de que la Prepa, sea un espacio divertido y enriquecedor para el proceso de aprendizaje, como para la convivencia escolar. 

Desde acá… Radio GEA Informa.

El apego emocional.

¿Es el resultado de las heridas de la infancia?

Todos sabemos que los primeros años y etapas de nuestras vidas son sumamente importantes para nuestro desarrollo y por lo tanto, para la manera en que aprendemos a comportarnos en el mundo; ¿pero, alguna vez te has preguntado hasta dónde llegan las consecuencias de lo que experimentamos de niños y durante nuestra adolescencia? 

En este ensayo me interesa hablar de una de estas consecuencias en particular y profundizar en ella con el objetivo de lograr comprender de dónde surgen ciertas tendencias afectivas de los seres humanos.

 Me refiero al apego emocional como consecuencia de las heridas que se les infligieron a temprana edad a muchas personas. 

Primero es necesario analizar los vínculos afectivos, con el fin de descubrir cómo, por qué y en qué momento llevan al apego emocional, o si al menos, guardan una relación entre ellos. 

Desde nuestros primeros momentos de vida los seres humanos desarrollamos un vínculo afectivo entre nosotros y nuestros padres (o tutores). Estos vínculos nos generan sensaciones de pertenencia y seguridad, lo que implica que desde pequeños poseemos la tranquilidad de explorar nuestros alrededores y además relacionarnos con otros seres humanos bajo la seguridad de que alguien siempre está allí para cuidarnos. Es ésta una de las razones por las que considero que la forma en que desarrollamos vínculos afectivos con nuestros cuidadores es un factor no necesariamente determinante, pero sí esencial para la formación de nuestra personalidad y carácter. Sin embargo, ¿qué sucede cuando un niño no recibe esta sensación de protección y seguridad de la mejor manera, o en el peor de los casos, no lo recibe? La falta de este aspecto tan importante en nuestras vidas puede afectar nuestro desarrollo, impacta en la formación de nuestra personalidad y aún más importante: influye la manera en que creamos vínculos con otras personas al crecer y en la vida adulta. 

Nuestros mayores, nuestra familia, tienen la responsabilidad no sólo de brindarnos las necesidades básicas para sobrevivir, sino también de ocuparse de nuestro desarrollo emocional, social y mental, un niño necesita recibir atención, cariño, protección y ser brindado de seguridad y estabilidad. A mi parecer, los niños deben recibir un trato que apoye la formación de su autoestima y autoconfianza, sin embargo, no debe olvidarse que otro aspecto esencial en su desarrollo es su educación y eso implica otro tipo de formación: una dirigida a tener valores y responsabilidad social; siempre teniendo cuidado de que en esta educación moral no se ejerza violencia física o emocional sobre ellos. 

Y aunque esto es lo adecuado para nuestra vida temprana, la gran mayoría de veces esta educación idealmente sana no es otorgada por los padres. Esto suele ser por una ideología social sobre cómo se debe educar a los niños: aquí en México, por ejemplo, es de lo más común ver a padres que pretenden educar a sus hijos a base de golpes e insultos; afectando directamente su percepción sobre sí mismos y además dañando este vínculo de seguridad del que hablé previamente. O bien, llega a suceder que se repiten los mismos traumas de la infancia que tienen nuestros padres, gracias al trato que les dieron nuestros abuelos y así una cadena que se ha ido formando sucesivamente a través de los años. 

A lo que me interesa llegar, es que muchos niños y no sólo en México, desarrollan vínculos “dañados” con sus familiares mas cercanos puesto que reciben violencia, insultos, burlas y muchas veces, la falta de atención, cariño y tiempo que un niño necesita. Por ejemplo, muchos no ven a sus padres el tiempo adecuado puesto que tienen demasiado trabajo, otros tienen padres con vicios, y existen otros que tienen padres que simplemente no brindan esta disponibilidad emocional a pesar de estar “presentes”; provocando que los niños no se sientan con la seguridad de contarles cosas a sus padres puesto que en lugar de consejos o una buena conversación reciben gritos, o muchas veces incluso ni siquiera son escuchados. Existen padres que tienden a ignorar o a minimizar los sentimientos de sus hijos, así como sus experiencias y puntos de vista. 

Cuando esta figura que en teoría debería ser la que nos hace sentir seguros, no nos brinda confianza ni escucha todo lo que tenemos que decirle o contarle, nuestro vínculo con ellos se ve directamente dañado, pues de cierta manera, perdemos ese sentido de pertenencia, confianza y protección que solíamos sentir o deberíamos tener. 

¿A qué quiero llegar? ¿Por qué aseguro que esto afecta a los vínculos y relaciones que crean las personas en su vida adulta? 

Lo que quiero hacer notar es lo siguiente: cuando una persona no recibe este sentimiento de seguridad tan mencionado en las primeras relaciones o en las más importantes que tiene en su vida, no sólo se ve el impacto en su manera de ser y en su comportamiento, sino que también muchas de estas personas suelen buscar inconscientemente llenar esta falta que han tenido durante mucho tiempo. 

Me atrevo a plantear que generalmente buscamos crear vínculos similares a los que hemos conocido toda nuestra vida. Con base en mi experiencia y lo que he logrado observar en otras personas, considero que existe un por qué detrás de esta tendencia y para explicarlo me gustaría introducir los siguientes puntos: como he dicho anteriormente, los humanos de cierta manera buscamos seguridad y tranquilidad con el objetivo de alcanzar o en dado caso mantener nuestro bienestar. E incluso teniendo en cuenta que cada persona tiene diferentes percepciones de lo que es el bienestar y la felicidad, además de la manera de alcanzar ambas, considero que de cierta manera muchos llegamos a compartir un punto de vista en común: preferimos evitar lo que nos hace sentir mal o en peligro. 

¿Qué relación tiene lo anterior con buscar y crear vínculos similares a los que se tuvieron en el pasado? 

Como mencioné, considero que los seres humanos siempre buscamos nuestro bienestar y tranquilidad, y es posible que encontremos tranquilidad al mantenernos en un “entorno” que ya conocemos. Demasiadas veces nos asusta lo desconocido puesto que implica salir de nuestra “zona de confort”, descubrir nuevas cosas y experimentar nuevas situaciones que pueden brindarnos ya sea alegría o dolor, pero siempre un sentimiento de incertidumbre. Y ya que no tenemos manera de predecir las sensaciones que tendremos en nuevos entornos, considero que tendemos a huir de lo que desconocemos. Dicho de otra forma, pienso que de cierta manera lo “conocido” nos brinda una sensación de seguridad, pues es algo en lo que ya tenemos cierta experiencia. Por ejemplo, para nosotros siempre será preferible transitar por calles que ya conocemos antes que vernos en la situación de estar en una ciudad completamente desconocida. Pienso que lo mismo sucede respecto a las relaciones que tenemos con las personas. 

Cuando somos tratados de determinada manera durante mucho tiempo nos adaptamos a ese trato y a la manera de vivir con ello, entonces, al momento de conocer a nuevas personas, es muy posible que nos quedemos con alguien que nos brinde el mismo trato. Es decir, si en el pasado se tuvieron relaciones afectivas basadas en la confianza, el respeto y el apoyo mutuo, es normal que en un futuro se busquen vínculos muy parecidos, puesto que ya estamos acostumbrados al trato que alguien nos brindó. Por ejemplo, si se tuvo un vínculo sano con nuestra madre solemos buscar personas que nos puedan brindar el mismo respeto y cariño. 

¿Pero qué sucede con las personas que no recibieron seguridad? 

Es muy común ver que de igual manera se relacionen inconscientemente con personas que los tratan de la misma forma, un ejemplo claro de esto serían todas aquellas personas que terminan en relaciones tóxicas y además “deciden” quedarse. Lo pongo entre comillas porque en realidad no me parece una decisión completamente consciente, debido a que la voluntad de estas personas se ve restringida por la coerción o manipulación que estas parejas o amistades tóxicas suelen ejercer sobre las víctimas. 

Considero que dentro de estas situaciones se puede observar igualmente lo relativo a la búsqueda de seguridad, lo cual genera un problema: aunque parezca extremadamente contradictorio asegurar que alguien busca seguridad en una relación tóxica, lo digo porque pienso que de cierta manera la búsqueda de esta sensación está centrada en otro factor: mantenernos en nuestra “zona de confort”. 

Por lo tanto, me interesa hacer los siguientes cuestionamientos: ¿por qué alguien pensaría que es más seguro quedarse dentro de lo “conocido” sabiendo que de igual manera es perjudicial? ¿No tendría mayor lógica optar por descubrir algo nuevo que podría ser mucho mejor para nosotros? ¿Por qué el criterio humano puede llegar a inclinarse por una opción mucho más irracional que la otra? Sin duda me parece una situación psicológica extremadamente complicada de comprender, sin embargo, mi primera suposición se inclina hacia el autosabotaje. 

Existe otro factor que de cierta manera lleva a esta toma de decisiones perjudiciales, además de la búsqueda de seguridad; y me refiero precisamente al vínculo ideal que no se les brindó en su entorno familiar. Es decir, ¿cómo esperar que busquen algo sano y lo mejor para ellos, si nunca se les dio un ejemplo de lo que es sano dentro de una relación? Es por eso que me parece que estas heridas o traumas de la infancia pueden afectar directamente las relaciones que forjamos en un futuro. 

Una vez expuestos los puntos acerca de aquellas personas que suelen buscar vínculos similares en sus relaciones (independientemente de si éstos son sanos o perjudiciales), me interesa hablar de un tercer resultado extremadamente interesante: aquellos que buscan el vínculo que no se les brindó, y que por lo tanto, a mi parecer, puede llevar al desarrollo del mencionado “apego emocional”. 

Se podría decir que de cierta manera este grupo de personas busca reemplazar a la figura que les falló respecto de su vínculo. Me refiero a lo siguiente: ¿no es extremadamente común ver a adolescentes que buscan parejas que los cuiden y se preocupen por ellos de una manera más maternal/paternal que romántica? 

A falta de atención emocional y de pertenencia en un entorno familiar, es muy común descubrir en estas personas que (tal vez no de manera completamente consciente) se quedan con quienes las escuchan, les dan atención y además están emocionalmente disponibles. ¿Esto a qué nos lleva entonces? Este grupo de personas tiende a buscar a alguien que tenga la capacidad de brindarles cierta sensación de seguridad, protección y pertenencia. Esto puede suceder de muchas maneras y por distintas razones, tal vez algunos reciben validación y cumplidos, mientras otros se sienten protegidos y con la confianza suficiente de contar con ellos para cualquier cosa. 

¿Qué relación tiene eso con el “apego emocional”? 

Se podría decir que el afecto que se desarrolla por los demás puede estar relacionado a la búsqueda de seguridad, protección y bienestar con una persona o un círculo de personas. En caso de que el vínculo afectivo se desarrolle de la manera adecuada en el núcleo familiar, el individuo en teoría debería encontrarse preparado para desarrollar diversos vínculos con personas externas, de lo contrario pueden presentarse repercusiones en el comportamiento como una falta de estabilidad, miedo al abandono, dependencia, desconfianza y problemas de ira, las cuales representan a su vez obstáculos para la vinculación sana con otros individuos. 

Menciono esta alternativa pues me interesa destacar que si bien es importante para la exposición de las diferentes consecuencias que puede tener el trato que se nos dio de pequeños, aún no he llegado precisamente al concepto del que me gustaría hablar. 

Para llegar a comprender lo que es el “apego emocional” me parece esencial distinguirlo de otros dos conceptos que suelen confundirse; el afecto, la dependencia emocional y el “apego emocional” son diferentes, a pesar de que guardan una relación íntima entre sí. Retomando todo lo previamente expuesto, me atrevería a decir que, al menos desde una reflexión personal, el “apego emocional” se da cuando encontramos a alguien que nos ofrece el trato que anhelamos recibir y como consecuencia, desarrollamos cierto afecto hacia esta persona, de cierta manera buscamos su constante compañía para la obtención de la tan mencionada sensación de seguridad y tranquilidad. 

Es importante destacar que con “apego emocional” no me refiero al afecto que podemos llegar a sentir por cualquier persona que nos rodee, pues es común sentir cariño por personas no completamente cercanas a nosotros, sino que lo veo como una especie de inclinación, estima y aprecio especial por aquel individuo que nos brinda el trato que se anhela recibir. 

Tampoco sería ideal confundir el “apego emocional” con la dependencia emocional. En caso de llegar a un punto donde el individuo comienza a depender de la compañía e interacción con esta persona, y por lo tanto pone al otro frente a sus propias necesidades, es cuando considero que se le podría llamar dependencia emocional, justo como sucede en las relaciones “tóxicas”. El individuo desarrolla una baja autoestima, inseguridades, temor al abandono y a cometer errores que piensa que llevarán al alejamiento entre ambos, lo cual tiene como consecuencia que no respondan ante la manipulación y la violencia física, psicológica y sexual ejercida sobre ellos. 

Sin duda todo lo que experimentamos en nuestra niñez es un factor esencial para nuestra formación, sin embargo, no me parece que sea necesariamente el único factor que influye en nosotros, pues también nuestras experiencias, la educación en cualquier etapa de nuestra vida y muchos otros factores más nos forman como personas. 

El trasfondo de algunas de las tendencias que presentamos los seres humanos respecto a nuestras relaciones es demasiado complejo de comprender, pues el comportamiento humano respecto a este campo de nuestras vidas se ve influido por diversos factores y por cientos de posibilidades ya que ninguna persona experimenta las cosas de la misma manera. 

Pero a partir de la reflexión realizada en este ensayo, podría llegar a la siguiente conclusión: el “apego emocional” puede verse como un resultado común de la vinculación afectiva que se dio con nuestros cuidadores. Independientemente de todas las posibilidades antes presentadas, es decir, de si se presenta el desarrollo una vinculación adecuada, una “dañada” o una totalmente ausente con nuestros mayores: por lo general, buscaremos encontrar vínculos afectivos que nos brinden un sentido de pertenencia y seguridad.

La presencia del “apego emocional” no es absolutamente imperativa en todas las relaciones afectivas que desarrollamos con otros individuos, pues este no se siente hacia todas las personas que forman parte de nuestras vidas. Es decir, podemos sentir afecto hacia diferentes miembros de nuestra familia, amistades e incluso conocidos, y eso no implica una presencia de “apego emocional” necesariamente. Personalmente pienso que este mismo se da con personas específicas, normalmente aquellas que nos brindan lo que deseamos experimentar: una sensación de seguridad, pertenencia y por consecuencia, de bienestar. 

No niego que muchas otras personas (como nuestras amistades) también sean capaces de brindarnos el sentimiento de estar en un ambiente seguro, pero me refiero a que algunas veces, simplemente se puede desarrollar un cariño y apego especial por aquellos que nos hacen sentir protegidos o de cierta manera podrían reemplazar una figura paternal o maternal. 

El único problema es que el apego emocional (el cual no aseguro sea “bueno”, pero tampoco “malo”) puede derivar en lo que llamamos dependencia emocional, especialmente en aquellas situaciones donde existe una falta de vinculación sana a temprana edad, la cual es sin duda una cuestión extremadamente perjudicial para cualquier individuo por los problemas que se mencionaron anteriormente. 

Mientras tanto, ¿qué sucede cuando el “apego emocional” no deriva en dependencia emocional? Es cuestionable que el apego emocional en sí representa algo sano para cualquier ser humano, pues tiende a surgir de heridas ocasionadas en la infancia, sin embargo, tampoco significa algo totalmente “malo”. Considero que se encuentra en un punto intermedio entre la balanza establecida, siendo los otros dos puntos que forman un equilibrio, el afecto y la dependencia emocional. 

¿Esto significa que todo vínculo en el que exista la presencia de apego emocional es automáticamente insano? 

Pienso que no necesariamente, y es precisamente esta cuestión lo interesante, considero que incluso aunque exista este término tan complejo dentro de una relación, este no afecta directamente el vínculo afectivo, pero tal vez sí tiene un impacto en la persona que experimenta el apego. 

Finalmente, desde una reflexión personal, me atrevería a decir que el apego emocional efectivamente surge de las heridas ocasionadas en la infancia. 

Katia Heredia Arredondo.

La Nueva Identidad.


La Identidad es una transformación en movimiento que construimos como un proceso de convivencia, Y lo hacemos para formar parte de una comunidad, de un ambiente donde nos sentimos en armonía con otros. Por supuesto, en nuestra vida pertenecemos a diferentes comunidades, asociaciones o grupos políticos y culturales porque cuando somos parte de un grupo nuestras fuerzas se multiplican y toman significado, es más, si lo pensamos de forma objetiva todo lo que hacemos, lo realizamos con la comunidad en la mente, ya sea para bien o para mal, vivimos por la comunidad y para la comunidad, al menos así era hasta el siglo pasado. 

El siglo XX se distinguió por ser un mundo dividido por bloques con diferentes religiones, filosofías y economías que respondían a diferentes geografías, las identidades eran muchas y fácilmente distinguibles, pero en el curso de un siglo aprendimos que ninguna doctrina es más real que otra y descubrimos que cualquier ideología puede pervertirse rápidamente, todas las religiones se mancharon las manos de sangre todas pelearon por el monopolio del fanatismo y todos los pensamientos siguen buscando la exclusiva de lo humano. Sin embargo, esa era parte de la belleza social, la múltiple gama étnica nos unía a toda la humanidad y además, estábamos vivos dentro de las grandes diferencias culturales nos unificaba la angustiante constante de pensar para existir, actuar, defender nuestra propia ideología en defensa de nuestra patria y nuestra identidad. Antes las sociedades eran rotundas y además radicales, atendíamos el adagio que decía “un enemigo es aquel de quien no sabemos su historia”,evidentemente, dando por hecho que su historia representa esa famosa identidad. Odiábamos la diferencia pero establecíamos acuerdos en cuanto conocíamos su punto de vista, finalmente entendíamos que todos somos iguales pero las historias nos diferían. Los Nazis son producto de su historia, los estados comunistas y los estados capitalistas eran ideologías antagonistas que se basaban en los inicios del pensamiento, los presocráticos ya lo habían sentenciado dentro del idealismo y el materialismo, o sea, insisto, la sociedad estaba viva.

El Comunismo.

La sociedad del nuevo siglo tiene a su disposición un nuevo poder, esta nueva generación nace y crece dentro de las redes sociales, desde muy pequeña toda la gente, todas las personas se desarrollan como figuras sociales, comparten su casa y su vida a través de una pantalla, de esta manera el ser humano adquiere en primera persona la capacidad de proyectar la imagen que quieren vender de si mismo a los demás, ahora somos actores de un teatro donde nadie reconoce realmente al otro, vivimos una comedia en la que representamos un papel que previamente elegimos, vendemos una imagen acorde a lo que la sociedad establece o impone como éxito, de esta forma estamos construyendo una nueva identidad social, la del fraude, ahora ya no somos, solamente parecemos, nuestra nueva identidad es la farsa, el engaño, somos títeres de una tragedia donde los protagonistas ni siquiera se han cuestionado si lo aceptado socialmente lo llevan a la práctica porque realmente los hace felices o aunque les disguste están dispuestos a hacerlo solamente para pertenecer a esta nueva tendencia de personas con identidad falsa. Esta forma de actuar donde ya no importa quienes somos sino lo que fingimos, nos creamos un personaje que proyecta un deseo, una idealidad personal que estamos condenados a no ser en realidad, las personas no tienen una identidad estable para compartir a través de imágenes como hubiera sucedido el siglo pasado, recuerdo mis álbumes de estampas que me hacían conocer como era una persona del otro lado del mundo, como se vestían tradicionalmente los rusos, los orientales o las tribus de Nueva Guinea, ahora los jóvenes son parte de un fenómeno que crea identidades vacías e irreales a través de imágenes. Los adolescentes pelean por construirse una identidad superficial que se alimenta de estándares y referencias que les lleva a vestirse con instrumentos que contribuyen a una individualización, creando una nueva moral que no fomenta el pensamiento de grupo, ni la defensa de ninguna comunidad, lo común hoy en día es no pertenecer, ahora somos animales feroces que buscan aniquilar al más cercano o al más popular, dentro de las redes sociales responsabilizamos a los demás de nuestra propia felicidad y los hacemos cerradamente partícipes de nuestras tragedias, buscamos llenar nuestro perfil de amigos con gente que no conocemos, nos compramos una pantera nos tomamos una foto y la subimos a la red social para demostrarle a los demás que estamos “triunfando”, fingimos una sonrisa dentro de las aplicaciones solamente para demostrarnos o hacernos creer a nosotros mismos que no estamos vacíos interiormente.

El Capitalismo.

Estamos mutando en seres estúpidamente dependientes, estamos acomplejados y somos esclavos de una dependencia que manifestamos en todos los ámbitos, reclamamos la atención continua de los demás, discutimos porque no contestamos los mensajes inmediatamente; ya no sabemos estar solos, nos hemos convertido en una sociedad enferma de apegos, la felicidad radica en hallar el equilibrio entre la aceptación de nuestra identidad individual y la identidad del grupo al que hemos elegido para pertenecer, somos una sociedad “Fashion Victim” donde ya no es necesario definirse individualmente, quedamos satisfechos de ser simplemente clones de identidades que ni siquiera entendemos; sin embargo, es posible que el fenómeno de las Selfies, ir de compras solamente para atrapar el momento o ponernos un traje de baño y fingir la playa puede considerarse desde un punto de vista antropológico un elemento de nueva identidad cultural que comparten las nuevas generaciones, las redes sociales serán la memoria de los valores y los principios morales de este moderno grupo que desesperadamente buscan ser reconocidos. La necesidad constante de tener presencia en las redes sociales, una vez más, refleja la expresión de un vacío interior que las personas no saben llenar. La decisión de aceptar estos nuevos roles sociales o la determinación de atender estas nuevas necesidades absurdas desemboca finalmente en un sentimiento de culpa y una lucha interna derivada no del constructo de una identidad propia sino del miedo a ser rechazado, a no tener un solo LIKE, ser invisible dentro de un mundo globalizado. Tenemos que aceptar que nos encontramos ante la renuncia de nuestra propia esencia en pro de una aceptación colectiva, una renuncia que casi siempre deposita al individuo en la soledad, en la falta de autorrealización y frente al sentimiento de fracaso e inferioridad.

La Soledad.

Afortunadamente siempre hay rebeldes, personas inconformes, almas revolucionarias que no se resignan y que no se dejan atrapar por los establecimientos sociales, espíritus que siempre rompen los cánones y vuelven el equilibrio al universo, así como lo hicieran los Hippies o los Punks en su momento. Una vez más afirmamos que la identidad de la gente moderna se viste de Soledad. Hemos olvidado estar con nosotros mismos, hemos desdeñado vivir para nosotros de manera congruente con lo que aprendemos de nuestras propias experiencias. Estamos sedientos de aceptación ajena. Le estamos dando la espalda y no queremos admitir que necesitamos muy poco para no fallarnos a nosotros mismos; no queremos atrapar la esencia de lo íntimo, de lo humano, preferimos entregarnos al placer breve de lo público.

Unidos en la personalización de ideologías.

Deseo concluir recordando el origen y significado de la palabra identidad, etimológicamente “Identitas” es una palabra latina que deriva del famoso “Idem” y que hace referencia a las cualidades que nos hacen percibir a una persona como única frente a las demás y simultáneamente que esa persona implica lo mismo que el resto si la consideramos dentro de un grupo. Por lo tanto, la identidad es el constructo de una imagen sobre nosotros mismos que nos permite actuar en un entorno de forma acorde a nuestros pensamientos, los cuales nacen y son congruentes a la interacción con el grupo al que pertenecemos. Por lo tanto, los deseos de “tener” nos nublan la conciencia que debería obligarnos a conocernos a nosotros mismos, nos negamos la posibilidad de descubrir que pequeños o grandes placeres son los que particularmente nos llenan de dicha y cuales no.

Ignoramos nuestras bases de identidad.

Finalmente, Eres lo que publicas en las redes sociales, somos personajes de un foro donde podemos decirle al mundo lo que estamos pensando, antes de darnos la oportunidad real de pensarlo. Las máximas Kantianas nunca estuvieron tan vivas, “obra de tal modo que uses a la humanidad tanto en tu persona como en la persona de cualquier otro”, lo malo es que no lo hacemos como un fin sino como un vil medio. Actúa como si Dios te observara porque seguramente lo está haciendo.

  • ¿Buscas algo? Googlealo.
  • ¿Buscas a alguien? Facebookealo.
  • ¿Quieres pensar? Twitealo.
  • Y respeta ante todo a tus viejos porque ellos aprobaron sus estudios sin ayuda de Wikipedia.
Nuestra Identidad se viste de Soledad.

Para ustedes…

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